No sé quién fue (o no recuerdo) y el tiempo no me permite andar navegando por los vericuetos del internet para averiguarlo. Pero a alguien se le ocurrió representar a la Justicia de pie, vistiendo un peplo, con el brazo derecho en alto sosteniendo una balanza y blandiendo una espada con la mano izquierda. En la mayoría de las representaciones lleva una venda que le rodea la cabeza y le tapa los ojos, lo cual hace suponer que su prodigiosa mente le permite recordar todos y cada uno de los artículos de las leyes, pudiendo aplicar las sanciones y penas allí estipuladas sin necesidad de leerlas. Cosa que, obviamente no puede hacer con los ojos vendados, pero la alegoría no pudo ser más completa. Inclusive, el detalle de que la larga túnica no tiene bolsillos es de una gran sutileza: una mano corrupta no encontrará dónde introducir subrepticiamente algunas monedas o, en tiempos modernos, una paca de billetes o alguna tarjeta bancaria con la cual la señora pueda comprarse un apartamento duplex en algún lujoso edificio, un chalet a la orilla de algún lago europeo, un avión supersónico para ir y venir, y el infaltable yate para disfrutar de las aguas marinas o lacustres con los amigos y compinches. Y no le hacen falta los bolsillos, porque la señora Justicia se supone que es incorruptible.

Todo muy bonito. La señora esa piensa que todo el mundo es buena gente, honrada y honorable mientras no se demuestre lo contrario, y por lo tanto, mientras eso no ocurra, no hay que tenerle miedo a su espada. En cambio, los asesinos en serie, sicarios, traficantes de drogas, falsificadores o funcionarios ladrones, ydemás individuos amantes del dinero fácil (y abundante, sobre todo) pueden estar seguros de que la señora, con los ojos vendados y todo, los encontrará algún día y les aplicará el castigo al cual se hacen acreedores por sus malos procederes.

Todo muy bonito, excepto que hay países donde las cosas no son así. La señora no solamente le hizo tramposamente unos agujeros a la venda, sino que además tiene, en vez de bolsillos, cuentas cifradas a donde le transfieren quienes se benefician con su amañada aplicación de las leyes, utilizando como papel higiénico las páginas donde están escritas.
La Justicia no anda por ahí deambulando en busca de delincuentes, ni puede perseguirlos vestida con su larga túnica, incómoda para correr detrás de ellos. Para eso están los policías, personas entrenadas para el peligroso oficio. En nombre de ella, atrapan a los malhechores o a los sospechosos de serlo, para llevarlos a juicio de inmediato. De no poder demostrarse su culpa, son liberados de inmediato.

Los eruditos y estudiosos en la materia que tengan la paciencia de leer estas torpes líneas, se estarán preguntando el por qué de esta narrativa tan insulsa y elemental. Es que no va dirigida a ellos, sino a gente que parece que hay que explicarle las cosas de esa manera para que las entiendan.

Para que entiendan que justicia no es mantener cautivo a alguien a quien no se le acusa de nada o al menos no se ha comprobado su participación en el delito que se le imputa, y que policía no es un sicópata con la cabeza enfundada en un pasamontañas, armado de un fusil de asalto, obligando a un ciudadano a bajarse de su auto para llevarlo a un tétrico lugar de tortura o lanzarlo desde la ventana de un alto edificio, actuando bajo las órdenes de un brutal dictador.

Pero esos no leerán esto. Andarán muy ocupados, tramando nuevos secuestros, inhabilitaciones, torturas y defenestraciones.

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