presos políticos
Decepción es una de las palabras usadas ante el incumplimiento de la oposición en sus promesas por liberar a los presos políticos
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El activista por los derechos humanos y  presidente de la ONG  “Operación Libertad”, Lorent Saleh dirigió una carta para Jesús Torrealba, secretario ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) Y Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional (AN) para dar a conocer su percepción sobre los hechos de diálogo y el fracaso de la oposición en los intentos de liberar a los presos políticos.

Saleh es uno de esos presos políticos. Lleva dos años y cinco meses en prisión, el activista expresó en la carta el sentir de muchas familias y presos políticos ante el tiempo perdido y las fallas de la oposición “se lastimaron profundamente las esperanzas y sentimientos de quienes estamos privados arbitrariamente de nuestra libertad, y especialmente, las esperanzas de nuestras familias”, debido a los -hasta ahora- fallidos mecanismos puestos en práctica para alcanzar la liberación de todos los presos políticos en Venezuela.

El presidente de Operación Libertad, invitó a Torrealba y a Borges a no permitir que el país se suma en la desesperanza que trae esta crisis y a recordar que el diálogo no significa doblegarse ante el gobierno.

Aquí puede leer la carta en cuestión.

Carta abierta de Lorent Saleh al Secretario de la Mesa de la Unidad Democrática, Jesús Torrealba, y al Presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges.

El día de ayer, mi compañero Gabriel Valles y yo cumplimos 841 días tras las rejas. El día de ayer se difirió nuestra audiencia preliminar por trigésimo segunda vez -una audiencia que debió haberse dado a los 45 días de mi aprehensión-. Muchos ven esto como algo surrealista, bochornoso, injusto, pero sobre todo cruel. Sin embargo, entiendo por qué sucede esto, entiendo la necesidad de una minoría con temor, de hacernos sufrir y exponernos ante el resto del país, mostrando las consecuencias de enfrentarse a un sistema que debe evolucionar.

El pasado 2016 fue un año, a todas luces, muy difícil en materia de derechos humanos para el país. Desde la toma de posesión de la nueva Asamblea Nacional y la esperanza de la fugaz ley de amnistía, hasta la intermediación internacional y de la Iglesia Católica en la reciente mesa de diálogo y negociación, se lastimaron profundamente las esperanzas y sentimientos de quienes estamos privados arbitrariamente de nuestra libertad, y especialmente, las esperanzas de nuestras familias. Lamentablemente, percibimos que algunos intereses particulares de sectores políticos y económicos -queriendo y sin querer- han hecho de las negociaciones un proceso terriblemente traumático, que más que contribuir a la estabilización del país y la concertación política sólo aumentó la incertidumbre y la zozobra que tanto acompaña a los presos políticos y familiares.

La satanización del diálogo por parte del ciudadano común puede entenderse dada la situación actual del país, pero considero que el hecho de que dirigentes opositores satanicen el diálogo y la negociación, no sólo se traduce en una absurda negación de su propia condición de políticos, sino también en un acto irresponsable y desconsiderado, precisamente por los niveles de polarización, represión y crisis humanitaria que hoy se viven en Venezuela. “Diálogo” no significa doblegarse, “negociación” no significa traicionar. Absolutamente no, todo lo contrario. Cuando estamos seguros de los principios e ideales que nos guían, cuando sentimos y creemos en un proyecto, y cuando nos mantenemos fieles a las necesidades de todo un país sumergido en una profunda crisis, es cuando justamente estamos en la mejor posición para sentarnos a hablar con nuestros adversarios.

Negociar no nos hace daño. Quizás más daño nos ha hecho creer que la mayoría de los Diputados, a los que apoyamos en las pasadas elecciones, vendrían a las puertas del Helicoide y de La Tumba a pedir por nuestra libertad. Pocos, muy pocos han sido los diputados que genuinamente nos han tomado en serio. Nos embosca, nos toma por asalto el terrible trago amargo que significa sentirnos como ficha en un mal juego; como rehenes en medio de un secuestro; como mercancía humana tristemente utilizada; como comodines a la hora de tener que decir algo ante los medios.

Definitivamente no existe política sin diálogo, es absurdo, es ridículo, es en los hechos una contradicción. No, definitivamente no necesitamos más ejercicios militares para intimidarnos, ni comandos anti golpes para aprehender opositores, ni aventuras electorales imposibles de cumplir, ni procurar establecer la democracia por medios antidemocráticos. Sí, definitivamente sí necesitamos vencer el miedo de decir lo que pensamos y creemos. Sí, definitivamente sí debemos ponernos de acuerdo. Definitivamente sí debemos bajarle dos al tono. Ya basta de las lágrimas de las madres que ven a sus hijos esposados, ya basta de los niños que crecen con sus padres tras las rejas, ya basta de la tortura, la persecución, el amedrentamiento, el terror y la intimidación.

Señor Jesús Torrealba, Secretario General de la Mesa de la Unidad Democrática; Diputado Julio Borges, Presidente de la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, les pido en su condición de demócratas y desde mi lamentable condición de preso político que no nos quiten nuevamente la esperanza de recobrar nuestra libertad, por muy difícil que ésta sea. Les ruego no tengan miedo de las críticas ligeras de los que con justa razón están desesperados, porque incluso en las mayores confrontaciones de la historia humana ha sido necesario un mínimo de diálogo. Señores de la Mesa de la Unidad y Asamblea Nacional, no pasen por alto en ningún momento que están comprometidos con la promoción del diálogo, en ésta y en cualquier circunstancia, por muy adversa y amenazante que sea.

De igual manera, agradecemos las gestiones realizadas por los señores Rodríguez Zapatero, Martín Torrijos y Leonel Fernández, y esperamos de corazón que no desmayen en las labores realizadas en pro del diálogo, y que los resultados de estas negociaciones puedan generar la confianza necesaria para encaminar nuevamente el país hacia el progreso y la estabilidad democrática.




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