Foto: Armando Díaz
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Una bebe de apenas 45 días murió en la Maternidad Hugo Chávez, en la Ciudad Hospitalaria Dr. Enrique Tejera. Sus padres tienen 18 años, su rostro jovial los delata, pero la tristeza demuestra el pesar. Rodeados por familiares y otras personas gritan en las calles aledañas al centro médico que hubo negligencia médica.

La neonata era sietemesina y estaba recluida en el hospital. Ahí se encuentran pacientes de alto riesgo. La bebé presentaba deshidratación. La madre pidió al equipo de enfermeras que le colocaran la vía intravenosa. Respuestas evasivas y malos tratos fue lo que recibieron.

El frágil y diminuto cuerpo de la recién nacida presentaba moretones en distintas zonas, por la cantidad de veces que le habían colocado las vías. Llegó un momento, relató la madre, en el que fue necesario que esta fuese colocada en la aorta, mediante una vía central. “Los médicos ignoraron varias veces nuestro clamor. “Todo fue hecho de mala gana, por eso se murió mi niña, porque no querían hacerle nada” acusó la madre a los médicos.

“Mi hija se desangró” añadió el padre, quien se mantenía en silencio. Su vestimenta delataba el luto que llevaba por fuera y por dentro. Con el dedo indice recorrió su nariz y orejas, para señalar que su bebé sangró por esas zonas.

Los padres se sintieron humillados y vejados. La madre recordó el trato que recibió de una enfermera cuando preguntó cuáles eran los valores de la hemoglobina de su niña. “Vamos a tener que darles clases para que entiendan estos términos, porque dudamos que los conozcan” Ellos insistían en pedir ayuda y estaban dispuestos a buscar al doctor donde fuera. “Con una risa burlona volvimos a recibir una respuesta lapidaria: Así subas 80 veces más no vas a solucionar nada”.

Y en verdad no hubo soluciones: La bebé murió. A esa niña también la llevaron envuelta en sábanas hasta la morgue de Valencia, en lo que parecía una marcha fúnebre, entre llantos y el insoportable mal olor que brota de las paredes y orificios de la estructura perteneciente al Servicio Nacional de Medicatura Forense (Senamecf).

Más negligencias

Dinnorah Rojas estaba presente con los jóvenes padres. Ella hizo la llamada a los medios de comunicación para difundir el acto de presunta negligencia, además de los engaños y supuestos robos que sufrieron dentro de la institución. “Nos pidieron medicamentos e inyectadoras que luego no fueron utilizados, desaparecieron. No hubo explicaciones, sólo que alguien se las había robado y que eso era muy común porque no tenían insumos”. Los familiares no encuentran explicación a tantas irregularidades en una institución que debería prestar un servicio optimo por contar con el respaldo del Gobierno de Nicolás Maduro.

Insalubridad

Malos olores y animales rastreros que caminan por los pasillos deteriorados de la maternidad y otras zonas adyacentes del enorme complejo de salud son parte de la rutina. Las chiripas caminan por las camas y las ratas se escabullen entre cajas y bolsos de los familiares, como si de madrigueras se tratara. Las paredes de color amarillo parecen barnizadas con inmundicia. Es un ambiente que parece no cumplir con las normas básicas de sanidad.

Los pacientes, cansados de estar en contacto con tales condiciones, decidieron declarar ante los medios de comunicación. El alboroto alertó al personal de la maternidad, que al enterarse de la llegada de un periodista a la zona llenaron cuñetes con agua y jabón y sacaron los haraganes y escobas. El vapor salía de otro de los tobos y como una inundación, la recepción parecía quedarse sumergida en agua jabonosa.

Entre milicianos y policías de Carabobo sacaron a la fuerza a los afectados, que gritaban y denunciaban los horrores que se viven dentro del hospital, mientras con amenazas intentaban mantenerlos al margen “Si siguen gritando se van a quedar afuera hasta que a nosotros nos de la gana” repetía Dinnorah al narrar lo que ella vivió.

La entrada de la maternidad estaba cerrada con un palo de madera que atravesaba las manijas. Un río de agua sucia corría por las aceras proveniente de la recepción. En el interior tres mujeres y un hombre se empeñaban en escurrir todo, para que la versión de los afectados quedara invalidada ante la repentina limpieza. Un pozo se formaba sobre el piso de granito y algunos pacientes esperaban en el interior sentados en sillas de metal, sin entender lo apresurado de esa labor. No había soluciones el daño ya estaba hecho

 

 




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