La CHET solo cuenta con 20 camas clinicas para pacientes con COVID-19, según médico residente
/ Foto: Cortesía

María es asmática, así que para ella es “normal” tener cuadros respiratorios. Los ha enfrentado en varias oportunidades, pero nunca en pandemia, hasta hace un mes. Esta vez fue diferente. Lo primero en lo que pensaban especialistas, enfermeras y hasta la familia era en COVID-19. Cinco letras y dos números que complicaron todo.

Al tercer día de sentirse mal en casa, con dificultades para respirar y un pico de temperatura alta, fue llevada a consulta con un neumonólogo en una clínica privada. No hubo diagnóstico en ese momento, pero sí la orden de ser trasladada a la emergencia de la Ciudad Hospitalaria Dr. Enrique Tejera (CHET), de Valencia.

No hay cupo”. Esa fue la respuesta que recibieron los familiares de María al llevarla a la institución de salud más importante del centro del país. Insistieron. Pero solo la recibieron cuando uno de sus hermanos contactó a una persona conocida del hospital. De lo contrario, no saben lo que pudo haber pasado.

La ingresaron a una sala con seis personas más. En el área de aislamiento para pacientes con COVID-19, habilitada donde funcionaba el servicio de traumatología. María estaba ahí sin saber si realmente debía estarlo. No le hicieron la prueba rápida ni la muestra para la PCR. Así que si no tenía la enfermedad, fácilmente se podía contagiar.

Pacientes con COVID-19 desatendidos

Su primer día en la CHET estuvo cargado de mucho miedo e incertidumbre. Llegó al mediodía y no recibió ninguna medicina, no la examinaron, no le hicieron un solo estudio.

Esa noche, a los otros pacientes de la sala tampoco los atendieron. No había personal de  enfermería en la guardia nocturna que lo hiciera. Al día siguiente, a las 10 pm, entró una a aplicarle el tratamiento a los siete. Lo hizo porque uno de ellos era su padre, quien había sido diagnosticado con COVID-19, y por él se redoblaba, sabía que, de lo contrario, no recibiría las medicinas.

Fue al segundo día que a María le hicieron la prueba rápida. Salió positiva. Pero comenzó a responder rápidamente al tratamiento que solo le aplicaban a las 10 pm cuando entraba la misma enfermera de siempre. El resto del personal prefería no hacerlo. Tenía miedo a exponerse al virus.

En la CHET no hay servicio de alimentación. Al menos no para los pacientes con COVID-19. Los familiares deben llevarles todo. Pero en oportunidades, el almuerzo se pegaba con la cena porque no había quien se atreviera a entrar a entregarles las comidas a los enfermos. Alegaban también que lo mejor era que entrara una sola persona a la sala, una vez al día para ahorrar todo el equipamiento de bioseguridad requerido, porque no tienen mucho.

Colapso y desesperación

Mientras María estuvo hospitalizada en la CHET, sus familiares vieron muchas historias afuera. Casos de pacientes que llegaban con diferentes patologías que no eran recibidos, solo aceptaban a los infartados. Incluso, personas con coronavirus que eran trasladados en ambulancias privadas o en carros particulares desde clínicas porque ya no tenían para seguir cubriendo los gastos. A la mayoría los mandaban a otro centro de salud.

También vieron ambulancias del sistema público que llegaban con pacientes con COVID-19 de diferentes municipios como Puerto Cabello, Guacara y Libertador, y el personal de guardia le insistía a los paramédicos que no los podían recibir, y ellos les decían que tampoco podían tenerlos en las unidades. Un drama que retrata el colapso del sistema sanitario y la desesperación de quien lo padece.

Los hermanos y el esposo de María se turnaban para estar pendiente en la puerta de la emergencia. Nunca pudieron verla y solo le daban informaciones dispersas que aumentaban su incertidumbre. Ellos realmente no sabían si mejoraría o empeoraría. No sabían si confiar en el resultado de la prueba rápida o pensar que era simplemente asma. Estaban desesperados.

COVID-19 en un CDI

Al cuarto día de tratamiento en la CHET le tomaron la muestra de la PCR. Lo hicieron cuando ya había superado la severa dificultad respiratoria, ya podía hablar y se sentía mucho mejor. En ese momento le dijeron que sería trasladada a un Centro de Diagnóstico Integral centinela para poder darle la cama que estaba ocupando a otro paciente que la requiriera, y de los que llegaban con frecuencia.

La enviaron al CDI de Parcelas del Socorro, al sur de Valencia. Ahí la ingresaron a una sala con cuatro personas más. Todos con COVID-19. Ya María estaba asintomática y el tratamiento era con cinco pastillas al día. Dos de ellas las tuvieron que comprar los familiares en dos millones de bolívares cada caja, porque no tenían en inventario.

Uno de los pacientes del lugar estaba solo. Toda su familia está fuera del país, así que era el personal del centro de salud el que se encargaba por completo de él.

La zona donde está ese CDI es de las más peligrosas de la capital carabobeña. Varias veces ha sido robado y ya a las 5 pm los médicos cierran todas las puertas. Hasta esa hora reciben comida o cualquier otra cosa de parte de los familiares.

Quienes son enviados a ese lugar tratan de que lo trasladen a otro, por temor. Es por eso que es uno de los pocos que no está colapsado y donde hay servicio de alimentación, casi todas las medicinas y el personal sanitario necesario.

Nueve días estuvo María ahí. Como era de quienes se sentía mejor, las enfermeras le pedían que ayudara a atender a los demás pacientes. Pero ella se negó porque no quería recaer.

Sin resultado de la PCR

Ya han pasado más de dos semanas desde que María está en casa. Aislada. No tienen ningún síntoma pero sigue esperando el resultado de la PCR.

Cuando le dieron de alta en el CDI le dijeron que llegaría a su dirección de residencia. Pero no ha sido así. También ha revisado en un sitio web que le dieron en el que, supuestamente publican los resultados, pero tampoco aparece nada.

Es así como María no sabe si realmente tuvo o tiene COVID-19, aunque fue tratada como una paciente con el virus y vivió en primera persona la crisis del sistema de salud en Carabobo. Su familia, simplemente se sienten con suerte, porque les tocó ver el drama y la desesperación de cerca, pero con un final más feliz que el de muchos otros.




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