Avenida Aranzazu sin adornos navideños como fue prometido por las autoridades locales.(Foto Angel Chacón)
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Los días de la Valencia llena de decoración navideña, negocios prósperos y decorados, pertenecen al pasado. El ambiente decembrino que caracterizaba a la capital industrial de Venezuela no se percibe, quizás por la crispación que produce la crisis económica, política y social.

Al sur de Valencia, donde se concentra la mayor cantidad de población obrera y en extrema pobreza, el panorama es el mismo. En avenidas como la Lisandro Alvarado, un punto de referencia por sus cuantiosos negocios de cerámica y grifería, la desidia impera. Hay negocios cerrados, otros con la santamarías por la mitad y estacionamientos vacíos.

Nelson Colina es chofer. Hace unos años trabajó en una tienda en esa avenida. Este negocio cerró  hace un tiempo, pero Colina no olvida como se vendían lavamanos y cerámicas en la víspera del 24 de diciembre “Todos querían remodelar su casa y recibir el siguiente año con buenas energías y todo bonito”. Hoy, los elevados precios impiden que esto ocurra.

En la avenida Aranzazu a la altura de la Redoma de Las Banderas se hizo desmalezado. ( Foto Angel Chacón)

En la avenida Las Ferias, este 20 de diciembre hay pocos ciudadanos recorriendo sus calles, atestadas de buhoneros. La mayoría de los negocios están abiertos pero nadie entra ni sale. No hay interés en comprar los tradicionales estrenos que marcaban las fechas navideñas. Esta realidad se acrecentó en el 2017, pero inició en 2016 cuando muchos venezolanos comenzaron a sufrir por la falta de dinero en los bolsillos.

Estos negocios tienen menos trabajadores y se aburren a la espera de algún comprador. Muchos entran, miran lo que les gustaría usar, pero se van porque no les alcanza.

En las panaderías el típico pan de jamón ronda los 250 mil bolívares. “Ya la gente ni pan podrá comer” comenta Flor Carrillo, mientras tomá un café en uno de los establecimientos de la avenida.

En las calles la gente está pendiente de tener comida en sus despensas. No importa si es para la cena del 24 o el 31, pero si para el día siguiente. Los tolditos improvisados cerca del distribuidor del sur tienen la clientela que antes estaba dentro de las tiendas de ropa, jugueterías y en las ventas de celulares y juegos de video.

Las calles ya no son una demostración de esa pujanza y ese espíritu decembrino. Son reflejo de una ciudad en la que las familias se han desestructurado por la masiva huida de jóvenes talentos en busca de nuevas oportunidades, que se refugiaron en países como Chile, Argentina o Estados Unidos.

Valencia no es igual y los hogares tampoco. Las tortas negras, las hallacas y el Pan de Jamón se distanciaron. Los padres tendrán que decir a sus hijos que el Niño Jesús no vino porque se le daño el carro, o el trineo en caso de Santa Claus. Sólo les queda escuchar gaitas y esperar que no se vaya la luz.




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