Bomberos de Valencia lograron controlar incendio en galpón al sur de la ciudad
/ Foto: Cortesía (Bomberos de Valencia)

Además de la vocación y el valor propios de todos los bomberos del mundo, los de Venezuela tienen que echar mano de la audacia y la inventiva para apagar las llamas sin los equipos de seguridad adecuados, sin vehículos de transporte y hasta sin agua para sofocar los incendios.

No hay que ahondar demasiado para encontrar ejemplos de los esfuerzos de estos hombres y mujeres por salvar vidas, bienes y espacios naturales, pese a las carencias que invaden todo el territorio venezolano y que no son ajenas para los que tienen por oficio apagar llamas.

El pasado 7 de febrero mostraron su capacidad. Ese día los bomberos de Caracas usaron cubetas que les prestaron vecinos de una zona en el este de la ciudad para apagar el incendio que se generó en un apartamento y al que acudieron sin manguera, pues la del camión se había dañado.

Llenando los baldes de uno en uno con el agua de la cisterna y pasando en fila hasta que el último vertía el liquido sobre el fuego lograron acabar con el fuego.

“Los bomberos del Distrito Capital están trabajando literalmente con las uñas. Solo la mística y su entrenamiento son sus herramientas para actuar en momentos de emergencia pues las autoridades, quienes deben dotarlos de equipos, no lo hacen”, fue el mensaje de los vecinos colgaron en la cuenta de su comunidad, en Twitter.

El comandante del cuerpo de Bomberos Voluntarios de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Carlos Arévalo, pone palabras a la crisis que dibuja ese momento al puntualizar que estos grupos de primera línea en atención de emergencias no cuentan con una política pública para “garantizar” los “requerimientos necesarios” para hacer su trabajo.

“IMPROVISANDO”

Cargados con unos baldes llenos de tierra, mantas y artefactos similares a escobas, los Bomberos-UCV atienden un incendio dentro de la propia casa de estudios de la que forman parte.

Mientras arrojan tierra, los propios rescatistas se lamentan de no poder usar agua para sofocar las llamas. La razón es simple: en la estación no disponen de agua y sus dos vehículos “no están operativos”.

Arévalo relata que el poco equipo con el que cuentan es producto de donaciones con las que mantienen el rango de trabajo en el “mínimo”.

“Nos hemos mantenido a través de donaciones de otros cuerpos de bomberos hermanos a nivel nacional y a nivel mundial. Con esos equipos, con los que actualmente, hemos podido mantenernos con un rango operativo mínimo”, contó a Efe.

Su situación, prosigue, se replica en los más de 100 cuerpos de bomberos que operan en toda la nación caribeña, lo que obliga a los funcionarios de distintas dependencias, públicas, privadas o voluntarias, a prestarse apoyo entre sí para poder cumplir con los servicios y proteger sus propias vidas.

Coincide con él Jhom Lira, un bombero que, desde hace nueve años, trabaja en la unidad de riesgos especiales de Caracas.

Lira destaca que quienes, como él, desempeñan esta labor en Venezuela les corresponde buscar “alternativas para ayudar a las comunidades” que lo requieren.

“Trabajamos, como quien dice, improvisando o basándonos en protocolos de actuación que ya tenemos establecidos en normas, en reglamentos y basándonos en experiencias pasadas”, dijo Lira a Efe.

Aunque en el cuerpo de Bomberos de Distrito Capital (Caracas), a diferencia del de la UCV, no son voluntarios, Lira aclara que se trata de un trabajo “que es una vocación, más allá de la profesión”, por los bajos salarios y retribuciones que reciben.

EN RIESGO

El común en las estaciones de bomberos de Caracas es la precariedad. Basta asomarse a alguno de los estacionamientos de las más de 20 delegaciones de la capital del país para notar los vehículos inservibles o en reparación o los equipos de protección deteriorados.

Sin embargo, la austeridad y el riesgo no aleja a los funcionarios de su labor.

Es el caso de Sebastián Chacón, que lleva poco más de dos años en servicio como bombero y asegura que, muchas veces, ni siquiera tienen garantizada la alimentación en las jornadas de guardia.

Son 24 a 48 horas de servicio continuadas en las que, sin embargo, se esfuerzan por mantener el trabajo.

Los riesgos más grandes que afrontan -explica a Efe- vienen cuando el control de una emergencia toma más tiempo del adecuado por la precariedad en la atención.

Arévalo insiste en ello y asegura que, pese al aumento del riesgo por las condiciones en Venezuela, la “voluntad” por ayudar los supera.

“Sabemos donde vamos a hacer nuestra atención y sabemos que es un riesgo que es natural, es propio del tipo de trabajo que prestamos, pero el uso inadecuado de equipos (…) por supuesto que aumenta en cuantía ese tipo de riesgos”, dijo Arévalo antes de irse a cumplir su labor.




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