Tras una infancia marcada por la muerte de su madre y una adolescencia loca, el príncipe Enrique de Inglaterra culmina su viaje a la madurez a los 33 años con su boda con Meghan Markle, este próximo sábado.

Son muchos los que todavía guardan en su retina la imagen del adolescente con el aire perdido que caminaba junto a su hermano Guillermo, siguiendo el féretro de la princesa Diana por las calles de Londres, en 1997.

Dos décadas después del trágico accidente de tráfico que segó la vida de su madre en París, Enrique se sinceró sobre aquel golpe en un programa emitido por la cadena de televisión ITV en julio.

“Probablemente era demasiado doloroso hasta ahora. Sigue siendo doloroso”, explicó el príncipe, quien reveló que hace poco necesitó ayuda psicológica para lidiar con el duelo.

“No hay un solo día en que Guillermo y yo no deseemos que estuviera viva. Nos preguntamos qué clase de madre sería ahora, qué papel público tendría”, aseguró.

Los dos hermanos se impusieron la tarea de elevar y cuidar el recuerdo de su madre, cuyo divorcio de su padre la enfrentó a la casa real y la condenó al ostracismo institucional, pero no al del pueblo, que le dispensó unos funerales de reina.

Enrique, apodado Harry, nació el 15 de septiembre de 1984, dos años después que su hermano Guillermo, y era lo que en el argot monárquico se conocía como “rey de repuesto”, por si fallaba su hermano.

Combatiente en Afganistán

Al nacer, Enrique era el tercero en el orden de sucesión a la corona tras su hermano y su padre, el príncipe Carlos, pero ahora ha sido desplazado al sexto por el nacimiento de sus tres sobrinos.

Este joven enérgico de cabello pelirrojo difícil de domar tuvo una adolescencia movida.

Confesó haber fumado cannabis, apareció vestido de nazi en una fiesta y los tabloides publicaban, con frecuencia, fotos suyas a la salida de bares y discotecas, en compañía de bellas jóvenes aristócratas o de las que fueron sus novias en diferentes periodos, como la zimbabuense Chelsy Davy y, más tarde, Cressida Bonas.

El proceso de redención se inició con su alistamiento en el ejército. En 2008, tras una indiscreción de la prensa, se supo que se encontraba en misión en Afganistán. Todo el país le acompañó en su decepción, cuando tuvo que ser repatriado de urgencia por razones de seguridad a consecuencia de esa filtración.

Más tarde se supo que durante su estancia se comportó como un perfecto camarada, además de un excelente jefe de filas.

Aparte de unas declaraciones que rozaban el racismo sobre un colega militar paquistaní, por las que se disculpó, el príncipe nunca protagonizó otra salida de tono y pronto empezó con los actos oficiales, comenzando con una gira por el Caribe en 2012 representando a su abuela Isabel II.

Conjugó su pasado militar con la beneficencia con su iniciativa de los Invictus, una competición deportiva internacional al estilo de los Juegos Paralímpicos y reservado a heridos y discapacitados de guerra.

Unos Juegos que, en palabras suyas, “no sólo ayudan a los veteranos a recuperarse de sus heridas físicas y mentales, sino también para inspirar a la gente a seguir en sus vidas el ejemplo de resistencia, optimismo y servicio”.




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