“No niego los derechos de la democracia; pero no me hago ilusiones respecto al uso que se hará de esos derechos mientras escasee la sabiduría y abunde el orgullo” Henry-Frederic Amiel

Si aún persisten la incertidumbres y la inercia y todavía quedan muchas preguntas por responder, son los momentos esenciales de la política, esos en que se configura lo que viene, donde se aprenden útiles lecciones, se ajusta la brújula y se establece un nuevo rumbo. Se acerca el momento de un nuevo comienzo, que no es partir de cero, pero clara y decididamente, es iniciaremos otra etapa. Hemos recorrido un sinuoso camino y la huella, a pesar de la inclemencia del tiempo, está marcada.

Nunca hemos manifestado que la mayoría de los articulistas, o los integrantes del Bloque Constitucional sean mejores personas que los políticos, tan solo desempeñan diferentes roles. Los primeros ubicar la verdad de la manera más clara posible; en tanto que los segundos trabajan con verdades a medias…y nunca dos medias verdades hacen una verdad. Recordemos que el término «partido» proviene del latín partire, que quiere decir dividir. Luego, los políticos presentan la parte de la verdad que le conviene al partido, y no buscan la verdad en su totalidad.

En la lógica la política vernácula, ha prevalecido, por su dinámica, el corto plazo por sobre el largo plazo. Pareciera que se ven obligados a alcanzar intereses grupales por sobre intereses generales, lo que les induce a decir medias verdades que satisfacen a la mayor cantidad de ciudadanos posible, en vez de afrontar la verdad necesaria… por incomoda que ésta sea.

Visto así, el accionar político es lo opuesto al sentimiento, la sensibilidad o la perceptibilidad de estos representantes de la Sociedad Civil. De allí la importancia de la incorporación de estas persona a la brega política.

Estas personas están llamadas a ser las voces críticas que impedirían a que se utilice cualquier medio para llegar al fin deseado; como tampoco permitirían ese nefasto “capitalismo de panas” que suscribe que se use el dinero público para comprar voluntades. Como lo expresó Max Weber – un intelectual que pensó la relación con la política – «en este mundo no se arriba nunca a lo posible si no se intenta repetidamente lo imposible».

Otra función de primer orden a la que sin ninguna duda están llamados, es a la de elevar el nivel del debate político, respondiendo, como suelen hacerlo, a insultos y a agresiones con argumentos, y a argumentos con otros mejores; colocando las ideas en el centro de la escena pues muchas veces las ideas viven más y defraudan menos que las personas.

Para la comprometida tarea que nos espera, aquí nadie sobra, y también de aquellos que han dejado de participar activamente, necesitamos su valioso aporte; y especialmente, a esos ciudadanos que esperan ver en sus líderes un referente que los escuche, los represente y los defienda.

Manuel Barreto Hernaiz




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