“Otredad: Condición de ser otro; de ser y no estar, o de estar y no ser, condición de no entender mucho a nadie nunca, de no haber hablado nada con nadie, de interpretar todo como si fuera una película muda… un muro entre dos jardines, refugio de la realidad cuando no nos gusta, frases ilegibles, inentendibles, conciencia de individualidad, inconsciencia de individualidad, todo junto” Anónimo.

Denis Diderot – principal redactor y compilador de la Enciclopedia y destacada figura de la Ilustración – en su obra Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, elabora una acertada metáfora acerca de la concepción del mundo que tienen los ciegos de nacimiento. “Es que yo presumo que los otros no imaginan de manera diferente que yo”, dice el invidente de Diderot.
Nuestro país es lo que el ciego piensa, y como lo piensa. La ceguera, congénita o adquirida, que conduce a la imaginación única, al pensamiento único, y de allí a toda suerte de fundamentalismos destructivos.

Cada ciudadano tiene una cuota de responsabilidad para lograr transformar la realidad que vivimos, ya que nadie quiere discursos que giren alrededor de “yo, el único”, solo un verdadero “nosotros” será capaz de convocar a construir la verdadera democracia. Si no nos empeñamos en llevar adelante acciones sociales y políticas concretas basadas en la deliberación y canalizar las tensiones latentes que están en el origen de muchos conflictos, no conseguiremos comenzar el camino que habrá de conducirnos a recuperar nuestro destrozado país.

Pero cuidado con confundir la otredad o alteridad con un absurdo mimetismo al conceder virtudes a este régimen que tan solo utiliza esa demagógica neolengua para mentir de manera perversa y mucho cuidado con ese empeño en compartir endebles espacios de poder mas falsos que una escalera de anime.

El reto, por más que a veces parezca inútil, no solo vale políticamente la pena, sino que obedece a un imperativo moral.
Hemos atravesado, durante más de tres lustros, un sinuoso sendero que nos obliga – por la precariedad de la situación de nuestro país – a ser más precisos en el accionar político, apartando populismos y demagogias electoreras, y a poner todo el empeño en hacerle ver a esa otra porción de nuestra fragmentada nación, el enorme riesgo que TODOS corremos con estas desacertadas acciones que confunden a la sociedad. Y no es cuestión de llevar un mensaje de rescate, de regeneración o recuperación de los espacios perdidos, y menos el trillado “Maduro vete ya”…

Es cuestión de ser auténticamente genuinos, como genuina sea la penuria de los interlocutores; por supuesto que no resulta fácil pues han sido largos años de siembra de odio y resentimiento; de extrema polarización; interminables años en los cuales hasta el término otredad inspiraba desconfianza; oscuros años de “Misión Miseria” … lo que hizo que más de la mitad de la población venezolana, enferma de desesperanza, frustración, hambre y pobreza, creyese fielmente en las populistas y manipuladoras prédicas de un régimen que no les apoyó sino les enajenó; tal como lo pudimos evidenciar con Héctor Rodríguez, – aquel Ministro de Educación, hoy Gobernador de Miranda -que saltó al Salón de la Fama por su cínica expresión: “No sacaremos a la gente de la pobreza para que sean escuálidos.”…

He aquí el verdadero leitmotiv de este zaperoco denominado “socialismo del siglo XXI”, pues a todas luces -o a la falta de ésta- estos años perdidos son más que suficientes para demostrar que para el régimen se hace necesario que haya pobreza para mantenerse en el poder mediante su gastada y manipuladora retórica.

Manuel Barreto Hernaiz




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