El populismo se nutre de las creencias del pueblo. Cuando las sociedades eligen a un populista para que gobierne, hay por debajo una serie de rasgos colectivos que intervienen para que la gente se crea las promesas incumplibles del charlatán de turno; uno de estos rasgos es la necesidad de gratificación inmediata, que se correlaciona a su vez con la alta motivación de poder, la externalidad y la baja motivación al logro.

La gratificación inmediata (o la incapacidad de diferir las recompensas) se traduce en la impaciencia por tener resultados. En la búsqueda de cambios rápidos y profundos sin tener que cumplir con el proceso de pensar, planificar, coordinar y ejecutar. Quien no difiere las recompensas lo quiere todo resuelto para ya, sin esperar por nadie ni por nada. Quiere que la economía se acomode mañana, que el paraíso terrenal se construya en un día y que la felicidad se presente por arte de magia. Pretende que un esfuerzo heroico emprendido por unos pocos iluminados pueda transformar la realidad, desde la raíz, a tiempo para que salga en las noticias de esta tarde.

La búsqueda de gratificación inmediata se presenta como un síndrome que corre paralelo a un sentido de realidad distorsionado, a la falta de información sobre cómo suceden las cosas (y cómo hacer para que sucedan) y al dominio de las vísceras sobre la razón y la lógica. Es el combustible que alimenta a las revoluciones y a muchos totalitarismos que se montan en el autobús de los deseos insatisfechos y la poca madurez de sus partidarios. Fue lo que sucedió en Venezuela en 1998, cuando se eligió como presidente de la República a un populista sin escrúpulos para que le resolviera a la sociedad los problemas que esa misma sociedad no había podido remediar en sus casi dos siglos de vida independiente.

En una democracia, la toma de decisiones puede ser lenta e ineficiente: hay que consultar, tomar en cuenta las opiniones de muchos, buscar consensos y eventualmente someter los asuntos a votación. Cuando la tolerancia es muy delgada para esperar a que las acciones maduren y den frutos, o para darle tiempo a un programa de reformas, la preferencia colectiva se inclina por los líderes autoritarios y “revolucionarios” que prometen cualquier cosa, por descabellada que parezca. El soberano se deja llevar hacia un gobierno fuerte que da una ilusión de eficiencia porque da órdenes y decreta cambios, con el sonoro aplauso de las gradas. No importa que el resultado final no se logre, o que se posponga todos los días; paradójicamente, la baja motivación al logro no exige que las metas se cumplan, hasta que es demasiado tarde.

Una variante de la recompensa inmediata es la búsqueda del mundo perfecto. La gente que aspira a la perfección cree que puede llegar a ella dentro de un límite de tiempo finito, sin compromisos intermedios y sin mucho proceso ni sufrimiento. En términos de gobierno, el mundo perfecto significa que la sociedad aspira a la democracia perfecta, al líder perfecto y a los políticos perfectos. Los que buscan el mundo perfecto no tienen paciencia con las medias tintas ni los procesos graduales, y de ahí su coincidencia con la gratificación instantánea. La perfección no admite aproximaciones, aun cuando se viva en el más imperfecto de los mundos. Y por supuesto, al mundo perfecto solo se llega por vías excepcionales: rápidas, irreversibles, a menudo violentas y, por supuesto, nunca democráticas.

Eso querían los votantes que eligieron al chavismo como forma de gobierno: un país perfecto para ya. Y todos sabemos lo que resultó de tanta impaciencia.




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