(Foto Dayrí Blanco)
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Dayrí Blanco | @DayriBlanco07

Angélica Núñez (*) llegó apurada. Estacionó su carro y vio que los de sus vecinos tenían los vidrios partidos. Su angustia se comenzó a transformar en impotencia. Caminó con la mirada fija a su apartamento, y mientras se acercaba confirmó su temor: Una de las ventanas estaba partida. Entró al edificio y escuchó algunas historias que coincidían con los videos que vio la noche anterior en las redes sociales. Llegó al piso cinco, abrió la puerta pero no pudo entrar. Había gas lacrimógeno concentrado adentro. Bajó llorando de la rabia. Sus vecinos la abrazaron, ellos sabían exactamente lo que sentía. Todos fueron víctimas de la represión en las residencias Don Bosco de Naguanagua.

Hizo un segundo intento por entrar a su apartamento. Le dieron un pañuelo mojado con agua y bicarbonato y soportó el olor lo suficiente para abrir las ventanas de la sala y entrar a la habitación que usa como oficina en sus labores de abogado. Había vidrio partido por todo el piso y gran parte de la cerámica quemada. Debajo de la silla estaba el objeto causante de todo ese desastre: Un cartucho de bomba lacrimógena detonada la noche anterior por un funcionario de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Respiró profundo y volvió a salir, esta vez asfixiada. “No es justo que no pueda entrar a mi casa tranquila. Menos mal que esa bomba no cayó encima de un cojín o la cama, la historia sería otra”.

(Foto Dayrí Blanco)

Ella salió el lunes al mediodía a atender asuntos laborales. Ya la represión había comenzado y la sorteó. Pero no pudo regresar. “Por mensajes le dijimos a las 6:00 p.m. que mejor se quedara en casa de algún familiar”, comentó un vecino en la parte de abajo de la torre 3, la mañana del martes, mientras tapaba con bolsas plásticas la ausencia de los dos parabrisas de su vehículo. Uniformados de la GNB y la Policía de Carabobo los partieron sin motivo alguno. También se llevaron el caucho de repuesto. “Hasta baterías se robaron de varios carros”.

(Foto Dayrí Blanco)

Fueron 12 horas de intensa arremetida. A las 11:00 a.m. funcionarios de la Policía de Carabobo con perdigones y gases lacrimógenos intentaron disolver a los manifestantes de la calle Carabobo del sector La Granja en Naguanagua. No pudieron. Les llegó refuerzo de la GNB y todo se convirtió en persecución. A las 6:00 p.m., luego de piedras y detonaciones ingresaron a la fuerza a la residencia Don Bosco, donde vive la mayoría de quienes protestaban.

Marcela Aguillones (*) desde su apartamento en planta baja vio como alrededor de 10 uniformados de la policía del estado tumbaron el portón. Ella tiene 70 años y vive sola. Solo la acompaña un perico que tiene como mascota. Lo primero que sintió al ver esa escena fue miedo. Desde su ángulo observó cómo entraron disparando directamente contra los edificios. A su cuarto entró una bomba lacrimógena. Sus vecinos se percataron y la ayudaron. Esa noche tuvo que dormir en el piso 12.

(Foto Dayrí Blanco)

Ahora vive con miedo. “No sé en qué momento esa gente volverá con su violencia. No quiero ni asomarme al portón porque creo que pueden llevarme presa”. Ella también vio cómo a los ocho jóvenes detenidos de esa noche por el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), los llevaban en fila mientras los golpeaban. De acuerdo al Foro Penal Venezolano, de ese número, cuatro son menores de edad que serán enviados al Palacio de Justicia. Se desconoce aún si a los adultos los presentarán en tribunales militares. Se conoció que al menos cinco personas resultaron heridas de gravedad durante la represión, mientras que otras 15 sufrieron lesiones leves, atendidas en el lugar.

Antonio Quintero no tiene miedo. Él no ha participado en ninguna de las actividades de protesta de la oposición. “Yo los apoyo y los valoro. Son unos valientes”. Pero ahora todo cambió para él. Resguardará a su familia: Hijos de tres meses de edad, cuatro y 12 años, a su esposa y a su madre, en casa de su suegra, y se unirá a la lucha. “Después de ver tanta injusticia yo también iré a las calles. No importa si tengo que dejar la vida, pero no voy a permitir que mis hijos sigan viviendo en dictadura”.

(*) Nombres ficticios




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