Emmanuel Samuel, de 17 años, consuela a su madre, Georgina Pagan cuando se reúne con ella después de aterrizar en Aburoc, Sudán del Sur. (AFP)
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El abrazo es largo, emotivo y también algo torpe. Jorgina, con los ojos anegados en lágrimas, apenas consigue abrazar a su hijo Emmanuel de tanto que ha crecido desde que el conflicto en Sudán del Sur los separó.

Ocurrió hace más de tres años y medio. Tras mucho tiempo sin tener noticias de su familia, el joven de 17 años que ahora mide 2 metros acaba de reencontrarse con su madre, desplazada por la guerra, en su Estado natal de Alto Nilo, fronterizo con Sudán.

La guerra civil de Sudán del Sur, que empezó en diciembre de 2013, dos años y medio después de que el país consiguiera la independencia, ha dejado decenas de miles de muertos y forzado a 3,7 millones de habitantes a abandonar sus hogares. De ellos, 1,8 millones se han refugiado en los países vecinos.

También ha roto miles de familias que, azotadas por los combates y el éxodo, perdieron de vista a algún pariente, en muchas ocasiones, menores de edad. 

A finales de 2013, Emmanuel iba a la escuela en Malakal, no muy lejos de su hogar familiar, en Kodok.

El 24 de diciembre, unos días después de que empezaran los enfrentamientos entre las tropas del presidente Salva Kiir y las de su exvicepresidente Riek Mashar, escapó a una ofensiva rebelde en Malakal.

Nadie en casa 

“Caminé hasta Kodok. Esto me tomó dos días y allí encontré a mi familia”, cuenta Emmanuel, un chico larguirucho de rostro juvenil.

Poco después de la vuelta, “me enviaron a comprar al mercado y cuando volví y casa, mis padres y mis familiares ya no estaban“.

Los rumores de una inminente ofensiva corrían por la ciudad y su familia, como muchas otras, huyó precipitadamente.

“Me quedé tres días en casa pero nadie vino”. Entonces, Emmanuel volvió a Malakal. Alguien le dijo que su familia quizá se había ido a la capital y él, esperanzado, consiguió subirse a un avión del gobierno rumbo a Juba, previo pago de un dinero que le había prestado un pariente lejano.

Ya en la capital, contactó con un conocido de Kodok, que a su vez lo puso en contacto con Lena Ngor que, como él, es de la etnia Shilluk.

Según contó Lena, una experiodista de 34 años reconvertida en secretaria, trató de ayudarle a encontrar su familia. Al ver que no podía, le invitó a ir a vivir con ella y el joven se instaló en una carpa en el jardín.

“No pude pagarle los estudios”, lamenta Lena, que tiene a su cargo a cuatro hijos y a su madre, todos refugiados en Jartum.

Pero, gracias a uno de los compañeros de trabajo de Lena, la familia de Emmanuel pudo ser localizada a mediados de marzo. Habían vuelto a Kodok.

El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) tomó entonces el relevo. Entre otras intervenciones en el país, el CICR trabaja para reunir a las familias. A principios de junio, la organización tenía 1.800 casos de personas que estaban siendo buscadas por sus parientes, el doble que el año anterior, principalmente a causa de la propagación del conflicto en la región meridional de Ecuatoria. 

“En general, conseguimos restablecer el contacto en la mitad de los casos. Pero solo organizamos un pequeño número de reunificaciones familiares, para los más vulnerables”, explica Celine Croon, coordinadora adjunta del programa.

‘Feliz y serena’

La víspera de la partida de Emmanuel, su “hermano pequeño”, Lena tenía sentimientos encontrados. “Le echaré de menos. Me ayudaba bastante. Espero poder conocer un día a su padre y su madre”, declaró.

A principios de junio, el joven llegó por fin a Aburoc, una localidad con más de 10.000 desplazados. Allí, en una sencilla pista de aterrizaje, se reencontró con su madre y su tío paterno.

“No sabía si volvería a verle a causa de la guerra. Solo tengo dos hijos. Y ahora que está aquí, todas las cosas malas se han esfumado. Me siento tan feliz y tan serena”, explica la madre, Jorgina Pagam Obur.

“La prioridad para Emmanuel es volver a la escuela. Le buscaremos una en Sudán, donde tengo intención de irme”, agrega.

Pues, aunque haya encontrado a su familia, el futuro del joven se perfila difícil. Ha pasado de ser un menor solo a un desplazado y, quizá dentro de poco, será un refugiado.




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