“No hay nada repartido de modo más equitativo en el mundo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente”. René Descartes

El hombre está organizado para el aprendizaje tanto de conocimientos, como de tradiciones y atavismos, y al carecer de juicios previos, acepta lo primero que se le dice, y lo aprende para siempre, puesto que el hombre normal, al contrario que Descartes, no puede pasarse la vida en una duda metódica, ya que quien todo lo duda, puede acabar no creyendo en nada, y tal vez termine sus días visitando a psiquiatras que le traten su esquizofrenia.

Tanto la filosofía como la política son permanentes ejercicios de escepticismo constante, de incansable cuestionamiento de lo que pareciera incuestionable. Y más aún en estos tiempos de profusa e intensa comunicación virtual, donde suele colocarse lo que ahora conocemos como “Fake news”. De allí al imperativo recurso de anteponer la duda a la reacción visceral. Estos tiempos que nos han tocado vivir nos exigen que ejercitemos la reflexión, sino metódica al menos sopesada, que cuestionemos esos clichés que se dan por ciertos, tanto a través de las manipuladas encuestas como mediante falacias no comprobadas que suelen surgir de esa costosa y perversa sala situacional del régimen. Luego, la duda es una ruta segura para llegar al conocimiento obviando los discursos maniqueos que suelen tergiversar la verdad.

Así las cosas, se hace menester actualizar la actitud de duda metódica para una política diferente, que ejercite una nueva comunicación menos apriorística, tal vez menos previsible, pero más coherente. Ahora con mayor razón debemos deliberar, discutir, discernir, pues en fin de cuentas, eso es pensar. El resto es, simplemente, ceñirnos a un dogma.

“La razón es lo único que nos hace hombres y nos diferencia de las bestias pero no basta con poseer la razón, es preciso aplicarla bien”… Así daba inicio Descartes a su Discurso del Método. Y si de algo estaba seguro Monsieur René, es que el principio de todo conocimiento es poner en duda todo, pues lo único que es cierto, es nuestra existencia, de allí su célebre Cogito ergo sum.

Cabe destacar que Descartes no fue sólo un gran filósofo, sino también un tremendo matemático. Si pensar es la vanguardia del planteamiento, el medir lo acompaña para la necesaria comprobación. Primero, el científico piensa; concibe una idea, una hipótesis acerca del mundo tangible, ese que le rodea. Después, pero sólo después, la verifica midiéndola con instrumentos apropiados. La secuencia lógica del pensamiento cartesiano es: primero pienso y después mido, colocando tal creatividad ante el tribunal inapelable de la verificación.

Por los momentos, más que eludir o enfrascarnos en la deliberación, debate o tángana acerca de la participación o no en el zafarrancho electoral que se avecina, tengamos en cuenta que la hambruna sigue latente, como latente los serios problemas de la salud, del agua, del gas y la gasolina, de la inseguridad, la corrupción y todo el marasmo que trae consigo este régimen usurpador. Como también están distantes- al menos hasta el día de hoy- las condiciones mínimas que nos permitan concurrir a unas elecciones libres. Participar o abstenerse como estrategia no tendría sentido si no se convence de su logro a la opinión mayoritaria del país. Luego no deberíamos esperar mucho para actuar en producir respuestas a las confrontaciones electorales que vienen, porque van a venir.

Así las cosas, y en virtud a la duda que se suscita, vale la pena el aporte de Bertolt Brecht – otro gran filósofo un poquito más moderno – quien al referirse al estamento político, les dejó este recordatorio : “Y tú que eres dirigente, no olvides que lo eres porque antes dudaste de los dirigentes. ¡Permite, pues, a los dirigidos dudar!”

Así que en esta ocasión, y de manera excepcional, no estaría mal aplicar la sana máxima y milenaria máxima: Ante la duda, abstente.

Y sin ninguna duda – sin necesidad de descartar a Descartes- siempre lo hacemos peor cuando nos dividimos…

¿O dudo, luego existo?

Manuel Barreto Hernaiz




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