En mil novecientos dieciocho, llegó a Venezuela la Gripe Española. Cuando ya finalizaba el año, en octubre, arribó a nuestra ciudad. Ya en Caracas había acabado con familias enteras. Hubo empresas que cerraron, hasta el nuevo Magallanes Base Ball Club, de la populosa Catia, dejó de jugar por el fallecimiento de algunos de sus jugadores.

En todas las familias valencianas había al menos algún muerto gracias a la gripe española.

Venezuela había pasado por otras epidemias, pero ninguna tan despiadada como la Influenza. Le decían así, en tiempos antiguos, por la “mala influencia” que ejercían los planetas y cuerpos astrales sobre la maldad del mundo. Pero este virus mutaba, cambiaba sus características. ¿Y cuál era el origen?

En ese momento, el mundo entero atravesaba otro tipo de tragedia, la Gran Guerra Europea, conocida posteriormente como la Primera Guerra Mundial, que había traído miseria, muerte, desdicha, desgracia y destrucción a toda Europa, y que, convertidas en enfermedades, fueron importadas, sin permiso, al mundo entero. Cuando pasó a España, que no estaba en guerra y, de alguna manera, gozaba de cierta libertad de prensa, se publicó la noticia: HAY PESTE EN ESPAÑA. De ahí a llamarla “La Peste Española”, fue una misma cosa.

¿Y cómo llegó la peste a Venezuela? Bueno, España y América del Sur, especialmente los países del Caribe, Cuba y Puerto Rico, tenían vínculos comerciales y sociales y, Venezuela no tenía medidas de prevención sanitaria, por lo cual, la peste llegó en algún barco español, a través de la Guaira.

Cuenta mi padre, Juan Correa, que su abuela, Carolinita Salas de González Guinán, recordaba que los cadáveres eran tantos, que no había urnas suficientes ni tiempo para velorios, simplemente los colocaban en las aceras, frente a las casas para que el carretón de la muerte los recogiera a su paso. Era de esperarse entonces, que los entierros en el Cementerio Isleña Pepa, hoy Cementerio Municipal, se hicieran en fosas comunes.

También contaba, de manera anecdótica, que había un personaje por esa época en Valencia a quien apodaban Carapacho, muy feo y muy flaco. Su cara era larga y plana, parecía no tener nariz, de frente estrecha y una voz gutural característica. Pero Carapacho era muy servicial, se había convertido en el muchacho de los mandados, un eficiente sirviente para todo el vecindario de La Pastora Valenciana. Todos los mandados los hacía por una sonrisa y una locha, sin olvidar la ñapa que le pedía al bodeguero en caramelos de papelón o cambures.

Un día la gripe española atacó a Carapacho y a los pocos días amaneció muerto. Su cadavérico cuerpo fue dejado en la acera con los demás fallecidos del día. Toda la Pastora se enteró y lo lloró. Y pasó el carretón y se lo llevó junto a los ocho o nueve cadáveres. Su cuerpo era de los últimos, porque fue recogido a golpe de cuatro de la tarde.

Cuando el carretón llegó al cementerio, ya estaba oscuro, a pesar de que no eran las siete todavía. Pero ya no había sol y la luna esa noche tampoco terminaba de salir. Llovía, era una garuita que empapaba.

Como la lluvia se hacía más y más fuerte, el carretero y su ayudante decidieron tirar los cadáveres en la fosa y regresar al día siguiente a enterrarlos. La lluvia y quizás el miedo a los fantasmas, los hicieron correr.

Era medianoche cuando Carapacho despertó. Nadie, ni él mismo, sabía que sufría de catalepsia. Así que el susto fue grande cuando se vio rodeado de cadáveres, pero mayor fue el de los vecinos de La Pastora, cuando vieron a Carapacho caminando cansado por las calles esa mañana del día siguiente. Porque para ellos Carapacho estaba muerto. Ahora sí le venía muy bien el sobrenombre.

Qué íbamos a pensar nosotros que cien años más tarde, el mundo iba a pasar por una calamidad parecida, el COVID-19. ¿Habrá habido otro Carapacho por ahí?

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