“No se puede cambiar el curso de la historia a base de cambiar los retratos colgados en la pared”  Jawaharlal Nehru

Resulta monótona la discusión que plantea que si para cambiar a la sociedad se tiene que cambiar al hombre primero y en consecuencia éste cambiará las estructuras sociales, o primero se cambian las estructuras y por ende el hombre se verá forzado a una transformación. Esta sociedad que hoy tenemos es el resultado de largos años de codicia, mezquindad, corta noción de futuro, violencia y bajo capital social. Es responsabilidad de nuestra generación y de la que hemos sucedido, de tanta mediocridad, intolerancia y sectarismo; crecimos -sin desarrollarnos- bajo la pusilánime mirada de un Estado paternalista que generó un ciudadano criticón (no crítico) mediocre, pasivo y apático, un ciudadano que aún presenta un déficit de valores y convicciones profundas; un ciudadano que no se sintió protagonista de su vida política. Ha llegado el tiempo de preguntarnos a nosotros mismos sobre nuestra responsabilidad en la suerte del país.

En realidad somos nosotros los que debemos cambiar para que cambie el país. Los cambios deben hacerse, son necesarios, pero para avanzar y en los marcos democráticos. Necesitamos construir un país en el que cada uno encuentre una oportunidad para realizar el proyecto de vida que le permita vivir su propia vida, y de ser fuente de inspiración y apoyo para los demás. Una sociedad con el nivel de desintegración como la que tenemos no se genera por casualidad, ni por distracción. Por tanto, debemos ir a las causas y no seguir llenando espacios y horas de charlas sobre las consecuencias.

Hay que retomar ese camino que nos lleve a la libertad ciudadana, el cual, como todo camino, tiene riesgos e itinerarios, cuestas y precipicios. Ese camino hacia la soberanía ciudadana requiere responsabilidad, madurez y audacia para remontar y volver a empezar. A menos que cada uno de nosotros cambie radicalmente, la sociedad jamás cambiará, y tal como se perfila el desarrollo de los acontecimientos, los cambios que se proponen, con modelos fracasados, dejan poco margen a la esperanza, ya que la historia ha demostrado cuan absurda resulta la pretensión de cambiar al hombre para que funcionen utópicos sistemas para ordenar la sociedad.

Y si de cambios se trata, he aquí una elocuente muestra: Se cambiaron franelas blancas por rojas… y la sumisión se acrecentó. Se cambió el nombre al país… y tal hecho no nos hizo ni mejores, ni peores. Se cambiaron las estrellas y con ellas la bandera ni aquéllas brillan más, ni ésta ondea más alto, más firme, más alegre. Le cambiaron el rostro al Libertador desnaturalizando la realidad retratista y la veracidad histórica. Se cambia la historia, pretendiendo demostrar con ella alguna de las tantas teorías que se les han ocurrido, a la medida de sus intereses y ambiciones, jugando con la unidad y solidaridad nacional; utilizándola como una estrategia política de consecuencias imprevisibles para la convivencia pacífica.

Se cambió el huso horario para seguir llegando tarde al encuentro con el siglo que transitamos. Se cambió la denominación de la moneda sin lograr evitar la ineludible inflación, y ahora nuestra moneda de curso legal es el dólar.

Se cambió la educación por burda ideologización. Se cambió la Fuerza Armada desarmando su conciencia. De DISIP a SEBIN y de PTJ a CICPC y la violencia, los secuestros y la delincuencia se adueñaron del país. Se cambian nombres de barrios, calles e instituciones, para ocultar su deterioro o desmantelamiento tal como lo sostiene la máxima popular: la serpiente cambia de cuero, pero no su obrar rastrero. Se cambió «la mejor Constitución del mundo» también conocida como “La Bicha” sólo para garantizar el continuismo «legal» del régimen, 22 años cambiando para empeorar.

Y este es el verdadero drama de todo un país: Todos estos cambios insensatos -y los que faltan- se solucionarían cambiando a un solo hombre. En “El Gatopardo”, novela de Giuseppe de Lampesusa, el príncipe de Salina decía que “algo había de cambiar para que todo siguiese como estaba”… Gracias a esa expresión se conoce en la ciencia política gatopardismo el arte de cambiarlo todo para que todo siga igual… y en nuestro caso, peor.

Manuel Barreto Hernaiz .




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