Esta tradición es tan vieja en Venezuela como el descubrimiento. De hecho, en España, el domingo de resurrección, es un día para celebrar y a la vez, para castigar al traidor de Nuestro Señor, así que toman un muñeco a quien llaman Judas y lo apedrean o lo queman.

Sin embargo, cuentan que el primer Judas quemado se realizó en Cumaná, el año 1499 y el personaje representado fue Amérigo Vespucio, cuando este se presentó ante los aborígenes con espejitos y baratijas para ser cambiadas por perlas y oro y, para aprovechar que los inocentes, le construyeran un bergantín. La embarcación fue construida y en ese mismo velero se marchó Don Amérigo y jamás regresó. Los indígenas, en vista de que el conquistador no regresaba decidieron hacer una especie de espantapájaros y colocarlo en el sitio donde se fabricó la barca de Don Amérigo, allí le prendieron fuego y bailaron al son de los tambores y chirimías.

Posteriormente durante la Capitanía general de Venezuela, cuando algún personaje cometía algún error esperaban su caída y lo judaizaban.

Se cree que el primer Judas de Caracas se quemó en el año 1801 y luego se hizo común en nuestro pueblo quemar a Judas el Domingo de Resurrección.

Nosotros, los Correa Feo, siempre vivimos la Semana Santa apegados a nuestras costumbres católicas. El miércoles santo, la procesión del Nazareno era infaltable. El Jueves Santo visitábamos monumentos y en la noche, hacíamos (y lo seguimos haciendo), la Cena Santa, con panes ácimos y lechuga o hierbas amargas, como la rúcula, que cada vez fue teniendo más ingredientes. El viernes es día de recogimiento, especialmente después de las tres y el sábado a las doce de la noche, la alegría era plena, ¡el Señor resucitó!

Pero lo más divertido ocurría el domingo, porque ante la alegría de la Resurrección del Señor, celebrábamos la quema de Judas. Primero lo hacíamos, luego lo paseábamos por las calles y en la noche, había que quemarlo por traidor.

Esto lo venimos haciendo desde 1978. Recuerdo que lo fabricábamos mis hermanos, Miguel Ángel, Juan Pablo y Toby, mi primo Julio Martín Daza y yo, dirigidos la primera vez, por mi tía María Carlota Correa; mientras mi mamá, redactaba en versos, el testamento.

En una oportunidad, cuando lo tratábamos de guindar de una viga en el patio de nuestra casa en Guaparo, mi hermano Miguel Ángel, se cayó de la escalera y se fracturó el brazo, pero el Judas, de todas formas, se quemó esa noche, a nuestro regreso de la clínica y Miguel Ángel, como siempre, leyó el testamento.

Cuando los Ramos aparecieron en mi vida, para quedarse, porque me casé con Sergio, mi cuñado Alejandro Ramos, se nos sumó a la tradición del Judas, prendiendo fuego al muñeco. Algo digno de verse, porque lo incendia con la boca, como en los circos de fama.

Y le llegó la muerte a mi madre Magaly Feo de Correa, de manera apresurada, un cáncer se la llevó temprano, eso sí, Papá Dios esperó a que viviera su última Semana Santa, el año 1988, cuyo domingo de resurrección fue 3 de abril. Mi madre fue hospitalizada el 4 y murió el 5 de abril, a las doce y un minuto de la noche. Pero ella redactó los versos con el acostumbrado humor de siempre y no se olvidó de nadie. La quimioterapia la había dejado calva y el verso que se hizo a sí misma decía:

A Magaly del Socorro

pa’ que se tape la nuca

yo le dejaré mi gorro

y una docena e’ pelucas

Hoy, después de 45 años, seguimos quemando el Judas. Lo fabrica la familia. El domingo pasado lo hizo Toby con los suyos. Ahora, como Miguel Ángel también se nos fue temprano, quien lee el testamento es mi esposo, Sergio. Los versos los continuamos haciendo mi hermano Juan Pablo y yo, pero al irse Juan Pablo para Buenos Aires, me quedé con la misión. Claro, con la ayuda de mi hijo César, el único hijo que me queda en Venezuela y de mi cuñado Alejandro, porque siempre, a última hora, llegan curiosos y no queremos que se vaya nadie sin su cuota de herencia. Lo importante es no perder la tradición.

anamariacorrea@gmail.com




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