“La esencia de la estrategia consiste en la elección de lo que no debe hacer”. Michael E Porter.

Ya en el tapete aparece cotidianamente el término transición y nadie duda que requiramos de una y sin demora, pero para ello es necesaria la actuación inteligente de los factores políticos y sociales, la participación comprometida de una ciudadanía consciente que presione con precisión donde sea menester.

Sin embargo, no podremos lograr esa capacidad real de presión política, que es la herramienta necesaria ante esta satrapía que nos ha incautado el porvenir, si no cambiamos nuestra actitud de una vez por todas y dejamos de lado la presunción de imposibilidad ante las realidades que tenemos ante nosotros. De nuestra capacidad, preparación y madurez para visualizar nuevas estrategias para enfrentar al malandraje que se apoderó de nuestro país, dependerá el rescate de nuestro futuro.

Resulta imprescindible identificar contra quien es la lucha, con la debida sindéresis y sin dejarnos llevar por sentimientos innobles. Basta de pelear entre pares. La política, es una lucha continua entre el ser y el deber ser. Aprovecharse de la inmediatez y de la frustración de los ciudadanos para conducirlos, una vez más, a una segura derrota, más que un capricho, puede resultar una irresponsabilidad. Pretender cambiar precipitadamente las circunstancias sin disponer del poder necesario para lograrlo es una forma de lamentable estulticia.

Mientras el régimen se organiza como un todo, con un solo objetivo y siguiendo, al pie de la letra las instrucciones impartidas desde La Habana y Miraflores, en la hoy -y de acuerdo a todos los sondeos- mayoritaria oposición, aún no aparece quien tome la batuta para dirigir esos acoplados acordes que darán al traste con las presunciones totalitarias que encierra ese parapeto de constitución que están fraguando en las forjas del Averno.

Estamos conscientes que en estos momentos, como nunca antes, tenemos que reconocer que los partidos políticos son insustituibles, como herramientas de intermediación de la sociedad en esa dura pelea con el régimen; pero tal condición no puede ni debe transferirse a priori a sus líderes.

La imposibilidad de encontrar liderazgos estables y menos efímeros, radica en que nuestros referentes son propios del pasado y cada estado de la evolución de la sociedad y de las organizaciones requiere un estilo propio de liderazgo.

Hay un mito sobre la necesidad de “algo especial” para llegar a ser un líder, o bien la necesidad de disponer de habilidades extraordinarias. En resumen líder es aquella persona que hace que se hagan cosas, que se cambien, que mejoren.

En nuestra sociedad, quizás más que nunca se hace necesario el liderazgo. De personas que asuman responsabilidades, que hagan lo que piensan y que provoquen que las cosas se hagan. Desde los incansables y tenaces movimientos sociales, desde los tan nombrados Consejos Comunales, desde la asociación de padres de la escuela, desde la Junta del equipo de beisbol o fútbol, hasta la dirección de equipos de trabajo o la organización de actividades.

Prácticamente no podemos encontrar actividades que no requieran el trato entre ciudadanos, y finalmente el éxito o el fracaso de estas actividades depende en gran medida de las personas y de la forma en que se organizan. Líder es aquella persona que tiene en cuenta su entorno y lo sabe animar y dinamizar. Son personas que merecen plenamente ser reconocidas por lo que hacen, por su eficiencia, y que lo demuestran todos los días con hechos loables, plausibles.

El buen juicio en política es complicado. Significa encontrar un equilibrio entre la estrategia política y la política en abstracto, en compromisos imperfectos que siempre dejan descontento a alguien, muchas veces, a uno mismo. Pero las ideas fijas de tipo dogmático suelen ser enemigas del buen juicio.

De lo que se trata es de no caer en provocaciones, tal como lo plasmó Nietzsche en aquella sentencia que alertaba que todo aquel que luche contra monstruos, ha de procurar que al hacerlo no se convierta en otro monstruo.




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