“La esencia de la estrategia consiste en la elección de lo que no debe hacer”. Michael E Porter.

Ya en el tapete aparece cotidianamente el término acuerdo y nadie duda que requiramos de muchos sin demora, pero para ello es necesaria la actuación inteligente de los factores políticos y sociales, la participación comprometida de una ciudadanía consciente que presione con precisión donde sea menester.

Por supuesto que la pandemia ha sido tan buena aliada de régimen como buena parte del estamento militar, sin embargo, no podremos lograr esa capacidad real de presión política, que es la herramienta necesaria ante esta satrapía que nos ha incautado el porvenir, si no cambiamos nuestra actitud de una vez por todas y dejamos de lado la presunción de imposibilidad ante las realidades que tenemos ante nosotros. De nuestra capacidad, preparación y coherencia para visualizar nuevas estrategias para enfrentar al malandraje que se apoderó de nuestro país, dependerá el rescate de nuestro futuro.

Resulta imprescindible identificar contra quien es la lucha, con la debida sindéresis y sin dejarnos llevar por sentimientos innobles. Basta de pelear entre pares. La política, es una lucha continua entre el ser y el deber ser. Aprovecharse de la inmediatez y de la frustración de los ciudadanos para conducirlos, una vez más, a una segura derrota, más que un capricho, puede resultar una irresponsabilidad. Pretender cambiar precipitadamente las circunstancias sin disponer del poder necesario para lograrlo es una forma de lamentable estulticia.

Ya no son válidas las experiencias pasadas y presente, sólo deben ser revisadas para no caer en los múltiples errores cometidos de forma continuada y voluntaria por las direcciones de los partidos. Es un llamado que hace una preocupada sociedad y es lo que espera, que nunca se vuelvan a practicar.

No se trata de reverenciar el pasado, pero tampoco de satanizarlo; simplemente, debe prevalecer la conciencia y análisis de los errores cometidos en la actuación política durante esta vilipendiada trayectoria.

El primero de todos, y hay consenso general al respecto, es no haber estado más unidos, no haber trabajado los partidos más estrechamente ligados entre sí, no haber sido capaces de traducir esta alianza de partidos democráticos, en una dirección política única para constituir en la práctica una sola fuerza dirigente de la recuperación del país.

Así como ayer con la MUD se logró un rotundo triunfo en las elecciones parlamentarias, hoy con el FRENTE AMPLIO se hace imperativo e ineludible, buscar con ahínco nuevas formas que permitan elevar la UNIDAD a nuevos niveles de consenso en la acción, de mayor racionalidad y eficiencia práctica.

Pero, por otro lado, démosle un reposo a la catarsis o al juego favorito de algunos, que no es otro que despotricar de los partidos o de sus dirigentes; que no valoran el enorme esfuerzo que éstos han hecho por superar, en la práctica, errores del pasado. La unidad alcanzada es la mejor autocrítica y la demostración de que no se quiere tropezar dos veces con la misma piedra. Resulta incomprensible e inaceptable la actitud impropia de estas personas que pretenden erigirse por encima de las negociaciones, las reglas y los acuerdos; considerándose, con su actitud prepotente y fuera de lugar con derecho a poner en riesgo lo logrado.

Ahora bien, la ciudadanía espera tan sólo que se imponga la sensatez, que se ponga en ejecución esa estrategia política que enfoque debidamente la realidad bajo la cual se encuentran sus ejecutorias y la caída de la popularidad del régimen, el cual se aferra a promesas que no puede cumplir o a la imposición por la violencia y el terror como régimen dictatorial que es.

La profunda crisis que nos afecta sólo podrá ser resuelta por el avance de la sociedad civil, y de los partidos políticos realmente ligados a ella. Para consolidar este logro, es necesario el avance en la unidad social de todos: partidos políticos, movimientos sociales, organizaciones comunitarias, sindicales, gremiales, estudiantiles, de derechos humanos, juveniles, culturales y religiosas en torno a un solo objetivo: sacar a nuestra Nación de este lamentable marasmo, pero generando la confianza, factor imprescindible para lograr tan ansiado objetivo. Prácticamente no podemos encontrar actividades que no requieran el trato entre ciudadanos, y finalmente el éxito o el fracaso de estas actividades depende en gran medida de las personas y de la forma en que se organizan.

De acuerdo a lo publicado por Isaiah Berlin, uno de los más importantes filósofos del siglo XX, en “El sentido de realidad. Estudios sobre las ideas y su historia”, el buen juicio en política es un don, un instinto, que permite obtener una integración correcta de una infinidad de datos “abigarrados, evanescentes, siempre superpuestos… profusos… fugaces”.

Berlin explica que es un sentido de lo cualitativo más que de lo cuantitativo; lo que se podría denominar una sabiduría natural, comprensión imaginativa, discernimiento, capacidad de percepción o intuición; frente a virtudes tan opuestas como la erudición o la capacidad de razonamiento y de generalización. El buen juicio en política también incluye la capacidad de diferenciar entre el bien y el mal en situaciones no muy claras en que están en juego valores encontrados. En este caso, se requiere un pensamiento ético crítico y la capacidad de ponernos en el lugar de los demás.

El buen juicio en política es complicado. Significa encontrar un equilibrio entre la estrategia política y la política en abstracto, en compromisos imperfectos que siempre dejan descontento a alguien, muchas veces, a uno mismo.

Pero las ideas fijas de tipo dogmático suelen ser enemigas del buen juicio. De lo que se trata es de no caer en provocaciones, tal como lo plasmó Nietzsche en aquella sentencia que alertaba que todo aquel que luche contra monstruos, ha de procurar que al hacerlo no se convierta en otro monstruo.




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