A Rosa Orozco le tocó enfrentar uno de los mayores temores de una madre: perder a su hija. Aún así, es una mujer de temple. A siete años del asesinato de Geraldín Moreno, sigue buscando justicia. Está convencida que todo a lo que se ha enfrentado es un propósito para promover la reconciliación en Venezuela.

Desde que empezó el proceso judicial por el homicidio de Geraldín, ocurrido en Carabobo durante las protestas antigobierno en 2014, Rosa asistió a todas las audiencias en el Palacio de Justicia. 56, en total. En cada ida miraba cara a cara a los asesinos de su hija y se preguntaba

-¿Por qué a mí?

Era 23 de septiembre de 2016. La audiencia para ese día estaba pautada a las 10:30 de la mañana. Rosa, que ya empezaba a dejar su ropa color negro adentro del closet para cambiarla por el blanco, agarró una camisa para alistarse. El rosario de perlas también la acompañaba. Era una especie de amuleto. O una manera de demostrar su fe por venir de una familia muy católica y mariana.

Sabía que esa audiencia no sería fácil. Ninguna lo fue. Rememorar el asesinato de su única hija era devastador. Aunque ver a quienes le quitaron la vida a su muchacha no le producía nada. Eso le sorprendía. Hasta que venían a su cabeza las palabras que le dijo un día su madre.

– Tienes dos opciones: Te vas por el odio y el resentimiento o te vas por el perdón y el amor de Dios.

Esas palabras marcaron su rumbo. Desde entonces, con esa misma fe que siempre tiene puesta en Dios, comenzó un trabajo interno para tomar el segundo camino.

 

El 19 de febrero de 2014 varios vecinos de Tazajal, en Naguanagua, salieron al frente de su conjunto residencial para unirse a una noche de cacerolazos y protestas en contra del gobierno de Nicolás Maduro. Geraldín llevó una bandera. Esa era una de las tantas manifestaciones de calles que para esa fecha ya llevaban ocho días continúas en el país.

Un pelotón de 19 efectivos de la Guardia Nacional llegó a Tazajal. Comenzó la represión. Geraldín se desplomó víctima de un disparo de perdigón que accionó el sargento Francisco Caridad Barroso. Pero la orden aún estaba incompleta. El sargento Alvin Bonilla Rojas se acercó a la joven estudiante y, entonces, vino un segundo disparo a diez centímetros de su ojo derecho.

En unas declaraciones en tribunales, uno de los militares delató a su compañero.

Las palabras del sargento Bonilla al regresar al Destacamento Nro. 24 de la Guardia Nacional fueron perturbadoras: ¡Ya maté a esa maldita. Me desquité!

Mientras tanto, Geraldín era ingresada a una Unidad de Cuidados Intensivos de una clínica cercana. Su estado era delicado. El perdigón había afectado parte de su cerebro. Tres días después, la sala de espera del centro médico se revolucionó. Familiares, amigos y compañeras del equipo de fútbol al que pertenecía rompieron en llanto.

Geraldín, murió.

 

En ese momento Rosa supo que debía hacer justicia por su hija. Pero también debía prepararse para esa reconciliación y perdón del que le habló su mamá, aunque algunos pensaran: ¡Bueno, pero esa señora está loca! ¿Perdonar a los asesinos de su hija?

La audiencia ya tenía un par de horas de retraso. Los sargentos Albin Bonilla y Francisco Caridad Barroso esperaban sentados en la sala. Al otro extremo estaba la secretaria del juez. Todos los demás esperaban afuera mientras comenzaba el juicio. Rosa se acercó por detrás a los militares. Se asustaron. Tal vez pensaron que los iba a agredir. Desde hacía dos años había esperado el momento para preguntarles:

-¿Por qué le hicieron eso a mi muchacha?

Fue más precisa.

-¿Por qué, Bonilla? ¿Por qué le disparaste a mi hija a diez centímetros hasta desfigurarle el rostro? ¿Qué te hizo mi hija para que tú le hicieras eso? ¿Qué te pudo haber hecho Geraldín?

Rosa se preguntaba lo mismo todos los días, hasta que vio la oportunidad de hablarles de frente. Para esa audiencia ya había logrado que los militares fueran vestidos de civil y esposado. Varias veces denunció que iban con sus uniformes verde oliva y teléfonos en mano. Aún seguían cumpliendo sus funciones al Estado.

Caridad Barroso lloraba. Y mucho. Así fue en la mayoría de las audiencias. Su compañero Bonilla solo veía al piso. No respondió a ninguna de las preguntas. No hacía nada. Era como si no le importara lo que estaba sucediendo o tal vez era la tranquilidad al pensar que saldría libre de esta. Como ya había pasado en otras oportunidades.

Geraldín Moreno tenía 23 años de edad. Estudiante del cuarto semestre de Citotecnología en la Universidad Arturo Michelena. Jugaba en un equipo de fútbol femenino en esa casa de estudios. Durante esas protestas de 2014 se convirtió en la tercera persona asesinada en manifestaciones antigobierno en Carabobo y la número 12 en el país.

La madre se quedó esperando una respuesta de los militares. No dejaban de ver al piso. Caridad Barroso tampoco dejaba de llorar. Rosa solo buscaba una respuesta ante tanta maldad.

La audiencia de ese día fue larga. De documentales. Ver otra vez la foto que un vecino le tomó a Geraldín la noche de la protesta, con el rostro desfigurado, generaba una especie de paradoja a Rosa. Era duro recordarlo, pero al mismo tiempo fortalecía su lucha por encontrar justicia.

El día de la audiencia, al despertar, sintió una presión en el pecho. Sentía que le faltaba el aire. Era algo que la perseguía desde que asesinaron a Geraldín. Necesitaba liberarse:

-¿Saben cómo es la cosa? ¡Los perdono! Pero primero me perdono yo porque quiero ser libre. Porque quiero botar este odio y resentimiento. Porque quiero respirar. Porque quiero liberarme de todo esto.

Caridad Barroso seguía llorando.

Uno de los abogados defensores interrumpió el momento:

-¿Rosa, qué haces? No puedes estar aquí hablando con la contraparte. Nos podemos meter en un problema.

Después de tres horas de retraso, entró a la sala el juez. Rosa tomó su lugar.

Ese día que perdonó a los asesinos de su hija durmió tranquila. Toda la noche. El discurso sobre el perdón fue liberador. También la hizo más fuerte para enfrentar la siguiente audiencia: la sentencia.

Habían transcurrido dos años y 10 meses desde que Geraldín fue asesinada. Llegó el día de la sentencia. 14 de diciembre de 2016. La audiencia comenzó a las 9:30 de la mañana. Entre declaraciones, testigos y documentales, el sargento Caridad Barroso lloraba. Pidió el derecho de palabra:

-¡Yo no fui, señora Rosa! ¡Yo no maté a su hija!

Las declaraciones que hizo el militar, en esa etapa de juicio, ya no valían de nada. Quedaría solo como arrepentimiento. Un par de meses atrás, Bonilla intentó lo mismo. Delató a toda la cadena de mando. Desde la almirante Carmen Meléndez, quien era para ese momento ministra de Defensa hasta el teniente coronel Frank Osuna Díaz, comandante del Destacamento N. 24 de la Guardia Nacional. Pero el juez fue tajante:

-Ya esas declaraciones no sirven de nada. Usted no habló cuando debió hacerlo.

Había transcurrido 16 horas de audiencia. El juez de juicio 1, Aelohim Hererra, estaba preparado para dictar la sentencia: el sargento Albin Bonilla Rojas fue condenado a 30 años de cárcel por homicidio calificado con alevosía y por motivos fútiles e innobles en grado de autor material, uso indebido de arma orgánica y quebrantamiento de principios y pactos internacionales. A Caridad Barroso le dieron 16 años y seis meses y lo culparon de los mismos delitos en grado de complicidad.

Esa necesidad de perdonar a los asesinos de su hija la ratificó el día de la sentencia. Lo hizo público en la sala. Esta vez todos fueron testigos del discurso liberador de Rosa.

El caso de Geraldín Moreno llegó a escenarios internacionales. Fue el único en Venezuela donde se demostró que hubo trato cruel. Así fue como Rosa empezó a alzar la voz por otros jóvenes asesinados en protestas, por eso en 2017 fundó la Organización No Gubernamental Justicia, Encuentro y Perdón (JEP).

Para el 2020, JEP ya registraba 340 casos de violación a los Derechos Humanos durante protestas en todo el país, cuyas víctimas son acompañadas legal y psicológicamente. El perdón y la reconciliación es la tarea que dice Rosa que tiene en Venezuela. Aunque eso no significa renunciar a la justicia.

Cada vez que puede visita la cárcel de Ramo Verde, donde están los asesinos de su hija, para asegurarse que no hayan sido puestos en libertad.

Si los militares no hubiesen levantado sus armas, Rosa estaría convenciendo a su hija de irse a continuar sus estudios en Canadá, pero Geraldín hubiese preferido seguir apostando en Venezuela. Ahora, solo la mira en un enorme cuadro con su foto que le regaló el artista plástico José Miraz, que deslumbra en la sala de su apartamento.

Se debe portar bien para estar al lado de Geraldín cuando muera, dice.




Estimado lector: El Diario El Carabobeño es defensor de los valores democráticos y de la comunicación libre y plural, por lo que los invitamos a emitir sus comentarios con respeto. No está permitida la publicación de mensajes violentos, ofensivos, difamatorios o que infrinjan lo estipulado en el artículo 27 de la Ley de Responsabilidad en Radio, TV y Medios Electrónicos. Nos reservamos el derecho a eliminar los mensajes que incumplan esta normativa y serán suprimidos del portal los contenidos que violen la Constitución y las leyes.