A finales del siglo XIX, Valencia orgullosa estrenaba Universidad, venía de una década de éxitos, pues en 1888, gracias al Presidente Provisional de Venezuela, el naguanagüense Hermógenes López, la capital carabobeña fue la primera ciudad en el país, en tener el servicio de alumbrado público con luz eléctrica, además de que se inauguró el ferrocarril Puerto Cabello-Valencia y se reinició la construcción del Teatro Municipal en los terrenos del Convento de San Buenaventura, donde funcionaba la nueva Universidad.

Valencia podía enorgullecerse también de ser una ciudad musical, pues además de ser la primera en tener una orquesta de mujeres en Latinoamérica, El Bello Sexo Artístico, compuesta por diecisiete distinguidas señoritas de la sociedad valenciana, dirigida por el maestro José Ríus, tenía además tres bandas de música, la del Estado Carabobo, la Banda Santa Cecilia y la de Fuquet. Además había una notable orquesta en la que figuraban importantes músicos de la época, como los Colón, los Marín, el Catire Salazar, el negro Zabaleta, Perezandía, Chusquel y Don Juancho Arenas, para nombrar a algunos de los que José María Godoy Fonseca menciona en su obra “Valencia de Antaño y Hogaño”, editada en 1955 por el Concejo Municipal de la ciudad.

El caso es que en tiempos de Semana Santa, el Jefe Civil de Los Guayos, un señor de apellido Montilla Troanes, que para ese entonces no tenía sueldo como Jefe Civil, llegó a un acuerdo con el cura párroco para celebrar el Viernes Santo como debía hacerse. Por esta razón, contactaron a los músicos de la capital del estado, pero todos estaban ya comprometidos en diferentes parroquias. Lograron comunicarse con el Catire Salazar, a quien le dejaron la responsabilidad y los músicos que pudo conseguir eran los que llama Godoy “murguistas”, es decir, músicos vulgares, callejeros, violinistas de cervecería.

Cuenta Godoy que cuando el Catire Salazar les preguntó si conocían las tradicionales piezas que se interpretan en Semana Santa, como el “Popule Meus”, contestaron “qué va chico, ¡eso no se baila!”, y el Catire Salazar preocupado les vuelve a preguntar: ¿y la marcha “Jones”?, a lo que responden “Tampoco, qué vamos a saber nosotros de marchas ni de misas”… Entonces Salazar les tarareó la romanza de una zarzuela cómica, del maestro español Ruperto Chapí, “los Lobos Marinos”, cuya letra, de Miguel Ramos Carrión y Vital Aza, entre otros párrafos jocosos, dice:

Qué desayuno – ¡cielos! –

tan  poco conveniente

¡Dos míseros buñuelos

y poco de aguardiente!

¡Menor fuera el apuro

después de este refuerzo,

si viéramos seguro

siquiera un mal almuerzo!

¡Mas ¡ay! que no se paga

 el arte nacional

pues todo se lo traga

ese teatro Real!

 Ese Viernes Santo, detrás del Santo Paso de Jesús en su ataúd de cristal y del feliz y orgulloso cura párroco de Los Guayos y sus ornamentos, iban los músicos montados en una zorra arrastrada por bueyes, tocando, la romanza de “Los Lobos Marinos” en aire de marcha fúnebre. Y la feligresía y el Jefe Civil se sintieron más cerca del Señor con esa bellísima procesión.

José María Godoy Fonseca hizo un comentario sobre esta misma anécdota, que en su honor les hago llegar: “Si el venerable difunto se hubiera incorporado de su ataúd, habría tenido una piadosa sonrisa para el cándido séquito que lo acompañaba: ¡Todo se puede perdonar cuando la intención es buena!”

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