En los países que no tienen una consolidada experiencia democrática, hay una peligrosa  tendencia en apoyar una concentración de poderes en manos de una sola persona (o de un grupito reducido de personas) en vez de favorecer esa natural distribución que reduce al mínimo el absolutismo personalista de un poder centralizado. Son personas erroneamente convencidas de que el poder es mucho más eficiente cuando es fruto de una sola voluntad y que confían solamente en el caudillo, en el hombre supuestamente ungido por Dios, ciegamente convencidas que es el único capaz de resolver todos los problemas del país. Es una categoría de gente que abunda muchísimo en América Latina y es justamente la que sostiene y apoya con su consenso al déspota de turno convirtiéndose, por lo menos en su fase inicial, en la defensora de las más degradadas y humillantes dictaduras de la historia.

Pues, a pesar de que los más grandes pensadores políticos, desde Aristóteles hasta Cicerón, desde Montesquieu hasta Maquiavelo nos han transmitido que la sociedad debe ser una mescolanza homogénea y equilibrada  de libertad y de responsabilidad colectiva, sin la brutal coerción de un oligarca, cuando hay carestía o guerras, cuando se presentan crisis económicas o sociales, por la ineficiencia, por la incapacidad o la sinvergüencería de algunos gobiernos ineptos y corruptos, cuando surge la crisis de la mente porque se presentan esas situaciones que inevitablemente debilitan la sociedad, el pobre pueblo desesperado y abandonado, busca entonces al “mesías” de turno para que lo salve pero también para que rebaje su  condición, que debería ser intransferible, de soberano a la de genuflexo a la voluntad del “supremo”.

Siempre ha sido así y lo triste, lo inmensamente funesto para el país y para el mismo pueblo, es que nadie haya sabido interpretar ese mensaje en forma debida!

Ahora bien, en sintonía con el título de mi artículo de hoy, es de perogrullo que para un gobierno autoritario, la “centralización de poderes “ es vital para su estabilidad. Una dispersión de poderes no solamente sería un instrumento del neo-liberalismo, sino que impediría un control enérgico y efectivo sobre el país, maxime si esos poderes son el símbolo de la voluntad popular. Claro está que los argumentos esgrimidos para controlar todos los poderes, tienen que ser muy convincentes, por lo general repletos de demagogia barata y de populismo, dejando claramente entender que esa centralización es necesaria, no para tener un control absoluto del país, sino para administrar la cosa pública evitando deslpifarro y corrupción. Y lamentablemente hay mucha gente que se lo cree. Es por eso que, toda vez que otorgamos más poder no solamente estamos traicionando al país, sino que estamos faltando a nuestro deber de ciudadanos!

Desde Italia – Paolo Montanari Tigri




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