En 1932, el párroco de la Iglesia San José era el padre Pedro Antero Alfonso. Lo era desde hacía treinta y nueve años, una semana después de ordenado, en 1893. Ya en el treinta y dos, el pueblo valenciano estaba acostumbrado a sus hermosas prédicas, así como a la celebración de las fiestas religiosas con ese sabor popular que el padre Alfonso siempre respetó.

Valencia lo amaba, recordemos que fue él quien construyó ese hermoso templo de dos torres, y en poco tiempo, en 1907, hacia el flanco oeste de la iglesia, el padre Alfonso construyó también la Capilla a Nuestra Señora de Lourdes, en forma de gruta, labrada con piedras, con una preciosa imagen de la Virgen de Lourdes, emulando la original que está en Francia, aunque hoy en día, parezca un adorno del estacionamiento de la iglesia, como ya mencionamos una vez.

El caso es que el dieciséis de diciembre de 1932, como siempre en Venezuela, comenzaron las misas de aguinaldo y por supuesto, en San José, se celebraron en ese lugar, en la plaza donde está la gruta. Y eran fiestas religiosas de fama en Valencia por su espiritualidad, alegría y belleza.

El hecho es que a las cuatro de la mañana se iniciaban las misas, con dos coros, uno litúrgico que interpretaría sus cantos durante la misa y una parranda que hacían escuchar antes y después de los oficios religiosos.

Pero en la madrugada del 23 de diciembre sucedió un hecho insólito. Esta anécdota nos la contó mi tío Miguel Correa quien, con tan solo 8 años, fue testigo de lo que narraré.

Esa madrugada fue con su hermano mayor, Luis Antonio, de 11, a misa de aguinaldo con su obligada posterior y divertida patinata. Los Correa vivían en La Pastora y pasaron por El Cerro del Zamuro para llegar a San José. Ahí observaron unas vacas en un pastizal, sin nadie que las cuidara.

Al parecer, a uno de los muchachos que probablemente había tomado el mismo camino de mis tíos, se le ocurrió una idea “genial” y convenció a varios amigos a ser cómplices de esta travesura, porque solo no estaba. Tomaron la vaquilla que les pareció menos peligrosa, bastante joven, gorda y sin cuernos y se la llevaron a la iglesia de San José.

Cuando estaban cerca del solar del colegio de Lourdes, que hoy es el “Centro Comercial Cedeño”, le amarraron a la cola, latas vacías y unos cuantos triquitraques. Algunos de esos muchachos se dispersaron por la plaza para desatar el caos de manera humorística, prendiendo las faldas de aquellas jóvenes que estuvieran próximas, con alfileres de gancho.

De pronto, estos muchachos alborotadores encendieron los pequeños explosivos y soltaron la ternera en medio del gentío. Los gritos histéricos, desgarradores de las mujeres, sobre todo de aquellas que estaban sujetas con alfileres, se encargaron de sembrar la alarma, la confusión y la angustia.

Con el bullicio, la becerra enloqueció y comenzó a correr aterrorizada por el reducido patio, en medio de la gente, de un lado a otro, mientras el ruido de las latas era cada vez más estridente. Cabe destacar que más de una mujer quedó sin falda.

A pesar del zaperoco, la inusual diablura concluyó sin incidentes graves, y nuestra querida Valencia rió ante la ocurrencia de esa inolvidable Navidad. La intervención de la Policía, llamada por algunos asistentes preocupados, se sumó sorprendentemente a la risa general, dejando que la travesura quedara como una anécdota divertida en la historia de la ciudad.

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