Si, amigos, entre ritualismos y cambios andamos…

Los humanos nos movilizamos a diario entre rituales y cambios. Es razonable entonces que, si vamos a hablar de ritualismo, además de cambios, se nos haga necesario definir, aclarar y “refrescar” estas ideas. Comencemos con la primera: Ritualismo. Esta palabra, como sus significados, están algo “perdidos” para nosotros en sus orígenes, y confundidos más aun, al entrar al uso del vocabulario “callejero”. “El ritualismo es el apego exagerado a los ritos, a las normas, a las rigideces en las creencias, y a las formalidades sociales largamente establecidas”. Visto así, comprensible, tan sencillo, tan simple y sin exagerar, al hablar de ritualismo nos referimos al apego a ciertas tradiciones, gustos, repeticiones o ritos. Clarísimo, ¿verdad?

Aunque el término suena a iglesia y religión en un primer momento, es razonable por tratarse de dos vocablos con raises fuertemente religiosas y conservadoras (ritual, ritualismo), que hoy han pasado por un proceso de “vulgarización” (o popularización), activa en el presente. Así visto, hoy es de lo más común y corriente, además de “chic”, de elegante, que mucha gente hable de ritual y ritualismo como si lo hubiese hecho siempre.

En psicología, por ejemplo, el término “ritual”, en ocasiones se refiere a una acción o serie de acciones o conductas, que una persona realiza dentro de un contexto dado; y que no tienen otro propósito o razón aparente que no sea identificarnos conductualmente. En el atrevido mundo del espectáculo, la ritualidad es otra cosa: ¡Hablamos de rituales para referirnos a las secuencias de pasos o momentos que se cumplen en las ceremonias de premiación o entrega de trofeos o reconocimientos para las personas o agrupaciones que se los disputan! Entonces, hay ritual y ritualismo para muchas cosas, momentos, condiciones, con estas palabras tan “elásticas”.

Pareciese como si a las personas, desde siempre, nos hubiesen gustado (y gustan) los ritos y rituales, con sus cosas rígidas, estables, frecuenciadas, repetitivas. Pero como ocurre también en el mundo de sociabilidades cambiantes donde vivimos, lo opuesto también hace pareja con las formas contrarias y aun en extremo, opuestas. El caso es que también nos gusta mucho cambiar. Quizás esto haya sido propulsado, en parte así, desde los tiempos del famoso químico francés Antoine-Laurent Lavoisier (1743-1794), con su ley de Lavoisier o ley de Conservación de la Materia, que en términos sencillos dice que “en la naturaleza nada cambia, todo se transforma”.

¿Será por esto por lo que deseamos que las cosas se movilicen y se hagan diferentes, aunque en el fondo haya más de lo mismo? Nos encanta, por ejemplo, vestir con modas diferentes, usar utensilios diferentes, y hasta hablar en términos diferentes de difícil comprensión. ¿Por qué cambiamos? ¿Por qué “cambiamos”, sin cambiar a veces? ¡Tal vez cambiamos para romper rutinas, sin que sea esta la intención primaria subjetiva! ¿O cambiamos, no por romper paradigmas, sino con la mira puesta en la funcionalidad, en el beneficio, en la comodidad, en el avance, o por “llamar la atención”?

Quizás lo más significativo de cambiar pueda estar en el proceso de transformación subyacente, luego de madurar las razones de conveniencia del cambio. Sin embargo, en diversas etapas de nuestras vidas (no sólo en juventud) vivimos los cambios con expresiones radicales, escasamente analizadas, aunque agreguemos principios y justificaciones (incluyendo, sin saber, lo que dijo Lavoisier).

Casi siempre se llega al momento de descubrir que cambiar, con la terquedad ingenua y ciega de cambiar, no nos conduce al éxito; al contrario, decidimos los cambios luego de costosas y frustrantes acciones. Gradualmente, a la larga pasamos a entender que el éxito eficiente, el que está acompañado de estabilidad y armonía espiritual, puede lograrse mejor por vías menos convulsionantes, con mayor eficiencia, y muchas veces a través de simples mejoras a las viejas y ya probadas tradiciones, quizás con el añadido de sólo ligeros toques a acciones que siempre hemos realizado. ¿Será que ahora hablamos de cambiar, pero con cierta rigidez para ser ritualmente formales?

No han muerto los ritos: ¡Regresan los ritos, tal vez con timidez, pero regresan!

 

Hernani Zambrano Giménez

hernaniz@yahoo.com




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