AFP PHOTO / DIANA ULLOA

“Ahí tenemos la respuesta de Daniel Ortega”. Se escucha. Resuena en cada esquina. “Pum. Pum. Pum”. Son disparos secos y seguidos, de AK47. De fusiles. El Barrio de María la Auxiliadora, al oriente de Managua, ha sido atacado sin piedad. Con furia. “Nos quieren matar”.

“Van a disparar. Métanse”. Tres segundos después se oyen hasta 10 estallidos seguidos. Todos están dentro de una casa con paredes de color verde. Desde la madrugada les han disparado. Por cada costado. Pero con las primeras luces del día la violencia se ha incrementado.

Por los agujeros de los ladrillos decorados de la entrada se ve a una decena de policías. Algunos están armados con fusiles AK-47. Otros no tienen uniforme pero están encapuchados. “Son los paramilitares”.

Son los que han interrumpido a balazos en su barrio. Siempre había sido tranquilo, pero desde que empezaron las protestas el 19 de abril entran con todo. Sin consideración. Sin miramientos.

“Ya son varias veces. Por eso hemos levantado las barricadas”. Mas ya no sirven. Ahora los agentes las utilizan para esconderse. Para protegerse. Desde ahí los atacan.

Están a solo diez metros. Puede que menos. Cada cinco minutos disparan. “Es un aviso. No salgan. Solo están esperando a que salgamos para pillarnos”. El dueño de la casa avisa a la gente. Fue militar en la época de la guerra y sabe de lo que habla. “Yo ya soy viejo, pero ustedes son jóvenes. No se arriesguen”.

Hay casi una veintena de personas atrincheradas. Todos jóvenes. Hasta un niño pasea por la casa ajeno al peligro. Se ríe. Es tímido. Pero la situación le lleva a coger confianza. Tanta, que al rato se acerca y enseña a Efe su arma. Es la pata de un perchero. “Con esto me voy a defender”. Tiene solo seis años, pero sus ojos ya han visto mucho.

Y es que los niños ya no son niños en Nicaragua.

Mientras, la gente vigila. “El araña”, “El chele” o “El gorila” cuidan a su barrio. A su gente. Ya han perdido a muchos. Desde el sábado no saben nada de Tony, un muchacho joven que estaba en la panadería de la esquina. “Yo le dije que tuviera cuidado, que se fuera. Estaba aquí. Y lo vi”.

Se lo llevaron. Como a muchos. No saben si sigue vivo o si está muerto. Como los casi 140 que ya están cuantificados. “No estamos armados y siguen atacando. Lo único que tenemos son barricadas. Sin ellas nos entran a robar. A disparar. A matar”.

Vuelven a sonar disparos. Hasta siete. “Dejen pasar a mi hermana. Por favor”. Suena la voz angustiada de una mujer que pide cobijo al dueño de la casa verde. Ahora convertida en un búnker. No es segura, o no del todo, pero es lo más seguro que hay en la zona.

Suenan más descargas. Por una rendija se ve a la Policía y a un hombre encapuchado con una gran arma. Al menos uno. “Cállense. Nos pueden escuchar”.

El silencio se apodera del ambiente. Pasa gente armada. Agentes y encapuchados. “Yo iba a comprar el pan. A una panadería cercana porque las ventas están cerradas. No podemos ni salir. Solo plomo tiran”. Se oye. No son balas de goma. “Son de verdad”.

Managua es una bomba a punto de estallar. De repente está calma y mansa y luego llega la tempestad. Diez minutos antes de desatarse la violencia, la gente estaba mirando con recelo desde sus casas. “¿Van a la cachimbeadera (pleito)?. Están cerca. Tres cuadras al sur. Con cuidado, hay policías ocultos tras los árboles”.

A solo unos metros se ha llegado a la zona cero. “Detrás del carro (vehículo) blanco están ocultos”. Se ve como una persona armada se mueve. “Lo ve, lo ve”. Solo vigila, por ahora no dispara. La gente aprovecha para armarse con sus palancas y levantar nuevas barricadas. En 10 minutos han levantado una. “Por todas las que nos han quitado”.

Horas antes, un grupo de gente encapuchada y armada con morteros, de la Juventud Sandinista (la JS), vino con un autobús y grandes camionetas a llevarse los adoquines. A destruir sus parapetos. Pero la gente no quiere rendirse. Están convencidos de que unidos no serán vencidos. Aunque no están armados. “De que se va, se va”. No tiene miedo.




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