Desalojo de buhoneros del Mercado Periférico de La Candelaria. (Foto Cortesía)

Cada día, la empleada del hogar Joseane Santos se arriesga en plena pandemia en un trayecto de más de dos horas en el transporte público de Sao Paulo para limpiar las viviendas de sus empleadores, quienes teletrabajan desde marzo y no se exponen a ese riesgo.

Desde el inicio de la emergencia del coronavirus en Latinoamérica hace seis meses, esta mujer, de 46 años, tuvo que elegir entre perder su renta o seguir trabajando bajo la inminente amenaza del virus.

Para ella, así como para decenas de millones de otros trabajadores informales en la región, la cuarentena acabó siendo un imposible.

“Si yo pudiera, hubiera quedado en casa, sobre todo en la fase más crítica de la pandemia. Pero como nunca me dieron esta posibilidad de elegir, me tocó trabajar”, cuenta a Efe Santos, quien vive con su hijo de 13 años y su marido en el empobrecido barrio Cidade Tiradentes, a unos 40 kilómetros del centro de Sao Paulo.

Pese a la cuarentena decretada en marzo en la ciudad, la más golpeada de Sudamérica por la COVID-19 y la más poblada, con 12 millones de habitantes, varios de los adinerados empleadores de Santos no quisieron quedarse sin sus servicios domésticos.

“Una de ellas es abogada y está trabajando desde casa, además de tener un hijo de 6 años. Me dijo que no conseguía hacer su trabajo habitual y también cuidar de la casa”, afirma.

La ardua rutina de la informalidad

Al contrario de los residentes de las cinco viviendas en las que realiza limpiezas semanales, todas situadas en zonas pudientes de la capital paulista, su situación como trabajadora informal no le permite a Santos contar con los derechos laborales previstos en ley, como baja por enfermedad, vacaciones o seguro salud.

Así como Santos, unos 38 millones de brasileños viven de la informalidad, lo que supone un 41 % de la población ocupada, una situación que se repite en otras metrópolis latinoamericanas, como Ciudad de México, Bogotá y Caracas.

Mercado a cielo abierto en Valencia. (Foto cortesía Alcaldía de Valencia)

 

“Ahora trabajar en Venezuela es un delito”

Con cerca de un 60 % de la población en la informalidad y sumergidos en una crisis económica, política y social que se arrastra desde hace años, los ciudadanos venezolanos ya no pueden quedarse en casa y deben salir a buscar el sustento, pese a la cuarentena que está vigente en el país desde el 16 de marzo.

En la capital Caracas, son muchos los lugares que ya reconocen que han tenido que comenzar a hacer trabajo “clandestino” en la lucha por la supervivencia.

“Ahora trabajar en Venezuela es un delito. Si se trabaja los días que no hay flexibilización se lo llevan preso, nos ponen multas. Sé que hay que cuidarnos, pero es demasiado”, explica a Efe Emilsen, propietaria de un taller en el municipio Sucre, uno de los que componen el distrito metropolitano de Caracas y que ha sido particularmente golpeado por la COVID-19.

Una mujer organiza un puesto informal de venta de frutas y verduras, en Caracas. (Foto EFE)

El miedo a la crisis económica

A diferencia de Venezuela, Brasil y México, dos de los países más afectados por la pandemia en América Latina, viven su “nueva normalidad” desde junio y julio, respectivamente, mientras que en Colombia el Gobierno le permitió al comercio no esencial abrir sus puertas hace dos meses.

En común, los cuatro países comparten el hecho de que, para muchos, la cuarentena ha sido un lujo que jamás han podido permitirse, a pesar de que América es el epicentro de la pandemia, con casi 450.000 muertos y unos 12,5 millones de casos.

En México, más de 25 millones de personas, el 53 % de toda la población ocupada, trabajan en la informalidad y es muy habitual la venta ambulante de alimentos, ropa, utensilios o muebles.

Consciente de esta situación, el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador ordenó al principio de la pandemia el cierre de la economía no esencial pero estableció una cuarentena voluntaria para no dejar sin sustento a personas como Antonio Carrillo.

Desde hace cuatro décadas, este hojalatero y pintor de 68 años espera de lunes a domingo en una esquina del barrio de Tepito, a pocos metros de su casa, la llegada de algún cliente. Y la pandemia no lo ha apartado del lugar.

“Aquí hay que estar. Yo estoy de lunes a domingo, todos los días”, cuenta este hombre, quien subraya que en el barrio lo conocen como Riquense.

La situación empeoró cuando su esposa, que trabajaba en una cadena de restaurantes, fue despedida por la cuarentena. “Todo se vino abajo”, dice el hombre, que ahora tiene que mantener a sus cuatro nietos sin que le queden apenas clientes.

“Más bien me da miedo la economía que la enfermedad”, sintetiza.

La vendedora colombiana y madre cabeza de familia Ivón López también se vio obligada a volver a las calles del populoso barrio La Alquería, en el sur de Bogotá, a fin de asegurar el sustento de su hija y de su padre.

“Uno debe ser consciente de que este virus está matando mucha gente, de que nos debemos cuidar, pero vamos al tema de que ‘quédate en casa’, que es quédate en casa aguantando hambre (…) a que lo echen a uno de donde vive, que no pueda uno trabajar, que no pueda uno conseguir su sustento diario. Es terrible”, asegura López, quien trabaja en una tienda de telas del barrio, declarado como zona permanente de cuidado preventivo por sus aglomeraciones diarias.

En Sao Paulo, Santos también vio su renta desplomarse desde los 3.500 reales (unos 635 dólares) hasta los 1.000 reales (180 dólares) al mes, ya que algunos de sus empleadores le dijeron “que ya no fuera trabajar, por miedo de contagiarse, y simplemente dejaron de pagar”.

La empleada del hogar y su marido, un conductor de camión que tiene diabetes, pero que no tuvo la opción de recluirse en casa a pesar de ser grupo de riesgo, llegaron incluso a solicitar un auxilio financiero de 600 reales (108 dólares) concedido por el Gobierno brasileño, pero la ayuda nunca llegó.

Y es que a la emergencia sanitaria se suma la fuerte crisis económica que golpeó a Latinoamérica, por lo que muchos trabajadores tuvieron que reinventarse para garantizar la comida.

El albañil venezolano Carlos Salazar, reconvertido en vendedor de tapabocas caseros, cosidos por su esposa, recorre ahora las calles que dan ingreso a la favela de Petare, la mayor de Venezuela.

Allí, como en el resto de sectores populares de Caracas, no saben de jornadas de flexibilización y días de cuarentena radical: “Todos duramos hasta las 10 de la mañana, nada más, y en lo que los policías nos dicen que nos vayamos, nos vamos”.

El virus “llegó en avión” pero se extendió en los arrabales

Si bien el coronavirus ha llegado a Latinoamérica “en avión” junto a personas adineradas, según admitió recientemente el subsecretario de Salud de México, Hugo López-Gatell, autoridades y científicos coinciden en que la enfermedad rápidamente se extendió por zonas suburbanas empobrecidas.

De acuerdo con un estudio realizado por la Universidad de Sao Paulo (USP) -referencia en Latinoamérica-, el riesgo de muerte por COVID-19 es un 50 % más elevado entre personas que residen en las áreas más pobres de Sao Paulo que en barrios céntricos y nobles, una realidad que también se siente en los demás países de Latinoamérica.

Así, mientras que los residentes de las regiones más abastadas se recluyen en sus viviendas y apartamentos, los habitantes de zonas más empobrecidas tienen en el miedo al virus y en la supervivencia la cara y la cruz de la misma moneda.

“Ellos pueden estarse todo el tiempo que sea posible encerrados porque tienen dinero, porque tienen cómo (sobrevivir sin salir). Nosotros no, porque tenemos hijos, somos madres cabeza de familia, tenemos que responder por nuestro arriendo, nuestra comida, por la comida de nuestros hijos”, reflexiona la vendedora colombiana.

En algunas zonas, incluso, los ciudadanos no solo no pueden respetar el aislamiento sino tampoco las medidas higiénicas que piden las autoridades, una tónica que se repite ya sea en Brasil, Venezuela, Colombia o México y expone el profundo abismo social que marca la región.

Pandemia sin agua

“El agua brilla por su ausencia, estamos mal en Venezuela no solo por la pandemia sino por todo lo que conlleva”, explica Emilsen acerca del suministro básico para poder lavarse las manos y prevenir los contagios en el área metropolitana de Caracas, que le llega una vez cada semana o cada 15 días.

“No tenemos agua, la tomamos de la cisterna. Tampoco contamos con baño”, señala la mexicana Antonia Castro, quien vive con sus cuatro hijas y 11 nietos en una chabola en el barrio Tepito.

Apenas siete kilómetros separan los puestos de comida callejera de Tepito de los opulentos restaurantes del acomodado barrio de Polanco, donde los residentes sí pueden elegir entre refugiarse en sus confortables residencias para una estricta cuarentena o retomar poco a poco la normalidad.

María Torres, una vecina del barrio, ha aprovechado el día soleado para pasear junto a su hijo y Lucy, la empleada del hogar que vive con ellos. “Sí hicimos cuarentena -asegura a Efe-, ahorita ya poco a poco regresando a trabajar y regresando a la vida. Ya no vamos a estar encerrados”.




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