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Foto cortesía Crónica Uno.

Olgalinda Pimentel y Betania Franquis/ Crónica Uno

“No soy la misma desde que me dio COVID”, dice María Olga Rosas, una ejecutiva de 45 años de edad, quien tardó casi tres semanas para superar definitivamente el cuadro de síntomas físicos que le ocasionó la variante ómicron de esta enfermedad: dolor de garganta intenso, quebranto, afonía, y mucha pesadez.

Cuando se reintegró a sus labores en una firma consultora, transcurrido un mes de contagiarse, Rosas sintió que no podía procesar información tan eficazmente como lo hacía antes del contagio; el cansancio era permanente. “Lo peor es que no podía concentrarme, leer era casi imposible. Además cuando me enfocaba en algún trabajo no podía hacerlo por largo tiempo, tenía que interrumpirlo varias veces y eso retrasaba mis entregas”, narra y agrega que sentía gran angustia ante la exigencia de manejar una importante cartera de clientes.

Confiesa que aún siente perturbaciones cognitivas.

“No sé si tendré que verme con algún especialista, pero lo que sé es que a veces me falla la memoria, y me canso con más rapidez, como si necesitara vivir más lento, y eso está presente después de que me enfermé”.

Cuadros como el de Rosas se denominan síndrome poscovid o COVID-19 prolongado, que se define como la sucesión de síntomas que se presentan durante la infección aguda o después de 12 semanas, a partir de los tres meses de la enfermedad, atribuida a los efectos del virus SARS-CoV-2. El término fue utilizado por primera vez por el Instituto Nacional para la Calidad de la Sanidad y de la Asistencia del Reino Unido.

Estos síntomas llenan las consultas de Neurología en Venezuela desde enero de 2021, casi un año después de aparecer la pandemia en el país. Otros pacientes acuden a las unidades de Psicología y relatan cómo, tras estar sometidos a la cuarentena por la COVID-19, todavía presentan insomnio, fallas de memoria, crisis depresivas y pérdida de cabello y de olfato.

Médicos especialistas, después de intensas investigaciones para tratar de comprender la afectación en el sistema nervioso de pacientes que superaron el malestar completamente, determinaron que la COVID-19 deja secuelas en el cerebro que pueden persistir de uno a dos años, al menos.

En Brasil, la neuróloga Clarissa Yasuda, de 46 años de edad, adelanta una investigación sobre la COVID-19 de larga duración, después de haberse repuesto de la enfermedad viral que la aquejó en agosto de 2020. Notó que no se recuperaba al 100%.

“No soy la misma persona, parece que perdí algunos puntos de coeficiente intelectual. Después de un año y medio, creo que me recuperé en un 30% o 40% de lo que perdí”, declaró Yasuda a un medio británico, en febrero de 2022. “Es una enfermedad muy ingrata”, explicó. “Después de un año y medio, con mucho esfuerzo, mucha disciplina, combinando muchas cosas, mejoré un poco. Tengo angustia de pensar que no me voy a recuperar del todo (mis habilidades cognitivas), pero me estoy resignando a esa posibilidad”.

La profesora de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Campinas, en Brasil, como muchos otros pacientes, comparten la expresión recurrente: “Me salvé de la covid, pero dejó niebla en mi cerebro y no me siento la misma de antes”.

Datos reveladores en el poscovid

En Venezuela no existen datos oficiales sobre las consecuencias del covid en el cerebro de quienes padecieron la enfermedad. Esto a pesar de que la Organización Panamericana de la Salud (OPS) advirtió en marzo de 2020 sobre el “fuerte impacto psicológico” que la enfermedad y el confinamiento generarían en la sociedad.

Sin embargo, especialistas consultados por Crónica.Uno señalan que el porcentaje puede acercarse a la proporción que indican estudios internacionales sobre el tema: una de cada tres personas evaluadas con contagio, es decir 30 %, presenta la fatiga expresada en “baja energía infrecuente”, sin que tenga explicación cardiovascular o pulmonar. Y también disfunción cognitiva con variadas expresiones, posterior a la infección. El síndrome es más frecuente en mujeres que en hombres; y en adultos más que en niños.

Los datos están respaldados por la más reciente investigación, publicada en la revista The Lancet el 17 de agosto pasado, sobre el tema. En esta se evaluaron los riesgos de 14 diagnósticos neurológicos y psiquiátricos distintos en 1,2 millones de contagiados, hasta dos años después de la infección por SARS-CoV-2. Y reveló datos determinantes, incluso de duración.

“Descubrimos que los riesgos de resultados neurológicos y psiquiátricos posteriores al covid siguen diferentes trayectorias: el riesgo de déficit cognitivo, demencia, trastorno psicótico y epilepsia o convulsiones sigue siendo elevado dos años después de la infección por SARS-CoV-2. Mientras que los riesgos de otros diagnósticos (en particular, los trastornos del estado de ánimo y de ansiedad) desaparecen después de uno a dos meses y no muestran un exceso general durante los dos años de seguimiento”.

La muestra de personas examinadas desde el 20 de enero de 2020 hasta el 13 de abril de 2022, fue estratificada por grupo de edad de hasta 18 años, 18–64 años (adultos) y a partir de 65 años (adultos mayores), así como la fecha de diagnóstico. Se extrajo de la red internacional de historias médicos electrónicas TriNetX. Esta agrupa aproximadamente 89 millones de pacientes atendidos en países diversos.

La investigación estableció también que los resultados neurológicos y psiquiátricos fueron similares durante las variantes delta y ómicron, con lo cual se infirió que “la carga sobre el sistema de salud podría continuar incluso con variantes que son menos graves en otros aspectos”.

Las personas que estuvieron hospitalizadas en unidades de cuidados intensivos pudieron tener mayor percepción de riesgo, porque su situación fue más complicada, y son más vulnerables, alerta el médico internista José Félix Oletta, exministro de Salud, al comentar la investigación.

“Pero hay mucho más que aprender de esta enfermedad que es multifacética y de múltiples expresiones clínicas”, apunta al referirse a otras expresiones asociadas al virus SARS-CoV-2, como las vasculares y hepáticas, que ha detectado en sus consultas.

Refiere el caso de un paciente, con condición de VIH/Sida, de 65 años de edad, que “de la noche a la mañana” desarrolló un cuadro grave de accidente cerebrovascular (ACV), sin haber padecido previamente de hipertensión o aterosclerosis. “Se salvó de chiripa”, dice. En el momento del ingreso al hospital la familia no informó que había tenido COVID-19. Pero después de realizarle la evaluación retrospectiva, se halló la presencia de anticuerpos contra covid. “Eso mostró que puede haber manifestaciones de la enfermedad a largo plazo”, insiste Oletta.

Y no importa la edad. Oletta también atendió a un paciente de 13 años de edad, hospitalizado con Guillain-Barré (trastorno según el cual el sistema inmunitario ataca los nervios) después de haberse contagiado de covid. “Cuando ingresó al hospital le hicieron todos los exámenes, menos el de anticuerpos, y luego resultaron positivos”.

“Si no se sospecha y se comprueba que un paciente padeció de covid antes, este puede pasar desapercibido, como si solo se tratara únicamente de un accidente cerebrovascular o de un cuadro neurológico o psiquiátrico, como formas de esquizofrenia, de epilepsia”, explica el médico internista.

La niebla en el cerebro

En sus consultas particulares, el neurólogo Ciro Gaona, director médico de la Fundación Alzheimer Venezuela, atiende a personas con trastornos cognitivos, que es su especialidad. No lleva la cuenta de los pacientes que han agravado su condición después de la infección viral, ni de los nuevos con diagnóstico de síndrome poscovid, en los últimos dos años. Pero señala que los casos son cada vez más numerosos y complejos.

“Si teníamos pacientes con trastorno cognitivo leve o con demencia leve, durante o después de la enfermedad, eso se exacerbaba posteriormente”, afirma.

A pocos meses de aparecer la pandemia, dice, las personas que ya estaban sensibilizadas previamente se daban cuenta de que, pasado un tiempo después de la COVID-19, notaban que no estaban igual que antes de la enfermedad. “Todo esto ocurrió antes de que se detectara la niebla cognitiva”, advierte.

Luego, aparecieron otros diagnósticos más serios: frecuentes trastornos de atención de todo tipo, particularmente trastorno de concentración; de memoria, de memoria inmediata, reciente y de trabajo que “es la capacidad de trabajar con varios archivos simultáneos y sucesivos, como resolver las tareas, cerrar los archivos y seguir adelante”, explica. Y ha observado “poderosísimamente” la alteración de la velocidad de procesamiento de la información, de las ideas, lo que implica dificultad para resolver problemas, desde los más complejos hasta los más sencillos.

“Yo le hablaba a la persona y ella no estaba procesando con la misma velocidad, y todo eso da una sensación de aturdimiento, el razonamiento no era el mismo. Tampoco la solución de problemas y de cómo abordarlos, por ejemplo, cambiar un bombillo. Hay una cantidad de cosas que hacían de forma automática y que se ven trastornadas”.

Gaona también ha diagnosticado fallas en las funciones ejecutivas de pacientes, que para los especialistas en esta área, “son muy importantes”: “Las personas deben tener la capacidad de organizar, planificar, supervisar, ordenar y corregir el proceso, para hacer cualquier cosa, pero no la tiene”, explica.

Con estos síntomas, a una persona se le hace más difícil su día a día. Lo sabe también la odontóloga Florencia V. quien relató el temor que sintió cuando al tomar el pequeño taladro dental, de alta velocidad, para remover la caries de un paciente, olvidó por instantes para qué era ese aparato y lo que iba a hacer. “El paciente me vio desconcertada, como si perdiera la noción de lo que debía hacer, pero pude reponerme rápidamente”.

Entre sus pacientes, Gaona también empezó a ver personas con lenguaje y comunicación afectados. “Desde una disminución de la fluidez del lenguaje hasta dificultad en el proceso de la información que entraba por vía auditiva o verbal; también, disminución en la motivación de la iniciativa, que no es necesariamente depresión. Vimos muchos cambios en pacientes, mientras otros de ellos experimentaban más alteraciones”.

Además, presentaban manifestaciones neuropsiquiátricas como trastornos del sueño, depresión y ansiedad que requerían tratamiento médico, y “no un tilo ni higiene del sueño”.

El especialista en trastornos cognitivos afirma que desde que comenzaron las medidas de bioseguridad contra la pandemia intuyó que “estaríamos frente a un gran problema de salud mental”. La protección contra el virus se convirtió, paradójicamente, en el origen de muchas disfunciones mentales. “El cerebro se deteriora si se aísla, si se rompe el vínculo social, la actividad física. Se veía venir que las medidas de aislamiento, confinamiento, la cuarentena, el distanciamiento social, afectarían la parte cognitiva de las personas, que es fundamental”, resalta Gaona.

La paralizante crisis depresiva

Integrantes de Psicólogos sin Fronteras, aliados con el grupo de triaje del servicio Armando Janssens, comparten que algunas de las secuelas psicológicas poscovid incluyen estrés agudo, ansiedad, ataques de pánico, insomnio, episodios de tristeza, desánimo e incluso depresión.

La psicóloga Yetsenia Rojas señala que han identificado que el grupo etario más propenso a lo que se conoce como síndrome poscovid está entre las personas de 25 a 50 años de edad. En el caso de los adultos mayores la afectación principal está asociada al diagnóstico de depresión.

Los especialistas también explican que en el caso de las niñas, niños y adolescentes se han evaluado afectaciones a nivel cognitivo y de aprendizaje, en el año posterior a la pandemia.

La coordinadora clínica asistencial del grupo Armando Janssens, Delys Navas, destaca que entre los síntomas más representativos está “la falta de concentración de la atención y la memoria”.

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Foto cortesía Crónica Uno.

Plantea que en el caso de quienes estuvieron hospitalizados por complicaciones asociadas al COVID-19, y que registraron una saturación de oxígeno por debajo de 80, son más propensas a desarrollar neblina mental. “Es cuando la persona está hablando de algo y de repente siente que pierde su propio pensamiento”.

Las evaluaciones e investigaciones que siguen ambas organizaciones coinciden en que los síntomas psicológicos asociados al covid van a permanecer de dos a cinco años, dependiendo de la gravedad, y en algunos casos van a necesitar rehabilitación cognitiva, evaluación y tratamiento.

Proteger el cerebro como sea

Los investigadores no tienen duda de que la COVID-19 está asociada a alteraciones inflamatorias en el cerebro de las personas que se contagiaron, así haya sido una infección leve, como lo estableció una investigación de la Universidad de Oxford. Apenas bastó ver las resonancias magnéticas del cerebro antes y después de la enfermedad.

También está demostrado que el virus SARS-Cov-2 no penetra en los sesos. “Hasta la fecha, mentes brillantes en la Neurociencia han investigado cerebros en cantidad y no han conseguido el virus en el sistema nervioso, de acuerdo con la mayor parte de la evidencia”, expresa Gaona. “Está demostrado que cuando un paciente con COVID-19 dejó de oler se debió a la inflamación local ocasionada por el virus y no que éste afectó los bulbos olfatorios al usarlos para entrar al cerebro”.

La pregunta que inquieta a los especialistas es cómo proteger al cerebro —en tiempos de mutaciones y nuevas variantes de la COVID-19—, y de amenazas de otros virus. Investigadores en todo el mundo procuran establecer cómo y por qué el SARS-CoV-2 que entra al cuerpo deja secuelas en el sistema nervioso.

“Glucosa, oxígeno, sueño, el vínculo social, actividad física y el amor desde la espiritualidad, son alimentos esenciales del cerebro. El desamor y aislamiento marcan la vida de todos los seres humanos”, resalta Gaona.

A su juicio, una evaluación neuropsicológica se debería hacer con la misma frecuencia a la de un perfil 20. “Un concepto importantísimo para la prevención o, al menos, para disminuir casos de lesiones cerebrales es que siempre va a estar mejor aquel cerebro que se haya cuidado más”.

El neurólogo destaca la importancia del vínculo social, impactado desde que se adoptaron las medidas de bioseguridad, “con eso ya estábamos quitando la mayor medida de protección para el área cognitiva”.

“El vínculo social directivo tiene más efecto sobre el bienestar cerebral y cognitivo que las tareas de alta complejidad mental. Si estudias en compañía de otras personas, buenísimo; pero si estudias solo con una plataforma, sin tener contacto con nada, pues es preferible que salgas a hablar con alguien, como vínculo social de protección”.

Urge la vigilancia del Estado

Mientras las personas toman conciencia de la importancia de proteger su cerebro ante la enfermedad, urgen otras medidas ante los crecientes riesgos que ocasiona la COVID-19 en el área neurológica y cognitiva.

“El aumento persistente del riesgo de déficit cognitivo, demencia, trastornos psicóticos y epilepsia o convulsiones poscovid, dos años después de la infección original, exige una mejor prestación de servicios para diagnosticar y manejar estas secuelas, e investigación para comprender los mecanismos”, señala la revista The Lancet.

Oletta, por su parte, sugiere un par de recomendaciones para prevenir los riesgos. La primera, la necesidad de transparencia en el área de salud pública en Venezuela.

“Deberían existir estudios estadísticos que permitan saber, por ejemplo, el número de pacientes deprimidos antes, durante y después de la COVID-19, o de accidentes vasculares o de muertes por esa causa o por otras enfermedades neurológicas, para tener políticas públicas”.

En segundo lugar, mencionó la vigilancia y seguimiento de pacientes que tengan una condición de salud complicada, e inclusive de aquellos que permanecieron en cuidados intensivos.

“A estos pacientes les dan de alta y nadie más los ve. Y eso se transforma en un problema de concierto para la familia. Si un abuelo presenta trastornos cognitivos, califican a estos de alzheimer o de esquizofrenia, cuando en realidad no lo es, sino una demencia secundaria al covid”, advierte Oletta.

Considera que todos los pacientes con síndrome poscovid deben tener seguimiento y evaluación cuidadosa, y ser referidos a estudios neurológicos o servicios de psiquiatría para su adecuado tratamiento y orientación. “Pero eso, hoy día, se transforma en un grandísimo problema, porque los hijos están fuera del país, o son cuidadores de nietos por la situación de la migración y desmembramiento de las familias en el país”.

Olimpia P, de 68 años de edad, se encuentra desde mayo sometida a evaluaciones de traumatólogos, fisiatras y fisioterapeutas debido a un dolor agudo en su mano derecha, con fractura desde 2019. Esto, sin haberla utilizado en labores fuertes. Ninguno de los especialistas logró identificar la causa del dolor, porque no hay deformación en su estructura ósea. El último examen, una electromiografía, que ordenó su tercer traumatólogo reveló inflamación nerviosa, “con posible impacto de la COVID-19”, según el diagnóstico preliminar. Padeció la enfermedad en enero. “El médico me dijo ‘su problema no está en el hueso, sino en el cerebro’. Ya comencé mis consultas con el neurólogo; veremos”.

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