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Frente a sus ojos tenía aquel viejo periódico, ya carcomido en las esquinas. “Revolución” era el nombre de la publicación que, junto al titular, se veía bastante desvaído. Era lógico. Estaba fechado más de veinte años atrás, el 6 de agosto de 1961, y su apertura era bien clara. “Dispone el gobierno el cambio de billetes”. Se publicó un sábado y en el subtítulo decía que se prohibía la salida y entrada al país, y que cerraban todos las tiendas y reanudaban el lunes. Dos días para arruinar a mucha gente. Ricardo recordaba aquellos días y en su mente reaparecía su padre, abriendo hueco en un fogón de carbón para esconder bien en el fondo algunas monedas de plata y dólares americanos. Nunca supo que pasó con aquello, pues los acontecimientos en su Cuba natal eran vertiginosos. Fidel y sus barbudos habían desalojado a Batista en el 59. Hubo muchos fusilamientos al momento de la victoria, pero también continuaron por más de ocho años. Estados Unidos no sólo había roto relaciones con el gobierno de la isla, sino que financiaba la invasión de Bahía de Cochinos ese mismo año. Fidel se afianzaba, ordenando la “limpia” en el Escambray, y los alzados contra la nueva dictadura eran tildados de bandidos.

Sin explicación alguna, como sucedía en esos días, Fidel nombró presidente del Banco Nacional de Cuba al “Che” Guevara. Eso fue el 15 de diciembre de 1959. El argentino planificó el cambio de billetes en el más absoluto secreto. Ricardo recordaba al “Che” como el hombre que dirigió el alzamiento en Las Villas, pero también quien estuvo al frente de los fusilamientos en La Cabaña. Inesperadamente fue nombrado cabeza del Banco Nacional. Nadie se imaginaba que haría algo tan perverso como el cambio de billetes. El alegato fue que el papel moneda se imprimía en Estados Unidos y como las relaciones estaban rotas, había que hacerlos en otro país. Se escogió a Checoeslovaquia, del bloque comunista. Ricardo, como todos los cubanos, estaba más pendiente de la violencia de la revolución y de los alzados contra Fidel. El comercio iba cuesta abajo. La comida escaseaba, no había empleo. El gobierno culpaba a Estados Unidos.

Cuando el 4 de agosto se aprobó la nueva ley, al principio la gente no captó bien cuál era la intención. Ricardo decidió averiguar qué era aquella ley que alarmaba a sus mayores. Fue hasta la casa de su profesor de administración, con quien acostumbraba discutir teorías económicas. Se llamaba Hernando, y sabía mucho del tema. Al profe lo consiguió justo con la ley en la mano. “Hijo, nos vamos a hundir todos. No se trata sólo del cambio de billetes. Todo eso de que la impresión está en manos de enemigos, que hay muchos pesos cubanos en el exterior, que van a ser usados contra la revolución, es pura retórica. Esto es para arruinar a mucha gente que no está con Fidel. Mira las condiciones. Apenas dos días para el canje. Escasos doscientos pesos por familia. Y si alguien tiene más de esa cantidad, puede depositar en su cuenta el efectivo, pero sólo hasta diez mil pesos. Todo lo que supere esa cantidad se perderá. ¿Qué voy a hacer yo con mis ahorros que llegan a 30 mil pesos? Ah, y de esos diez mil depositados apenas podremos retirar cien pesos por semana. Es la pobreza en directo. Fidel busca empobrecer a todos para controlar la población”. Ricardo regresó verdaderamente preocupado. El no poseía mucho, pero su papá sí tenía ahorros. Cuando llegó a su casa, su madre le dijo que estaban tratando de cambiar pesos por lo que fuera. Dólares y plata preferiblemente.

La imagen de las manos de su progenitor, negras por el carbón, y su cara angustiada, asomaba una y otra vez en su memoria. Recordó entonces cuando se consiguió con Ramiro, un amigo de su misma edad enrolado en el ejército. El estuvo en el operativo militar para llevar los nuevos billetes a los pueblos del interior. “Fue un secreto lleno de amenazas, incluyendo fusilamiento si comentábamos algo. Imagínate Ricardo, nos llevaron a los muelles de La Habana a cargar cajas y cajas selladas en camiones soviéticos. Todo a los sótanos del ministerio de las FAR. Nadie sabía de qué se trataba aquello, hasta que una caja se cayó y se abrió por casualidad. Entonces vimos los billetes nuevos, firmados “Che”. Nos acuartelaron sin contacto alguno, hasta que salimos en un tren. Me tocó en Camagüey, un pueblo campesino. A El Laurel llegamos llevando un cajón con diez mil pesos. Los guajiros no querían guardar dinero en bancos, exigían cambiar todo. Los cultivadores de tabaco se arruinaron por completo. Uno provocó un espectáculo en un hotel de Ciego del Avila: Desde el balcón más alto del Continental lanzó decenas de billetes y después se tiró al vacío. No fue el único suicidio. Eso era lo que quería Fidel, salir de todos los cubanos que lo cuestionaban. Que se arruinaran, que se fueran de la isla, o que se murieran”.




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