Atrapada / Luis Cabrera, 2019 / Fotografía digital

Por: Luis Cabrera / @salteveneno

Hace un par de semanas, al compartir el enlace de esta columna a través de redes sociales, Ricardo Jiménez, fotógrafo y asesor de la Galería Tresy3 -a quien le tengo mucha admiración y respeto– me respondió con una frase que desde entonces retumba en mi cabeza: “Hay tiempo. Hay tiempo. Decía un cartoncito que colgaba en la puerta del cuarto oscuro de Manuel Álvarez Bravo”.

Nacido en México, Manuel Álvarez Bravo fue uno de los exponentes más importantes de la fotografía latinoamericana del siglo XX, considerado uno de esos fenómenos autodidactas. Desarrolló su carrera entre finales de 1920 y la década de 1990. Su trabajo fue influenciado por la estética europea y en una etapa posterior por el muralismo mexicano, y fue reconocido por la Unesco como Registro de la Memoria del Mundo.

El mensaje en ese cartoncito es tan cierto, trascendente y vigente como el “vísteme despacio que tengo prisa”, frase cuya autoría se le atribuye a dos grandes jerarcas sin que nadie aclare a quién pertenece realmente: Napoleón Bonaparte y Fernando VI de España; o el festina lente (apresúrate despacio) del emperador romano Augusto.

El tiempo, esa variable que suele estar fuera de nuestro control pero estamos obligados a gestionar eficientemente. Es también un factor crítico porque no podemos intentar ir más rápido que los propios lapsos propios de cada proceso, intentarlo nos expone a cometer errores, en consecuencia nos veremos obligados a invertir más horas de la que teníamos planteado.

Desde el momento en que se concibe la fotografía es imperativo tomarse el tiempo para: entender lo que se está registrando a través del lente; definir los encuadres con los elementos semiológicos necesarios que permitan contar la historia; hacer el revelado (químico o digital) cuidando los detalles y garantizar la calidad de cada imagen; seleccionar las fotos y crear el cuerpo de trabajo.

Si queremos construir una impronta y diferenciarnos del resto, debemos dejar la inmediatez relegada a aquellos casos que realmente lo ameriten. Convertirse en esclavo de ésta es un mal común de estos tiempos que obliga a generar contenido cada vez más superficial, fatuo y tan intrascendente que se pierde con el “swipe up” (deslizar hacia arriba) de los adictos a las redes sociales.

Y les comparto otra frase retumbante. Esta vez de Ana Harff, fotógrafa brasileña radicada en Argentina, quien dijo: “La influencia de las redes sociales en el trabajo artístico ha creado una idea que es necesario producir obras maestras en una enorme cantidad para compartir casi a diario. Este es un estándar casi imposible que obliga a artistas a crear obras sin inspiración”.

Coincido con ella en lo fácil que resulta caer en la trampa de la inmediatez y en una falsa demanda de contenido por las redes sociales, que nos lleva no solo a crear material sin inspiración, sino a banalizar el trabajo y recurrir a la estética del cliché para mantener el interés de unos seguidores que, en la mayoría de los casos, no representan esa audiencia crítica que pueda hacer crecer como fotógrafo o artista.

El fotógrafo que no se toma su tiempo para analizar el hecho fotográfico pierde autonomía y autoría, al punto de quedar envuelto en el manto de la superficialidad.

“Hay tiempo. Hay tiempo” ¡Vaya mensaje lapidario! Enseguida imaginé cómo tímidamente este letrero de cartón emulaba el aviso que recibía a los visitantes en el infierno de Dante en la Divina Comedia.




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