(Foto Armando Díaz)
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El 10 de agosto debió ser un día de fiesta, era su graduación de bachiller, pero un mes antes, una bala en el pecho lo arruinó. No sólo la vida de Rubén González, sino la de toda una familia, quedó destruida tras la muerte del más pequeño de la casa.

Dexy González vive porque no le queda de otra. Desde que vio el cuerpo sin vida del menor de 16 años su alma se desvaneció.

Sentada en el patio de su humilde vivienda en barrio Cascabel, municipio Carlos Arvelo, solo escucha el sonido de la lavadora, el mismo que la atareaba el día que recibió la noticia de la muerte de su hijo.

Ella no olvida el beso que le dio en la espalda mientras el muchacho se vestía para ir a sus clases de boxeo y cómo se despidió de su hermana mayor. Cuando abrió la puerta de entrada gritó: “Si no vuelvo es porque morí luchando”. Parecía una broma, pero a las 4:30 p.m. se hizo realidad.

De lunes a viernes Ruben recorría 11 kilómetros desde su casa hasta el gimnasio Batalla de Carabobo, en La Isabelica. Le gustaban los deportes y el boxeo era su nueva pasión, antes lo fue el volleyball, pero dejó la pelota por los guantes. La clase era de 2:00 p.m. a 4:00 p.m.

Pero Rubén tenía un espíritu libertario, hambriento de lucha y a pesar de las advertencias de su madre salía a protestar por su país. En La Isabelica eran muchos los jóvenes y adultos que llevaban sus rostros cubiertos para defender la zona de los funcionarios del Gobierno: Guardia Nacional Bolivariana (GNB), Policía Nacional Bolivariana (PNB) y otros cuerpos.

Rubén ya había vivido algo similar en los inicios de la protestas, cuando la PNB lo detuvo. Su madre se enteró tres días después. En el calabozo lo golpearon, inclusive le echaron un gas que le quemó los labios. Pero  quedó libre. Haber inventado que su padre era abogado y del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc) fue el salvoconducto hacia su libertad.

Un bachiller menos

Aún tiene la mirada perdida. Entre lágrimas, la madre recuerda lo que siempre le decía cuando él comentaba algo sobre las protestas. “Rubén, ellos tienen armas, ustedes solo se defienden con palos y piedras. Ellos matan gente. No me des ese dolor por favor, mira que nosotros somos pobres y no tenemos cómo hacernos cargos”. Una advertencia casi profética.

Los culpables de la muerte de Rubén González fueron los guardias nacionales. Dexy los culpó ese día y aún lo hace. “Ellos salieron a matar y mi muchacho fue el desafortunado al que escogieron en ese momento. Él no debió morir, su herida debió haber sido por un perdigón y la gravedad no debió haber sobrepasado el de las pequeñas marcas, pero una bala entró por su costado y salió por el pecho”. Fue una muerte fulminante.

A su puerta tocaron varios vecinos cuando se enteraron. Eran la 4:00 p.m. cuando Ronald, el primogénito, llamó a su madre. “Mamá a Rubén lo hirieron, vente a la Elohim”. Mintió. Era un vago intento para bajar su preocupación, pero ya ella comenzaba a orar para que su hijo no muriera.

Tan rápido como pudo pidió dinero prestado y tomó un taxi hasta la clínica. Tuvo que serpentear entre barricadas y encapuchados que no la querían dejar pasar, pero decir que era la mamá de Rubén fue un especie de salvoconducto.

Inerte

En la Elohim, en La Isabelica, había un revuelo y la palabra muerte resonaba en la boca de los curiosos y conocidos. Ella se aferraba a la esperanza de vida, hasta que se encontró con su hijo mayor vestido de bombero y con un semblante serio “Mamá, mataron a Rubén”. El mundo se detuvo para Dexy, quien quedó en blanco y se desplomó en el suelo. No lo quería creer. La gente la auxiliaba, pero el suyo era un llanto desconsolado e indetenible, que ni las detonaciones ni las bombas lacrimógenas pudieron opacar.

Los médicos la hicieron pasar. Fue uno de sus últimos encuentros con el adolescente. La vida se le había escapado: Sus ojos estaban cerrados y sobre la camilla yacía un cuerpo inerte que no respondía ante el afecto de su madre, quien lo besaba y lo abraza. “Dime que no es cierto Dios. No me hagas esto. No te lo lleves por favor”. No hubo respuesta, lo habían matado.

¡Mátame!

Contra el presidente enfocó su rabia. “Ven Maduro. Mátame si quieres porque cuando te llevaste a mi Rubén también me mataste”. Ha pasado más de un mes desde que pronunció esas palabras ante una cámara. Aún las mantiene

Rubén era el hombre de la casa. Era el que hacía todo, por eso se sentía orgullosa porque a sus 16 años tenía las responsabilidades de ese padre que nunca tuvo.

Su hogar ya no tiene la alegría que Rubén le daba. Ya no hay chistes que resuenen entre las paredes. La silla de la computadora ya no está ocupada de madrugada, ya Rubén no lee sobre historia ni sueña con ser filósofo. Solo hay una cantidad de anhelos rotos, esparcidos por cada metro cuadrado de esa vivienda.

¿Y ahora qué?

Dexy respira profundo, se queda pensativa porque es difícil saber qué le diría a su hijo si lo tuviese un momento más. Vuelve a llorar y responde “Le diría que lo amo, le daría más abrazos y besos” se limpia los ojos con un pequeño trapo blanco. “Si hubiese podido llegar hasta allá lo hubiese hecho, me lo hubiese traído a la fuerza para que esos hombres no me lo mataran”.

Pero Dexy está consciente de una realidad. Ignorando las críticas de quienes la tildaron de mala madre por dejar salir a su hijo a enfrentar a los funcionarios, sabe que fue la mejor madre que él tuvo. “Lo cuidé y lo protegí, pero él quería algo que todos necesitábamos y era esa libertad. Yo nunca lo iba a poder detener porque de igual modo se iría. Era su destino y su deseo”.

Ahora Dexi tiene que seguir su vida, ya no hay inventos ni estrategias que traigan a Rubén a la vida. El sueño del joven de trabajar en el extranjero y sacar a su mamá de esa casa y librarla de todo trabajo tampoco se hará realidad.

No duda de la maldad de los gobernantes, que acusaron a su hijo de terroristas, pero es la decepción y el dolor los que se instalaron en ella. La razón: Tras cuatro meses de protestas y mortandad no hay nadie que ponga fin a lo que inició en abril. Todo se ha calmado, ya no hay rastros de la lucha de calle. A nadie parece importarte la muerte de su hijo víctima de una brutal represión.

 




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