Mi padre, Juan Correa, era un enamorado de la historia y de nuestros orígenes. En su biblioteca había libros de todo tipo y él, cuando requeríamos de alguna información, nos indicaba cuáles podrían servirnos y hasta los capítulos o las páginas que debíamos leer.

Sobre dónde estaban se ocupaba mi madre, Magaly Feo, la bibliotecónoma, que había hecho un sistema personal de catalogación que llegó a publicar en su libro Biblioteconomía para profanos, mucho más amigable que el sistema Dewey. Pero este no es el caso. Quiero mencionar la pasión que mi padre sentía por las comunidades indígenas venezolanas. Los libros sobre el tema eran muchos y algunos, muy bellos, con fotografías hermosísimas de esa zona del país, tan desconocida para el venezolano de hoy en día.

Hace unos 36 años comenzaba a dar clases en la Facultad de Ciencias de la Educación como personal ordinario y mi hermano Miguel Ángel, era estudiante de la misma facultad y conoció a un muchacho llamado Luis Eduardo Mendoza. Se hicieron muy amigos. A pesar de su nombre hispano, se notaba que era “indio”. Al principio pensó que era de algún país latinoamericano, pero como aseguraba que venía de Caracas, mi papá le dijo que tal vez tenía raíces piaroas, o era un warao, un yanomami, un pemón o quién sabe.

Y todos conocimos a Luis Eduardo. Encantador, dentro de una seriedad nada común para un chico de su edad, estrenando los veinte años.

Una tarde, Miguel Ángel nos llegó con la historia de Luis Eduardo. Mi papá no se había equivocado, era pemón. Parece que su madre había muerto cuando él estaba muy pequeño y, una monja misionera, se lo entregó a un afamado político, Miguel Ángel Burelli Rivas, en una visita que hizo a su población. Ya en Caracas, Burelli le dio el niño a una familia amiga, los Mendoza Cabello, quienes lo adoptaron. Por eso no hablaba pemón y ni siquiera sabía su nombre original.

En una oportunidad, se realizó en la Universidad Central de Venezuela, en la Escuela de Antropología, un foro sobre comunidades autóctonas venezolanas y Miguel Ángel mi hermano, acompañó a su amigo Luis Eduardo Mendoza. Había representantes de casi todos los grupos indígenas y Luis Eduardo se presentó como pemón. Los pemones lo vieron con malos ojos, como si se tratara de un impostor. Nadie lo conocía.

Entonces Vicente Arreaza, “Kaikutsé”, que en lenguaje pemón significa “tigre”, habló de que había nacido en Uaiparú, Gran Sabana, estado Bolívar y que era “el Capichán”, es decir, la máxima autoridad de los pemones, algo así como el jefe, el rey. Su abuelo lo fue y también su padre y, aunque para el momento, el poder lo ejercían unos primos, aseveraba que le correspondía a él. Aunque aclaró que, la línea de consanguinidad pemona es matrilineal. Cuando muere el padre, lo sustituye un tío, los primos no existen, todos son hermanos de sangre. A Kaikutsé lo adoptó don Aurelio Arreaza Lonja, de Aragua de Barcelona, le enseñó a hablar español, le dio la educación que lo hizo ser un hombre exitoso y definitivamente, fue su padre.

Cuando le preguntan a Luis Eduardo de dónde salió, este sólo dijo que era de la familia “Fernández, de los Fernández de allá”.

Miguel Ángel no entendía “¿cómo de los Fernández de allá si los pemones no tienen apellido?”, pero Kaikutsé aclaró que las monjas misioneras les dieron apellidos por grupos, para identificarlos mejor. Así que en lo que este desconocido pemón dijo que era de los Fernández de allá, se dio cuenta de que era “Ota”, su pequeño hermano, entregado por una monjita a Burelli Rivas.

De la manera más fría para nosotros, se dieron la mano y decían estar muy emocionados. Miguel Ángel cuenta que él no podía disimular sus lágrimas y, en cambio, en los pemones, apenas una sonrisa se dibujaba en sus caras.

Fue tal la emoción de mi hermano, que hizo un reportaje para la revista que mis padres tenían en aquel entonces, “30 días”, donde hasta publicó un poema de Kaikutsé, dedicado a un pájaro, “gallito de las rocas”, Kawanarú, hermoso.

Tuve la oportunidad de conocer a Kaikutsé porque vino a la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Carabobo a dictar un curso de pemón.

Hoy en día no sé qué habrá sido de este amigo de mi hermano, Luis Eduardo Mendoza, que desde aquel día sabe que se llama Ota, y que significa niño inmaduro, jojoto; pero sí supe que Vicente Arreaza, Kaikutsé, músico, artista plástico y poeta, falleció hace veinte años.

Sabemos que desde 1962, cuando fue decretado Parque Nacional, y luego en 1994 al ser declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, la región de Canaima ha sido reconocida como territorio ancestral del pueblo Pemón. Sin embargo, a pesar de estas distinciones, este territorio ha sufrido constantes atropellos que han puesto en peligro su equilibrio ecológico y la supervivencia de las comunidades indígenas que allí viven desde hace generaciones. En lugar de respetarlos y cuidarlos, los están matando. Esperamos, de todo corazón, que todo esto cambie y que volvamos a contar con representantes indígenas como Ota y Kaikutsé, sanos, llenos de vida, orgullosos de sus hábitos y su región, que nos hablen de sus costumbres ancestrales y que puedan recibirnos sin temor.

 

Anamaría Correa

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