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Desde que nacemos somos “domesticados” por la cultura dominante, ese sistema social que acumula cientos y miles de años de información, educación, experiencias y costumbres. No podemos evitarla o ignorarla, aunque lo adecuado es permanecer en contacto con ella, tomar lo que nos beneficie, y dejar de lado lo que nos afecte. De este “juego” selectivo, consciente o inconsciente, quedamos dependientes para la convivencia y sobrevivencia. Nos hacemos seres vinculares altamente socializados, sujetos a los intercambios sociales. A diario cambia nuestra responsabilidad en esos intercambios, por lo que las posibilidades de errar y fracasar están siempre presentes. Si algo sale mal se reorientan las fuerzas emocionales individuales, la madurez y responsabilidad de las personas. En eso consiste el aprendizaje, ese poderoso motor que, unido a nuestra inteligencia, nos brinda la posibilidad de progresar, reinventarnos y mantenernos como seres libres. Todo esto ocurre dentro de sociedades donde se imponen tradiciones y, a la vez, se confrontan o promueven cambios. Sociedades donde, cuando algo sale mal, puede cambiar con rapidez la dirección de las interacciones.

Efecto colateral son las interacciones fallidas y la aparición de tendencias culpabilizadoras, al creer que lo que haya ocurrido se debe a alguna “mala” acción personal. Entonces, las fallas adquieren identidad, y aparecen con nombre y apellido. ¡Es “lógico” -se piensa a veces- que debe haber un culpable, o un grupo de culpables! En consecuencia, pasamos a la defensiva, y bajo esta forma de ver el mundo, creemos que nosotros hacemos las cosas bien; creemos no tener que ver con algún problema, y pensamos que hay culpa de alguien (u otros), porque no lo hacen bien. El razonamiento es muy simple: ¡Los demás siempre son los culpables! “Si alguien (u otros) lo hubieran hecho bien, no estaríamos sufriendo las malas consecuencias“. Entonces, se propicia buscar en quién, en qué o quiénes, recaerá la culpa de haber causado la situación o problema. Los que así piensan se “lavan las manos” ante lo ocurrido…

Para muchos seres humanos, el mundo se divide entre culpables y no culpables. El efecto de pensar así es que, si conseguimos a un culpable, todo estará –supuestamente– “arreglado”. Encontrar al autor de una falla, es más importante que proponernos a solucionar el problema, mediante una acción correctiva. Esto ocurre cuando culpabilizar se convierte en la solución. A veces, el culpar a alguien parece conseguir la “solución” de algunos problemas. Esto puede parecer cierto en un principio, sin detallar cuál es la supuesta “solución”, a quiénes afectó tal “solución”, y cuáles son las consecuencias. Pero, ¿hacia dónde se dirige la “solución” de la situación? ¿Qué ocurre al presumir la culpabilidad de alguien, sin que haya estado implicado en el problema?

La respuesta es clara: Señalar como culpables a personas aunque las causas no estén aun conocidas, causando perjuicios; o sin que se intente mostrarlas para hacer los cambios que eliminen el problema. Pero, hay algo más perjudicial: Cuando se contamina emocionalmente la situación desde el principio, con acciones de persecución y sentimientos enfermizos, las reacciones que siguen se cargan de agresividad, y dificultan el análisis de las causas. Así, la tendencia personal a culpabilizar aumenta según el grado de agresividad presente al percibir la situación, o según se afecten intereses. Mientras busquemos con furia quién o quiénes son los culpables, estaremos más desorientados, y seremos más ineficaces. ¡Más imperiosa será la necesidad de iniciar una cacería de brujas! ¡Entonces, sálvese quien pueda!…

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Hernani Zambrano Gimenez
Egresado de Universidad Central de Venezuela. Estudios de PostGrado en la Universidad de Stanford (USA). Profesor y Ex Director de Escuela de Educación (Universidad Carabobo, Valencia, Venezuela. Ex Director Escuela de Psicología (Universidad Arturo Michelena, Valencia, Venezuela). Asesor de Empresas y Productor Radial en Universitaria 104,5 FM (Universidad Carabobo, Venezuela).
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