Le advertimos que usted podría llegar a quedar impresionado cuando conozca, más directamente, cómo es que llegan a canalizar y a cambiar nuestras vidas los poderosos “medios audiovisuales” que acogotan y asfixian nuestras modernas sociedades. Realmente podemos afirmar, con gran certeza, que somos muy escasamente “dueños” de la propia realidad que construimos, y de las maneras como nos manejamos en la vida diaria, y en la sociedad en que vivimos. Es conocida la expresión que afirma que las personas “somos seres vinculares”, pero la verdad es que esos vínculos pueden no ayudarnos en los grupos en los que vivimos, y más bien llegar a ser una de las fuentes de mayor influencia “negativa” sobre nuestra personalidad. Sin saberlo o sin querer evitarlo, cada vez nos hacemos más dependientes de las influencias de los medios sociales.

En las modernas sociedades y grupos, cada vez más los audiovisuales construyen nuestra realidad. Esa realidad se “escribe”, se hace, a partir de fuertes influencias, de los poderes de los audiovisuales dominantes: La televisión y el cine. Quizá más desde la televisión, invasora por excelencia, y además universal, que desde el cine, con sus limitantes tecnológicas que arrastra desde su pasado inmediato, pero que es un medio de gran poder actual. A todos estos elementos, con sus penetrantes características, con sus poderes globalizantes crecientes, con sus fuerzas agresivas de manejo de la opinión pública, los observamos con increíble pasividad contemplativa, e increíble pasmosidad.

Podemos hacer una reflexión amplia y convincente sobre la influencia de la cultura audiovisual, en todos sus matices actuales, y sobre la escasa capacidad de defenderse que tiene en el presente la gente para intervenir en esa construcción intensa de la realidad personal, social y ciudadana. El cine y la televisión están definiendo con suma fuerza nuestras fantasías y opiniones, y la forma en que nos vemos a nosotros a nosotros mismos. Creo que esto es algo muy propio de la segunda mitad del siglo XX, y más aún, del inicio del siglo XXI. Es algo que debemos estudiar con la mayor seriedad, porque los efectos son contundentes y marcados, y no escapamos a los efectos perversos que resultan.

Una vez que el cine y la televisión se nos hayan metido “en la sangre”, inyectados a la manera de una droga de efectos directos, con presiones de cambios y transformaciones, sin que razonemos porque vamos a hacerlos, vivimos rodeados, con poca defensa, de una nueva y cambiante constelación de mitos, incluido ese mito inteligente, generador de ilusiones (o de pesimismos), que somos nosotros mismos. Los seres humanos estamos confusos, y parece que ya no sabemos muy bien lo que es –realmente- la realidad en que vivimos. Aunque sí sabemos, como grupos y sociedades regionales, nacionales o hasta mundiales, que esa realidad está forjada mayormente por la televisión y el cine, por los medios, y por la exposición constante a la ficción y fricción, y a otras estructuras complejas del pensamiento, cargadas de mediocridad, de falsas ilusiones, de chismes, de mentiras intencionadas y manipulaciones. Hasta las fantasías, inclusive, ya casi sólo recogen y evocan imágenes que han sido manufacturadas por otros, que han perdido partes de su fantasía y ahora son estimados como hechos materiales y creíbles.

Actualmente, ya no podemos sentir lo mismo que a mediados del siglo XIX, cuando la vida se limitaba, básicamente, a la cuadra donde estaba la residencia, a nuestra familia inmediata, a los abuelos y padres, y a las personas más próximas a ellos. No obteníamos nuestros conocimientos de ningún sitio o instancia emisora cercana o muy próxima, porque no tenían como hacernos llegar la información con facilidad, a no ser que leyéramos libros o nos acercáramos al contacto directo o próximo de los limitados núcleos urbanos y sub urbanos, existentes precariamente. Una mayoría del mundo era abiertamente del campo y analfabeta, que sólo veían lo que estaba inmediato, lo que transcurría por delante de ellos. Ahora esa gente nos miraría y se preguntaría en qué planeta vivimos, porque según la tensión de sus rostros, y las disposiciones gestuales, pareciese que todos, en cierta forma, viviéramos en una dimensión de degradantes fantasías.




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