La película de Ridley Scott sobre Napoleón Bonaparte. Foto: EFE/Kevin Baker/Apple Original Films

Tarea difícil para un británico la de contar la epopeya napoleónica al público francés sin exponerse al escarnio. El Napoleón de Ridley Scott se convirtió en la película más taquillera de la semana en Francia pese a que los críticos y los historiadores han sido muy duros con su relato cinematográfico.

El personaje encarnado por Joachim Phoenix ha conquistado a los espectadores, que le han aplaudido con un aterrizaje en las salas similar al que en su día dieron al Gladiator en el que el actor estadounidense era otro emperador, Cómodo.

Entonces nadie en Francia apuntó de forma tan punzante con el dedo acusador contra las licencias históricas que se permitió Scott para contar la vida del gladiador que hizo temblar los cimientos de Roma.

Ahora, su nueva incursión en un personaje histórico, ha provocado un duro duelo entre el director británico y los historiadores franceses, que desde hace unos años ya vienen propugnando una revisión de la figura de Napoleón.

«Scott ha contado a Napoleón con la caricatura que los británicos hacían de él en el siglo XIX. Ni siquiera hoy en día se le reconoce así», asegura a EFE el presidente de la Fundación Napoleón, Thierry Lentz.

Como otros muchos historiadores, entre ellos Jean Tulard, su biógrafo más afamado, Lentz desgrana una retahíla de errores que se suceden en el film de Scott, «uno por minuto», según sus palabras, pero más allá de ellos, se revuelve contra la visión que el cineasta británico ofrece del emperador: Un guerrero que pierde la guerra.

«Verlo así está ya superado. Napoleón no es el descarnado dictador que atacaba a pueblos indefensos por toda Europa. Era un reformista y la historiografía ya lo reconoce así. Articuló el Estado francés y dejó huella en muchos otros países», señala.

Lentz considera «grotesco» que Scott haya vinculado la densa vida de Napoleón a un intento de conquistar a Josefina, elevada una categoría de estadista que nunca tuvo.

«Ella apenas tuvo un papel político. Era demasiado inteligente como para saber que no podía influir a su marido», asegura.

Ríe el historiador cuando rememora algunos pasajes de la película de Scott: «Ahora va a resultar que Napoleón abandonó Egipto porque pilló a su mujer con otro en la cama. O que escapó de la isla de Elba por amor a Josefina, que para entonces llevaba dos años muerta».

Desmentir el relato falso

Pero lo que más le duele es el cruel retrato que muestra del emperador en la batalla, una licencia que cree que va a tener influencia en el imaginario colectivo y que los historiadores y los guardianes de su memoria tendrán que trabajar para matizar.

«La gente va a creer ahora que Napoleón bombardeó las pirámides de Egipto, cuando se sabe que no lo hizo, que la batalla tuvo lugar a kilómetros de allí», señala.

O el episodio de la campaña de Rusia en el que Scott relata con particular crueldad la forma en la que Napoleón ordena bombardear un lago helado en la retirada de las tropas del zar para diezmar sus fuerzas.

«Es una anécdota de la batalla y él la eleva a momento clave. Hoy sabemos que el lago apenas tenía 50 centímetros de profundidad y que en ese hecho murieron menos de 20 rusos», relata.

La caricatura llega a todo momento, según el especialista, que señala que la película comienza con la decapitación de María Antonieta, «mostrada de una forma ceremoniosa que nada tiene de real» y «a la que no pudo asistir Napoleón porque se encontraba en el sitio de Toulon».

«El problema es que es una película de Scott, que va a ver mucha gente y que la van a tomar en serio, porque es un director de mucho prestigio. Y muchas de esas falsedades van a quedar como hechos históricos, que no lo son», señala.

Patrice Gueniffey, otro de los biógrafos del emperador, apunta en las páginas de Le Point que la película es «una reescritura de la historia muy antifrancesa y muy probritánica».

Scott, que durante la semana acudió a París a promocionar su obra en algunas proyecciones de pre-estreno, despejó con desprecio las opiniones de los historiadores: «prefiero no responderles para no ser grosero», dijo a la BBC.

Antes había presumido de conocer mejor a Napoleón que los propios franceses y había dicho que no necesitaba leer mil libros para entender al emperador.

Frente a las duras opiniones de la crítica, que como la de Le Figaro describieron su Napoleón como un «Barbie y Ken en tiempos del Imperio», el cineasta respondió con displicencia: «que pregunten a la gente a la salida del cine».

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