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Aquel cuento de la rana y la olla –la que poco a poco se le subía la temperatura- que solíamos escuchar cuando las primeras acciones inconstitucionales de este gobierno, no era especulación. Estábamos cual rana dentro de una olla con agua, y nos fueron aumentando la temperatura poco a poco para que no saltáramos. Hoy estamos inmovilizados. Muchos percibieron lo que ocurría y lograron escapar; otros, en complicidad con los verdugos se involucraron en la dosificación de la temperatura pensando que se salvarían. Pero nadie sobrevivirá. Este régimen es un régimen oligárquico ya que el poder todo lo detenta un grupo minoritario. Hoy, el madurismo y antes el chavismo. Nada que ver con un sistema democrático. Un régimen que utiliza las armas para someter al ciudadano y no para defender la soberanía nacional.

¿Cuál es la salida?

Nos hemos cansado de repetir que estamos en dictadura. Pero la gente se cansa de escuchar lo mismo siempre sin al menos oír recomendaciones para enrumbarnos hacia la democracia. Millones están desilusionados y, por qué no decirlo, desesperanzados. No crean que es sencillo enfrentarse a un monstruo con tentáculos por todas partes, inclusive en sectores de oposición. Duele decirlo, pero lo veo así.

Cada cierto tiempo algunos voceros mediáticos de la oposición nos obligan a cambiar la agenda de lucha, y siempre con el trillado discursito de salidas electorales. Que si el referéndum revocatorio, y ahora con las benditas  elecciones regionales. Claro que las elecciones son un derecho constitucional que nos tienen secuestrado, pero, que se sepa, todas esas fórmulas que supuestamente serían las salidas, no es otra cosa que la mejor opción opositora que anhelaría un régimen del talente despótico como el que nos rige en un país donde las  instituciones están a su merced. Sobre todo, el Tribunal Supremo de Justicia y la Fuerza Armada Nacional.

Siento que para muchos connotados actores políticos no es la preocupación por el país o por los ciudadanos lo que los motiva, sino alcanzar ciertas posiciones para asegurarse la vida –de ellos y la de su entorno-. Eso no es nuevo, esa descomposición comenzó desde el mismo momento en que un político ve al ciudadano como una mercancía a la cual le puede sacar provecho. Sea desde el gobierno o desde grupitos opositores para negociar la estabilidad o gobernabilidad de la dictadura.

Venezuela es nuestra empresa

La única salida que vislumbro es cuando involucremos a los ciudadanos en los cambios. Decirles la verdad, sin chantaje ni populismo, sin ofertas engañosas. Convencerlos de que cada ciudadano es accionista de una gran empresa que se llama Venezuela. Que si no la ponemos a producir, nada bueno obtendremos. Que le digamos que todos tenemos que trabajar y que quien más trabaje tiene derecho a ganar más e invertir y/o gastar lo que gane en lo que le provoque. Basta del chantaje de las bolsas de comida, o del “carnet de la patria”. Escríbanlo, ese carnet dentro de poco lo pedirán hasta para respirar. No se sorprendan cuando los que no han querido sacarlo, busquen desesperadamente un operativo porque se lo exigirán para cobrar un cheque o para sacar la licencia de conducir. El populismo y el chantaje no es nuevo, eso ha sido así desde hace muchos años, inclusive antes de la llegada de esto que han bautizado como Socialismo del Siglo XXI. La diferencia es que antes había más decoro y alternancia en el ejercicio del poder.

A cuenta de qué el gobierno, sea este o el que sea, le va a regalar a alguien una casa. Nada de eso, quien quiera una casa debe comprarla o construirla. Desde luego hay que crear y garantizar las oportunidades de trabajo y de justicia. Cuestión que al régimen no le interesa, porque quiere esclavos que solo coman si se portan bien.

Las universidades son vitales para comenzar

El conformismo y la apatía no solamente la vemos en el común del ciudadano, sino en lo que muchos catalogan como los centros elites del conocimiento. Me refiero a las universidades. Nos hacemos sentir cuando tocan nuestros particularísimos intereses. Bueno, ya ni con eso nos hacemos sentir. Nos pasó como la rana en la olla. Nos arrebataron las normas de homologación y nos las pasamos reclamando limosnas. Nos suprimieron las elecciones, y todas las autoridades tenemos el período vencido, ergo, el régimen juega a la deslegitimación y a la ingobernabilidad.

Desde las universidades debemos fijar la pauta; por ejemplo: declararnos en rebeldía y hacer las elecciones así estén suspendidas por una decisión absurda e inconstitucional del TSJ.

Pero además de eso, es hora de hacernos sentir en todas partes. Una manera sería llenar las calles con la comunidad universitaria  reclamando democracia. Que se entienda bien, no es la primera vez que lo escribo, la universidad venezolana está condenada a muerte. De qué nos sirve tener los salones llenos de estudiantes cuando no podemos ofrecerle lo más básico que no solamente son las condiciones de estudio sino su preparación para una Venezuela donde funcionen las instituciones. Cierto, en nuestras universidades, de acuerdo a los libros, la práctica y la doctrina, y con muchísimas dificultades, formamos excelentes profesionales pero luego se enfrentarán a una realidad distinta a lo que aprendieron. El médico no tendrá como atender en condiciones no digo óptimas, sino mínimas a ningún paciente, me comentan que en la CHET (Ciudad Hospitalaria Enrique Tejera- Valencia) no hay ni siquiera oxígeno. Nuestros excelentes médicos egresados de nuestras universidades irán a hospitales vetustos, deteriorados, sin insumos, donde el paciente que no lleve los instrumentos, los antibióticos o la sutura,  estará condenado a muerte.

Los que están en el gobierno se oponen a cualquier forma de lo que ellos consideran privatización, cuando en Venezuela hoy como nunca antes la medicina está privatizada. El que no tiene seguro o no tiene recursos, de nada le servirá ir a un centro asistencial porque no encontrará curación. Como profesor, y hoy, circunstancialmente autoridad con el período vencido desde hace cinco años, no cejaré mis esfuerzos en seguir con la obstinada tarea de hablarles claro a mis alumnos. Hablarles de política, pedirles que se involucren en la política no importa hacia cuál tendencia se inclinen, pero que sean los mejores ciudadanos y que no permitan que ningún gobernante destruya el país. Formamos excelentes profesionales, lamentablemente una inmensa mayoría piensa en emigrar. Nuestra pasión debe enfocarse en el fortalecimiento del sentir ciudadano. Construyamos el binomio academia y política. Nos hizo mucho daño aquella prédica de que si eras político no podías ser académico y viceversa.

@pabloaure




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