José Ortega y Gasset, en su obra maestra publicada en 1930, La rebelión de las masas, introduce la expresión “Estar a la altura de los tiempos”, con la intención de medir de manera objetiva el estado de la sociedad del momento en base a la comodidad que ésta ofrece a sus individuos. Es la percepción que la sociedad tiene sobre sí misma en un momento dado. El hecho es que al filósofo siempre le llamó la atención cómo algunas personas se quedaban inertes tan solo en su circunstancia, como también señalaba cómo otras personas son incomprendidas por anticiparse a su tiempo.

Han pasado ochenta y ocho años de la aparición de aquel extraordinario aporte filosófico que nunca ha perdido vigencia, pues hoy como nunca antes, en nuestra carajeada Venezuela, el que desfase de casi dos décadas bajo este oprobioso y perverso régimen, equivale a varios siglos de retraso en épocas pasadas. Esto es lo que podríamos entender por “altura de los tiempos”, el punto al que hemos llegado y en el que es preciso situarse para vivir nuestra crítica realidad. Estar a la altura de los tiempos implica resolver los problemas del presente pero habiendo tomado una conciencia clara del pasado del cual venimos, divisando esos caminos sin retorno que deben ser evitados. Estar a la altura de estos tiempos es lograr un intenso contacto con los problemas de ese país que nos va quedando, y ese contacto no debe ser limitado en ninguna forma, sino con verdadera y clara lucidez y sensibilidad y disponibilidad mental, con lo cual podremos ir al encuentro de los problemas, con profundidad de análisis, integración de perspectivas, y tomar conciencia de los pasos que deberían conducir a la acción.

Estar a la altura de estos tiempos, es apoyar todo cuanto conduzca a la concordia entre todos los sectores, tanto los partidos como la sociedad civil en su conjunto, para que dediquen sus energías a preocuparse por lograr un compromiso mínimo, dejando de lado esas diferencias propias de adversarios políticos, sentando las bases de confianza mínima que hagan posible un clima de entendimiento que se fundamente en propuestas basadas en los problemas reales de nuestra región y nuestro país que interesan a los ciudadanos, sustentadas en un mensaje serio, sin los sempiternos aditivos demagógicos fuera de la realidad actual, o en anticipados repartos del pastel que aún no se ha horneado.

Estar a la altura de estos tiempos es enfrenar con firmeza este marasmo, este colapso indetenible, que aterroriza y desgata la salud mental de toda nuestra nación, para que cada familia venezolana pueda realizar una vida de absoluta normalidad, que pueda acostarse y conciliar el sueño sin temor, sin angustia y sin esperanzas.

Estar a la altura de los tiempos es entender la actitud de vivir con una deuda que adquirimos para ganarnos el derecho a realizarnos, con un profundo sentido existencial… ¿Será la deuda pendiente con nuestros hijos, a quienes, para honrar esa deuda, les imaginamos en una reeditada “Operación Peter Pan”?. Porque, honrar un compromiso es entregar nuestro existir por lo que creemos, es vivir para dejar lo mejor de nosotros mismos, por mantener nuestras convicciones.

No podemos permitir que todo acabe en indiferencia, resignación y silencio. Estar a la altura de los tiempos es apartar el sectarismo senil; es innovar, anticiparse, y hacerlo con humildad, porque el anticiparse exige muchas veces contener el ansia de prevalecer sobre otros, moderar la precipitación y situarse en una posición de aparente desventaja. Es procurarse ideas claras, programas definidos, madurez política y, sobretodo, la humildad suficiente para posponer las ambiciones personales y no anteponerlas al interés de la ciudadanía.

En realidad algo muy serio nos pasa. Como decía Ortega, no sabemos con certeza si “lo que nos pasa es no saber lo que nos pasa”.

Si no aprendemos a construir unas organizaciones políticas que no dependan de los avatares de un hombre sino de la solidez de sus propuestas, seguiremos siendo un país a la deriva.

La esperanza está viva, el logro del objetivo aún es posible.




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