El ministro brasileño de Justicia, Torquato Jardim. (Cortesía)

La denuncia del ministro brasileño de Justicia, Torquato Jardim, sobre los vínculos de la Policía con el crimen organizado en Río de Janeiro ha desatado un escándalo político que salpica al gobernador regional, incapaz de frenar la ola de violencia que vive el estado.

“Hoy, los comandantes (de la Policía Militarizada) son socios del crimen organizado en Río”, afirmó el ministro el martes en unas explosivas declaraciones al portal UOL en las que denunció que el gobernador Luiz Fernando Pezao no tiene control sobre su propia policía.

Jardim alimentó la polémica en una entrevista publicada hoy por el diario O Globo en la que pidió la apertura de una investigación sobre los mandos de la Policía Militarizada en Río.

“Los policías tienen qué contar”, insistió el ministro, que adelantó que “hay toda una línea de comando que precisa ser investigada y que está siendo analizada”.

La complicidad con el crimen organizado, añadió, salpica también a la política y se investiga “por qué predominan ciertos candidatos vinculados a ciertas instituciones en zonas de peligro” en Río de Janeiro.

Para Jardim son muchos los elementos que apuntan a la vinculación de jefes de la Policía Militarizada con el crimen organizado, como “la propia historia” del cuerpo, que acumula un rosario de casos de corrupción en Río, el último hace unos meses, cuando cerca de un centenar de agentes fueron detenidos.

El ministro se refirió también a la insólita situación que se vive en favelas como Rocinha, la más poblada de Río y donde hace semanas se libra una guerra sin cuartel entre narcotraficantes.

En la favela se piratea la luz y la televisión por cable, y el control de la distribución de gas está en manos del narcotráfico, pese a la presencia de policía y de Unidades de Pacificación.

“Cómo eso pasa sin el conocimiento de las autoridades (…). En algún lugar algo se está autorizando de manera informal”, dijo Jardim, un prestigioso abogado que fue miembro del Tribunal Superior Electoral y asumió la cartera de Justicia en el Gobierno de Michel Temer el pasado mayo.

El ministro mencionó además el asesinato de un comandante de la Policía Militarizada, de uniforme y en un auto camuflado, que fue atacado con armas de alto calibre y que, según la versión oficial, fue víctima de un asalto cuando, en su opinión, se trató de un crimen planificado.

La reacción del gobernador de Río no se ha hecho esperar, y Pezao, duramente cuestionado por la grave crisis económica que ahoga su administración, se ha defendido asegurando que controla a los cuerpos de seguridad y acusando al ministro de no haberle transmitido sus impresiones previamente.

“Tiene mala memoria”, se limitó a comentar Jardim, que restó importancia a la crisis abierta entre Brasilia y Río de Janeiro por sus declaraciones y subrayó que están obligados a mantener “una colaboración necesaria e inequívoca”.

Inmerso en una escalada de violencia, Río de Janeiro vive también una de sus más graves crisis económica, y las protestas contra Luiz Fernando Pezao se multiplican.

Desgastado y desbordado, el gobernador tuvo que pedir a Brasilia que enviara por tercera vez al Ejército este año para sofocar la guerra que se libra en las favelas por el control del narcotráfico en medio de las críticas por el fracaso del proceso de pacificación de las barriadas estrenado hace diez años.

El presidente Michel Temer aceptó la petición y cerca de 10.000 soldados permanecerán en Río hasta finales de 2018, aunque entre bambalinas funcionarios locales hablan ya de la “pesada carga” que supone la presencia militar.

“De alguna forma estamos volviendo a Tropa de Elite 1 y 2”, denunció Jardim en alusión a las populares películas que abordaron la violencia en las favelas de Río hace una década.

Para Rodrigo Pimentel, expolicía y autor del libro que inspiró “Tropa de Elite”, las películas “mostraban los absurdos de las operaciones policías, casi siempre infructuosas, que generaban muerte de inocentes y balas perdidas. Esas operaciones continúan existiendo”, lamentó.

La presencia del Ejército no ha logrado frenar la ola de violencia en Río de Janeiro, que se ha cobrado miles de vidas durante este año, incluyendo las de 112 policías.

La última víctima es el pequeño Víctor Gabriel Leite, de 3 años, en coma tras ser alcanzado en la cabeza por una bala perdida mientras jugaba con sus hermanos en el salón de su casa en el área metropolitana de Río.

“La bala entró por el tejado. La gente piensa que esto no nos va a alcanzar y la bala entra por el tejado. Esta violencia tiene que acabar, no da para más”, clamaba hoy el padre del niño. 




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