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Hace un par de meses le escuchábamos intervenir con vehemencia, con ese coraje que llevaba a flor de piel, en una vigilia en la Plaza Santa Rita del Trigal. Exigía que acompañásemos de manera más decidida la rebeldía y el pundonor desplegado por miles de jóvenes que se tomaron muy en serio recuperar la esperanza y la dignidad, pero sobre todo el futuro que este perverso régimen se empeña en expropiarnos. Fue tal la fuerza de sus palabras que hizo menester replantear el desarrollo discursivo de los oradores previstos para aquella ocasión. Palabras más, palabras menos, clamaba por el  derecho no tan sólo de replantearnos un país totalmente diferente a esto que nos va quedando como tal, sino del ineludible deber para con nuestros hijos, el hacer lo que esté a nuestro alcance para lograrlo… Pero, más allá que palabras, el primo Leo era acción.

Era un hombre para quien resultaba verdaderamente inaplazable e impostergable dejar a un lado el temor, la indiferencia, la escasez de ideas y sueños. Era un Garrik del asfalto, un Doctor Yaso para un tiempo donde la risa es la cura de un país en su locura…

Era un ser para quien ya  no  había  más espacio para la frustración, que sabía muy bien  que la libertad ni está a la venta ni se negocia.

El primo Leo entendía que el rescate del país depende de la participación activa de los ciudadanos en las decisiones que afectan su destino. Entendía que participar es ante todo la acción y el efecto de tomar parte. Y esa era su abnegada labor: llevar agua a este sediento grupo, buscar los ingredientes para el sancocho aderezado de libertad, endulzar con chupetas la amargura que deja el gas lacrimógeno y todo con la palabra sincera y estimulante, jovial y bondadosa.

Y en esa noble tarea, le arrancaron la vida. El uso desproporcionado de la fuerza bruta y asesina ha enlutado a nuestra familia, la represión indiscriminada ha cobrado otra víctima, un hombre de bien, un vecino ejemplar.

Hoy, en nombre del primo Leo y de tantos que como él nos dan una  lección de temple cívico, quienes, venciendo el miedo, han dejado ante el país y ante el mundo un testimonio firme e inequívoco de un pueblo resuelto a vivir en libertad, pidamos que, en medio del plantón y la protesta, nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la lucha de otra manera. Pidamos ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre. Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que —únicamente— los valores del espíritu nos pueden salvar de este desastre que amenaza el porvenir de toda nuestra nación.

Una vez más pidamos fuerza para sobrellevar el dolor de tantos jóvenes caídos y fe para perseverar y lograr sus sueños de libertad.  Fuerza para mantenernos al servicio del amor por nuestros hijos  y  para recuperar el país que se merecen. Y fe  porque creemos que aquello que queremos lograr, cambiar, y reconstruir tiene sentido, como tiene sentido enfrentar  nuestros miedos para  hacerle frente a  la maldad hecha gobierno, esa maldad que no descansa en su afán  de aferrarse al poder.

 




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