Así era la celda de Tocorón donde Vicente Scarano pasó más de 100 días

Tras su liberación, Scarano, con ayuda de inteligencia artificial, reconstruyó la celda. No necesitó planos ni fotos. Los tenía todos en la memoria
Celda de Tocorón recreada por Vicente Scarano con inteligencia artificial

Vicente Scarano recuerda cada uno de sus 127 días de detención con una precisión que no da tregua. Las horas, los nombres, los sabores, los silencios. Hoy, en libertad, recreó con inteligencia artificial la celda donde estuvo preso. La imagen no necesita explicación.

Dos literas metálicas, una a cada lado. Colchonetas delgadas con sábanas color vino tinto. Uniformes azules colgados de la reja del fondo, porque no había otro lugar donde colgarlos para que se secaran tras lavarlos. Chancletas negras alineadas en el piso con una disciplina que nadie ordenó, pero todos asumieron. Botellas de agua acumuladas debajo de una litera, porque el agua valía más que cualquier otra cosa. Paredes de bloque gris. Piso de granito. Una rejilla de ventilación empotrada en el muro del fondo. Sin ventana. Sin luz natural. Sin reloj.

Eso era la celda B-1, Torre 1, Piso 2, del Centro Penitenciario de Aragua, Tocorón. Torre de despegue uno, platillo dos, nave B, como la llamaban los custodios, que hablaban como si estuvieran en la luna y a los presos los llamaban alumnos. Ahí vivió Vicente Scarano 107 de sus 127 días de detención. Y lo recuerda todo.

Vicente Scarano (Foto: Dayrí Blanco)

La noche en que Scarano vio venir lo que nadie esperaba

Era viernes 2 de agosto. Hacía cuatro días que el país hervía tras los resultados del 28 de julio. Scarano había pasado el día entero en la calle repartiendo bolsas de comida que habían sobrado de la logística electoral, unas 40 o 50 bolsas con proteína, carbohidrato, refresco, agua. Las llevó a San Diego, a Naguanagua, a Libertador, a varios municipios. Terminó exhausto.

A las 6 o 7 de la noche fue a casa de sus padres. Su perra labradora había parido ese día y quería ver cómo estaba. Atendieron el parto. A las 10:oo p. m. se despidió, se montó en su carro, apuntó hacia el portón de su propia casa y llegó la catástrofe.

Una Merú, una Pickup blanca y un Corolla se clavaron contra la entrada. Bajaron más de 30 personas, todas vestidas de negro, sin identificación. Scarano sacó el teléfono del bolsillo y se lo entregó a quien era su pareja en ese momento. "Me van a llevar", le dijo. Solo le dio tiempo para eso. Le abrieron la puerta del carro, lo bajaron, le pidieron la cédula. El funcionario la vio y dijo una sola frase: "Este es uno de los que está pidiendo el jefe. Móntalo."

Le pusieron una bolsa en la cabeza. No vio más nada.

El comienzo del “ruleteo”

Lo llevaron al módulo de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) en El Trigal. Lo supo por las sensaciones del camino, por el elevado, por los niveles que reconocía de su rutina diaria. Cuando llegó, lo robaron. Le quitaron el reloj, la cadena, la cartera. Lo sentaron en una silla, lo amarraron y le pusieron teléfonos enfrente. "Llama a tu papá", le dijeron. "Que se entregue."

Vicente Scarano es hijo de Enzo Scarano, el exalcalde de San Diego que en 2014 fue condenado a más de 10 años de prisión por desacato, convirtiéndose en uno de los primeros presos políticos de alto perfil de la era chavista. Enzo había aprendido lo que podía costarle quedarse. Esa noche del 2 de agosto, mientras su hijo estaba amarrado a una silla en el DGCIM, Enzo Scarano logró salir de su casa, mantenerse en clandestinidad y, eventualmente, salir del país.

Vicente no lo sabía. Y no quería saberlo. "Esto lo asumo yo", le dijo al funcionario. "Lo asumo yo y te tengo 20 años haciendo esto." Se puso necio, como él mismo dijo. Pasó cerca de una hora así, hasta que lo volvieron a montar en un carro. "Nos vamos para Caracas."

Llegaron a la sede de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) de Maripérez a las 2:00 a. m. del día 3 de  agosto. Lo tiraron en un calabozo con nueve personas. Al día siguiente se las llevaron a todas. Lo dejaron solo. No comió nada en todo ese día. Tarde en la noche se asomó y pidió ayuda. Un funcionario lo sacó y lo llevó a una oficina donde había otros dos detenidos. Y ahí, en la madrugada del 3 para el 4, un funcionario se sentó con un celular y les dijo: "Les voy a regalar una llamada a cada uno. Pero no digan nada."

Scarano llamó a su mamá. "Mamá, estoy en Caracas. Estoy viendo el teleférico. Averígüate dónde estoy." Y colgó. 20 minutos después llegó una comisión: "Este chamo se va otra vez para Valencia." Estaba convencido, lo sigue estando, de que todo estaba preparado. Que su mamá salió de Valencia para Caracas y él fue llevado de regreso nuevamente a en cuestión de horas no fue casualidad. Era parte de la tortura.

El día que Scarano vio a su mamá a través de una reja

Lo llevaron a la sede de la Dirección de Investigación de la PNB en La Viña. El domingo lo trasladaron al Palacio de Justicia de Valencia. Le pusieron chaleco, lo esposaron, llegaron en los mismos tres carros. El juez se declaró incompetente: era un caso de terrorismo, competencia nacional. Lo volvieron a montar en el carro.

Fue en ese momento, caminando por la rampa del Palacio de Justicia, cuando Scarano vio a su mamá por primera vez desde que lo habían detenido. Un contacto visual breve, desde la reja, sin palabras, sin abrazo. “Me rompí un pelo”, dice. Lo montaron y se fue.

A las 5:00 a. m. del lunes lo llevaron al Palacio de Justicia de Caracas. Esa audiencia sí fue presencial: juez, fiscal, abogado defensor, alguacil. El fiscal llegó con una carpeta gruesa. "Estas son todas las pruebas de los actos de terrorismo y financiamiento de Vicente Scarano", dijo, y la pasó con solemnidad. Un show muy preparado, recuerda Scarano.

En medio del desfile de documentos, alcanzó a ver una foto: era él, saliendo por el portón de su casa a pie, como hacía todos los días para trotar. Abajo, unos amigos que se juntaban ahí para correr. Esa era la evidencia.

Llevaba tres días sin comer, sin bañarse, sin dormir bien. El defensor le aconsejó que se quedara callado. Le dieron 45 días en Zona 7. Ese fue el comienzo.

El inframundo: paredes que sudaban

Llegó a Zona 7 en Boleíta y vio a su mamá y a su expareja en la entrada. Las abrazó. "Tranquilas, todo va a estar bien", les dijo. Y bajó al inframundo.

Un sótano oscuro con pasillos y celdas. Las paredes sudaban por el calor. Había un murmullo constante, como un zumbido que nunca se apagaba. También vio mesas con venta de drogas, personas que parecían zombis, sin noción de cuánto tiempo llevaban allí. Presos comunes mezclados con presos electorales, personas con tuberculosis, personas con VIH, mujeres. Todo junto, todo revuelto.

Scarano estuvo en el inframundo del 5 al 24 de agosto. 16 días. Luego lo pasaron a otra celda, porque Zona 7 era un negocio con menú: “el inframundo no costaba nada, pero si querías subir de piso, cada nivel tenía precio”. Él no pagó. Alguien gestionó con su mamá.

El 19 de agosto, muy temprano, escuchó unos golpes en donde dormía. "Baja, que llegó un llorón de Carabobo. Anda a recibirlo." Scarano agarró una franela y un jabón, lo único que tenía, porque sabía que el que llegaba de Carabobo llevaba días sin bañarse. Abrió la puerta y se encontró con Carlos Molina.

"¿Qué haces aquí?", le preguntó Molina. Y Scarano le respondió algo que hoy define la relación entre los dos: "¿Y tú crees que ibas a vivir esto solo? No. Yo vine a vivirlo contigo."

30 segundos les permitieron. Le entregó la franela y el jabón. "Resuelve de ahora en adelante porque no sé qué te toca." Y subió. No volvería a ver a Molina hasta Tocorón.

El lema que tuvo que aprender de memoria

El 25 de agosto, a las 4:00 a. m., los raparon a todos y los montaron en dos autobuses. Scarano no sabía si Molina iba en el mismo traslado. No sabía a dónde iban. Decían que probablemente a "Tokio", que era como llamaban a Tocorón para no decir el nombre.

Rodaron y rodaron. Pasaron por Yare, donde los tuvieron en un galpón en abandono, con paredes rotas y rastros de desmantelamiento. Allí les dieron la primera comida en horas: un bollito en una mano, una cucharada de mayonesa en la otra. Scarano se lo comió.

La peor noche de todo el cautiverio, dijo, fue esa en Yare. El frío, el nervio, la soledad. Los sacaron a un patio a oscuras. Llegaron siendo 50 desde Zona 7. Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, eran casi 500 que habían sido trasladados de diferentes centros de reclusión.

Todos arrodillados, manos detrás, rodeados de hombres de negro armados. La gente se orinaba del miedo. Scarano y Molina se buscaron con la mirada. Vieron que sacaban a la gente de 25 en 25 y no volvían. "Los están fusilando, ¿para dónde van?", pensó Scarano. Era un traslado.

Llegaron a Tocorón con drones, tanquetas y gente montada en los techos de los autobuses. Los recibió el viceministro del Sistema Penitenciario con un discurso que Scarano recuerda palabra por palabra. Y luego el lema, que repetirían tres veces al día, todos los días, o habría castigo: "Centro Penitenciario Aragua, donde se forma el hombre nuevo digno heredero de la patria de Bolívar."

Scarano y Molina jugaron para quedar juntos, calculando en silencio los lotes de distribución de celdas: de ocho, de cuatro, de pares. Llegaron a la celda B-1, Torre 1, Piso 2.

5 minutos de agua

La celda era lo que muestra la imagen que recreó con inteligencia artificial. El agua la daban tres veces al día, cinco minutos cada vez. A las 5:30 a. m., 1:00 a. m. 6:00 p. m.  o 7:00 p. m. Eran cuatro en la celda: Scarano, Molina, el señor José y Jaiker, un muchacho de 19 años detenido en la estación del metro de Charallave por haberle dicho a la persona equivocada que no dejara de votar. Jaiker nunca recibió visita, llamada ni paquetería.

En esos cinco minutos de agua los cuatro tenían que decidir: ¿te bañas o tomas agua, te cepillas o vas al baño? El vaso plástico que les entregaron el primer día era el único recipiente. Si lo perdías, tomabas con la mano. Scarano conservó el suyo los 107 días. También el cubierto. Cuando salió, se los llevó.

La rutina de sueño era extraña: Scarano dormía de noche, Molina de día. Sin haberlo acordado, se turnaban para cuidarse. Muchas noches durmieron espalda con espalda bajo una sola sábana para no pasar frío.

El cumpleaños de Scarano

El 17 de septiembre de 2024, Vicente Scarano cumplió 32 años. El día anterior, correspondió una llamada de 60 segundos. En esa llamada, su mamá le dijo algo que no entendió en el momento: "Te mandan saludos los seis que ya están juntos." Solo horas después, de vuelta en la celda, lo descifró: su hermana, su cuñado, los tres niños y su papá. Enzo Scarano había logrado salir del país. Estaban todos juntos y a salvo.

Pero el 17, su cumpleaños, Scarano bajó a enfermería para un chequeo y encontró al director. Le pidió una llamada como regalo. El director le dijo que lo mandaría a buscar después. A media tarde llegó el custodio: "Vicente Scarano, baja, que el director te llama."

Bajó feliz. Estaban el director, el subdirector y un jefe de custodios. El director lo miró y le preguntó: "¿De qué te están acusando?" Scarano respondió: financiamiento del terrorismo, conspiración, terrorismo. "¿Cuántos años pidió el fiscal?" "33s años." El director sonrió. "¿Y tú te estás quejando? Tienes 32 años más para llamar. Vete para arriba."

El bolígrafo robado

Los primeros tres o cuatro meses no podían ni hablar alto. Después, con el tiempo, llegó la creatividad. Hicieron pulseras con bolsas plásticas. Y fabricaron un dominó: los tubos de cartón del papel higiénico, cortados y marcados con pasta de dientes, con mucho cuidado, punto por punto. Jugaban escondidos mientras uno hacía guardia en la puerta. "Yo no sé si la aventura era el juego o que no te descubrieran", dijo Scarano.

Dominó hecho en la celda por Scarano junto a sus compañeros de celda (Foto: Dayrí Blanco)

Un día bajó a chequeo médico y se sentó frente a una enfermera. La miró a los ojos y le dijo: "Te voy a robar un bolígrafo." La enfermera se quedó paralizada. Scarano repitió: "Me lo voy a robar." Ella se volteó, como si fuera a buscar algo. Pasaron 10 segundos. Scarano metió la mano y agarró el bolígrafo. Ella volvió, le dio el medicamento y pidió que se lo llevaran a su celda. Como si nada hubiera pasado.

Con ese bolígrafo escribieron no menos de 200 personas. Todos anotando números de teléfono en papelitos, en etiquetas, en cualquier superficie disponible, sin saber si algún día iban a poder marcar esos números.

Las notas de su mamá llegaban pegadas debajo de la etiqueta del suero que les permitieron llevar cuando empezaron a descompensarse por la falta de azúcar. Scarano se guardaba hasta los papeles que forraban las botellas. "Yo me traje todo", dice. Sabía, desde el principio, que un día iba a necesitar mostrar todo eso.

La salida de Tocorón

El 16 de noviembre de 2024, después de 127 días de detención, empezaron a llamar nombres. A Scarano lo llamaron. 71 personas salieron esa madrugada. Mientras recogía sus cosas, dejaba a tres personas en la celda y a más de 40 en el pasillo sin ningún beneficio.

"No sé si fue el día más feliz de mi vida o el más triste", recordó.

Le dijo a Molina: "Me llevo el dominó." Molina asintió. "Nosotros no sabemos si alguien más se lo puede llevar. Y en un futuro se lo podemos mostrar a nuestros hijos, a nuestros nietos." Scarano pensaba en su abuelo y sus recuerdos de la segunda guerra mundial, en los cuentos que su padre Enzo le contaba sobre lo que había guardado de cuando estuvo preso. Pensaba en museos que todavía no existen pero que algún día existirán.

Se llevó el vaso plástico con el que tomó agua 107 días. El cubierto con el que comió cada comida. El uniforme azul, igual al que aparece colgado en la imagen que reconstruyó con inteligencia artificial. Las chancletas negras de goma sin trenza, iguales a las que están alineadas en el piso de esa celda gris. El dominó hecho de cartón y pasta de dientes. Una tolla. Los papelitos con números de teléfono. Las notas de su mamá. El uniforme que logró meter en la bolsa al momento del egreso.

Cubierto y vaso que usó Scarano durante su reclusión en Tocorón (Foto: Dayrí Blanco)

A las 6:00 a. m. llamó a su mamá. "Estoy libre. Tráeme ropa. Ven a buscarme." Del otro lado, silencio breve. "Yo no sabía si era verdad o mentira", le dijo ella después. "Pero escuché tu voz y fui."

Scarano y la imagen que ningún arquitecto diseñó

Tras su liberación, Vicente Scarano se sentó frente a una computadora y, con ayuda de inteligencia artificial, reconstruyó la celda. No necesitó planos ni fotos. Los tenía todos en la memoria.

Es una imagen silenciosa. Cuatro personas vivieron en ese espacio. Scarano lo dice sin dudarlo: "Dentro de 20 o 30 años, cuando aquí se haga un museo de la justicia, un museo de la libertad, yo puedo donar todo esto." Y lo tiene todo. Guardado. Intacto. Como su memoria.

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Celda de Tocorón recreada por Vicente Scarano con inteligencia artificial
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