Veintiún (21) exgobernantes – de derechas e izquierdas, categorías inútiles en este siglo poscapitalista, posmarxista, de posverdad y posdemocracia, posmoderno – han dado un paso propositivo desde IDEA (Iniciativa Democrática de España y las Américas). Nos ofrecen líneas estratégicas para sacar de su marasmo a América Latina, acrecentado por el COVID-19. Es un mal propio y ajeno. Hace presa del mundo occidental. No se salva Estados Unidos, laboratorio del Vizconde de Tocqueville (1805-1859). Hace cuatro años, presa de la «Hybris», de la desmesura o transgresión de los límites impuestos a los mortales por los dioses griegos, Jimmy Carter desconoce la legitimidad de Donald Trump y ahora este lo replica frente a Joe Biden.

La Declaración de Madrid es la obra de una reflexión serena y a profundidad, desprejuiciada, de economistas e intelectuales de fuentes distintas, en tarea animada por José María Aznar, expresidente de España. La realidad de la pandemia global la obliga. Sus premisas fueron abordadas durante el V Diálogo Presidencial de IDEA con la participación del Secretario General de la OEA, Luis Almagro, y del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Mauricio Claver-Carone.

“Crueldad sin fronteras y la incertidumbre respecto al futuro” son los denominadores comunes. Se impone innovar frente al deconstructivismo social e institucional en marcha. Se trata de una fuerza que arrastra a las naciones del mundo desde hace 30 años, cuando a la par de agotarse la experiencia comunista ingresa la Humanidad a la tercera y cuarta revoluciones industriales, la digital y la de la inteligencia artificial.

Reeditar lo conocido sin tamizarlo a la luz de este quiebre «epocal» puede llevarnos a “la antesala del desastre”. Lo que es peor, los enemigos de la libertad usan de la pandemia y la explotan para impedir cualquier propuesta de recuperación y “crecimiento en libertad” a fin de sostener sus despotismos sin solución de continuidad, reza el documento “América Latina: Ahora o posiblemente nunca”.

La agenda latinoamericana no puede ser defensiva. Ha de apuntalarse sobre valores, pero ha de generar oportunidades para el progreso de todos (las pruebas PISA revelan el atraso regional en habilidades matemáticas, científicas y literarias), promover el trabajo, asegurar la alternancia en el poder, salvaguardar la libre iniciativa y dar seguridad jurídica mediante “reglas constitucionales compartidas y procuradoras de derechos y responsabilidades igualmente compartidas”.

La agenda del pasado latinoamericano, construida sobre nuestras taras históricas e inhibitorias de cualquier idea de emprendimiento nos ha hecho presas del tráfico de ilusiones. Ha de quedar en el pasado. No se trata de una cuestión de solidaridad desde afuera hacia adentro, apalancada en reivindicaciones. Es nuestra capacidad para aceptarnos como región de heterogeneidades reales, sin mengua de nuestros lazos comunes, la que ha de hacernos capaces de usar nuestro “potencial de forma inteligente”, que nos sitúe en el espacio de lo conjunto, el de la cooperación. Lo común, la integración, ha de ser un proceso con especificidades, no el teatro de los populismos y para el diálogo de los déspotas.

Necesita América Latina tiempo y recursos. Ha de tener un papel en la Agenda Global, dado que la globalidad, para afirmarse, reclama eficiencia, estabilidad, y defender los derechos humanos, todos y para todos. Su Agenda ha de ser “creíble y generar suficiente confianza para que los inversores y la comunidad internacional recuperen la confianza en la región”.
El COVID-19 hace insuficiente la capacidad de las entidades financieras multilaterales para la asistencia. La “recuperación inteligente” y el “acortamiento de las cadenas de valor” mediante expresiones concretas de integración, acaso puede concitar la implicación en nuestra realidad de los países más desarrollados, igualmente afectados por la crisis.

Se trata de no perder “el tren del siglo XXI”, lo recuerda la Declaración de Madrid. Pero se trata, asímismo, de no demonizar esfuerzos como que el que recién impulsa el Foro para el Progreso y la Integración del Sur, PRO-SUR, buscando mecanismos más flexibles, menos burocráticos, para problemas álgidos e impostergables: la infraestructura, la salud, el manejo de desastres naturales y ambientales, la lucha contra el crimen organizado, eso sí, como tareas que han de abordarse entre países respetuosos de la democracia. Las reuniones de los gobernantes de PRO-SUR durante la pandemia son ilustrativas y ajenas a la retórica diplomática.

Se ha dicho que PRO-SUR es una respuesta de la derecha a la UNASUR. Comprometida de manera militante con el Foro de São Paulo, esta quiso acabar con la OEA y buscaba hacer confluir en su delta ideológico a la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y al MERCOSUR. Los expresidentes Néstor Kirchner y Ernesto Samper, como secretarios, cuestionaban el patrimonio democrático interamericano y se empeñaban en forjar otra identidad a costa del progreso en libertad.

Lo único veraz es que las respuestas que conoce el siglo XX en cuanto a la integración latinoamericana son antiguallas. Las tesis sobre la asimetría entre el centro y la periferia impulsadas desde la CEPAL por Prébisch (1949) y en lo monetario por Wionczcek, desde México, como la ALALC-ALADI y el Pacto Andino, luego CAN – todos a uno trasplantes europeos ortodoxos – y no pocas veces tributarios del pensamiento estructuralista de Celso Furtado, Helio Jaguaribe, Aldo Ferrer, Jorge Sábato, Oswaldo Sunkel, o de los escritos de Víctor Urquidi, poco sirven en este tiempo de deconstrucción y ataduras digitales.

Transición energética, segundas oportunidades, futuro con estabilidad, subsidios al desempleo, acceso a alimentos y medidas, financiamiento en tiempos de vacas flacas, son los desafíos que vuelven criminal al narcisismo político y a su retórica. El Homo Sapiens es racionalidad indispensable, pero al margen, ya que la Agenda para un Crecimiento en Libertad será la hija del Homo Twitter latinoamericano. Ha de apurarse, sin embargo, pues llegan el gobierno de las grandes plataformas y la robótica.

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Jurista, político y escritor venezolano. Abogado de la UCV, (1970) donde cursó una Maestría en Derecho de la Integración Económica. Especialista en Comercio Internacional por la Libera Universitá Internazionale degli Studi Sociali (LUISS) en Roma y doctor en Derecho, mención Summa cum laude en la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, donde es Profesor Titular (Catedrático) por ascenso, enseñando Derecho internacional y Derechos Humanos. Es también Profesor Titular Extraordinario y Doctor Honoris Causa de la Universidad del Salvador de Buenos Aires. Miembro de la Real Academia de Ciencias Artes y Letras de España y de la Academia Internacional de Derecho Comparado de La Haya, ha escrito 26 libros. Ejerció como Embajador, Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Gobernador de Caracas, Ministro de la Presidencia, y en 1998 como Ministro de Relaciones Interiores y Presidente Encargado de la República de Venezuela.
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