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Recientemente, un ingeniero aeroespacial de Kitty Hawk, una pequeña empresa de Silicon Valley, piloteó un auto volador sobre un lago ubicado a 160 kilómetros al norte de San Francisco.

El auto volador de Kitty Hawk, si es que alguien insiste en llamarle “auto”, parecía una creación de Luke Skywalker niño, hecha con repuestos. Era un aparato de 100 kilogramos, con capacidad para una persona y con el asiento al aire libre, que funcionaba gracias a ocho hélices impulsadas por baterías que rugían tanto como una lancha de carreras.

A la industria de la tecnología le gusta causar alboroto, y últimamente el negocio automotriz ha sido uno de sus objetivos. Por ejemplo, los autos que utilizan inteligencia artificial para conducirse solos llevan algunos años en desarrollo y se les puede ver en las calles de varias ciudades. Y ahora aparecieron máquinas voladoras, pero que no pretenden parecerse a un coche tradicional que tenga alas.

Más de una decena de empresas nuevas se están encargando de cumplir el sueño del auto volador y ya han recibido apoyo de figuras acaudaladas de la industria como Larry Page, uno de los fundadores de Google; firmas aeroespaciales como Airbus o Uber e, incluso, el gobierno de Dubái.

Las empresas tienen enfoques variados y llevar a la práctica sus visiones es algo que, parece, se logrará en el futuro lejano, pero todas tienen algo en común: la creencia de que un día la gente normal podrá volar sus propios vehículos en la ciudad.

Hay desafíos, tanto con la tecnología como con las regulaciones gubernamentales. Tal vez el obstáculo más grande sea convencer al público de que la idea no es una locura.

“Me encanta la idea de poder salir a mi patio y subirme a mi auto volador”, dijo Brad Templeton, un empresario de Silicon Valley que ha sido asesor para el proyecto de los vehículos autónomos de Google. “Y odio la idea de que el vecino de al lado tenga uno”.

Kitty Hawk, la empresa que financia Page, intenta ser la primera en dar el paso hacia la venta; planea comercializar su vehículo para fines de año. La compañía ha llamado la atención por la presencia de Page y por su director ejecutivo, Sebastian Thrun, un pionero de los vehículos autónomos y director fundador del laboratorio de experimentación Google X.

Page se negó a dar una entrevista, pero dijo lo siguiente en una declaración: “Todos hemos soñado con volar sin hacer ningún esfuerzo. Me emociona que algún día, muy pronto, pueda subirme a mi Kitty Hawk Flyer para dar un vuelo personal rápido y tranquilo”.

Durante una prueba de vuelo a mediados de abril, Cameron Robertson, el ingeniero aeroespacial, utilizó dos controles parecidos a una palanca de videojuegos para mover el vehículo hacia atrás y hacia adelante sobre el lago Clear. Robertson voló en círculos sobre el lago –estuvo de 18 a 27 metros de la orilla– y apenas a 4,5 metros sobre el agua. Después de cinco minutos, volvió a un helipuerto flotante ubicado al final del muelle.

El Kitty Hawk Flyer es uno de los muchos prototipos que está diseñando la empresa con sede en Mountain View, California. La compañía espera crear un público de entusiastas y aficionados; quienes lo sean ya pueden pagar 100 dólares ahora y recibir después un descuento de 2000 dólares sobre el eventual precio a la venta de un Flyer para “tener acceso exclusivo a las experiencias y demostraciones que brindará Kitty Hawk, en las que un grupo selecto tendrá la oportunidad de conducir el Flyer”.

Kitty Hawk evidentemente está buscando un nuevo tipo de transporte: uno que pueda volar la mayoría de la gente y que, con suerte, tenga la aprobación de los gobiernos.

“Esperamos que vaya más allá del concepto que la mayoría de la gente tiene en mente cuando se habla de autos voladores”, afirmó Robertson. “Aún no es ese producto en términos de lo que tenemos que decir y hacer, pero creo que demuestra una visión del futuro”.

Kitty Hawk podría enfrentar una dura competencia, no solo por parte de una docena de empresas nuevas, sino del gigante Airbus, con sede en Francia. La firma aeroespacial ha anunciado dos conceptos de despegue y aterrizaje verticales, o VTOL por sus siglas en inglés, y ha declarado que planea realizar un vuelo inicial de prueba antes de que termine el año.

Durante el Salón del Automóvil de Ginebra, en marzo, Airbus propuso un vehículo autónomo llamado Pop-up, que funcionaría tanto en tierra como en aire. Y este año, el gobierno de Dubai, asociado con la firma china EHang, dijo que planeaba empezar a operar un taxi volador autónomo para julio. Del mismo modo, Uber anunció que espera incorporar su “visión para el futuro de la Movilidad en el Aire Urbano”, apodado Uber Elevate, en 2020, según declaró la empresa en una conferencia en Dallas.

No faltan los escépticos que disfrutan señalar los obstáculos que tendrán estos vehículos. Ya existe una resistencia significativa a la idea de que haya drones no triuplados sobrevolando zonas urbanas, y los autos voladores podrían enfrentar una oposición férrea, incluso si en el futuro pueden silenciarse para alcanzar los niveles de ruido automotriz.

Para que estos vehículos aéreos personales se conviertan en una realidad, también sería necesario desarrollar un nuevo sistema de control de tránsito aéreo. La NASA ya empezó a trabajar hace dos años en un sistema para dirigir todo tipo de vehículos voladores, incluidos los drones. Los investigadores esperan que las pruebas puedan iniciar en 2019.

Las baterías también son un problema. A pesar de que los motores de hélices eléctricas parecen prometedores, la actual tecnología de las pilas no soportaría vuelos de una distancia razonable; digamos, un viaje de 48 a 80 kilómetros.

“¿Cómo va a funcionar? No quiero ser una aguafiestas, pero actualmente ni siquiera podemos llevar nuestros teléfonos celulares en los aviones por el temor de que se incendien las baterías”, afirmó Missy Cummings, directora del Laboratorio de Humanos y Autonomía de la Universidad de Duke, quien está haciendo una investigación para la NASA sobre el transporte aéreo personal.

Y no olvidemos que los autos voladores no podrán orillarse en caso de emergencia, dijo John Leonard, un ingeniero mecánico del Laboratorio de Inteligencia Artificial y Ciencias de la Computación del Instituto Tecnológico de Massachusetts.

“Silicon Valley está repleto de personas muy inteligentes, pero no siempre entienden las leyes de la física”, opinó Leonard. “La gravedad es un adversario formidable”.




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