Álbum familiar / Luis Cabrera, 2021 / Fotografía digital

Por: Luis Cabrera / @salteveneno

Recuerdo que cuando comencé a vivir solo. Al mudarme, lo primero que tomé fue mi álbum de fotos familiares. De esto no me percaté sino hasta años después, cuando me tocó narrar entre amigos esos primeros pasos a la independencia total.

Al analizar esa decisión, ese impulso, entiendo la importancia que tiene la fotografía como parte de nuestra identidad. Estaba dejando mi casa familiar, y lo más preciado que me conecta con mis ellos son las fotografías en ese álbum.

Cuando escucho las anécdotas de jóvenes padres que perdieron las primeras fotos que le hicieron a sus hijos porque se dañó la computadora o el teléfono inteligente, me pregunto qué hubiese pasado si en lugar de confiar en estos dispositivos y las bondades que representan, habrían depositado sus recuerdos en fotografías impresas.

Es muy cierto que las fotos impresas no son indestructibles, también se deterioran, pero hay un componente kinestésico en la experiencia de verlas en papel, este soporte físico que resulta irremplazable.

¿Ha desaparecido esta práctica por completo? ¿Nos beneficiaría como sociedad volver a utilizarlo como parte de nuestra bitácora de vida? ¿Es posible que estas nuevas generaciones lo logren percibir de la misma manera en que lo vivimos hace algunas décadas?

Son distintas las variables que lo han hecho cada vez menos utilizado: la facilidad de tomar las fotografías con el teléfono y dejarlas almacenadas en la memoria directamente, con la comodidad de compartirlas a través de las redes sociales o mensajería multimedia, los costos de impresión, y el sencillo hecho de no tomarse el tiempo para escoger e imprimir para después organizar el álbum.

Pero si algo nos ha enseñado esta pandemia, es que nuestra existencia es fugaz, no así nuestra experiencia. Embarcarse en la noble misión de darle forma al álbum familiar, puede ser una hermosa huella de la familia en cada uno de sus integrantes, le permitirá a través de la contemplación de la imagen fotográfica remontarse a esos momentos irrepetibles.

Cada cuanto, cuando me topo con el álbum y lo hojeo, recuerdo el olor de la comida de mi mamá, las tardes de merienda mientras veía comiquitas, o los fines de semana jugando béisbol.

En este punto, lamento no tener fotografías de mis compañeros de escuela y liceo, hay rostros que se perdieron en mi memoria. Algunos ya se han ido, y no tengo siquiera una foto para contarle a alguien más lo especial que fue para mi esa persona.

Regálense un álbum fotográfico, esa guía ilustrada de la bitácora de vida, un viaje a momentos únicos, una terraza donde coincidir con viejos amigos, un tesoro que en algún punto de la vida heredará un ser querido a quien podremos acompañar desde la experiencia contemplativa y kinestésica de la fotografía.




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