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Había pasado tres días de los actos en el Panteón, y ya la fanfarria con los elogios al Presidente y sus adláteres desaparecidos de los comentarios entre los caraqueños. Ahora tocaba el turno a las críticas, los cuentos y versiones no tan conocidas. Estaban acostumbrados a que la verdad del gobierno, la verdad oficial, solo era un barniz sobre falsedades y mentiras encubiertas. En esta ocasión, los tres amigos, con sendos vasos en sus manos, se aprestaban a destrozar todo lo acontecido. Miguel, novel abogado, comenzó por lo más evidente. “¿Saben cuánto fue el costo de las tres columnitas esas que pusieron ahí, frente a la capilla de la Federación? El contrato fue por la bicoca de cien mil bolívares, a nombre de Juan Bautista Sales. Ya dicen que eso no vale ni la mitad, y que lo “sobrante” fue a parar a manos de ustedes saben quién. Es que este país no tiene compón, digo yo. Todo lo que necesite real de por medio, seguro llevará una comisión. Hemos tenido varios gobiernos corruptos, pero éste se pasó de ladrón”.

Roberto, periodista avezado, hizo un gesto medio cómico de espanto, y señaló con voz grave: “Doctor tenga cuidado con lo que dice en público, no sea que lo vayan a meter preso. Usted sabe cómo es la cosa ahora”. Y luego, un poco más en serio: “Miren no se trata de cuánto vale la obra esa. Lo grave es que los tres homenajeados, cuyos restos se suponen están dentro de esas columnas, no merecen estar ahí. Que yo sepa el tal Donato, y el otro general de mentirillas, el González, eran bandoleros cuando Zamora se iniciaba en una de ser caudillo. Porque miren ustedes, el gobierno podrá decir que la Federación tal y cual, que los héroes y todo lo demás, pero la verdad lo de Zamora era por agarrar el gobierno. Esos que llevaron al Panteón no sabían ni la O por la redonda de política, de liberalismo ni nada. Su accionar era el asalto y el robo de ganado en el Guárico, por donde andaban. Ellos vivían de eso, hasta que apareció Zamora y entonces dijeron, sí, éste es el jefe. El “agachado”, que así llamaban a González, pasó de bandido a guerrillero, y de ahí lo llevaron a general de brigada, porque no habían otros que se plegaran a Zamora como éstos, que ahora serán próceres. Aquí los colocan con Falcón y Zamora en la capilla, porque no tienen muchos a quién poner ahí”.

Después de aquel discurso, Roberto se tomó el vino de un solo trago y pidió otro. Ricardo, el tercero de la partida, hizo gestos de decir algo importante. “Vamos muchachos, dejen algo para los demás. Yo sí conozco la historia del “agachado”, José de Jesús González. Era hijo de manumisa, nacido en 1820, en El Consejo (Aragua) y debía llevar el apellido de sus patrones Cornejo. No se sabe de dónde salió el González. Cuando Zamora apareció en 1846 promoviendo la libertad de los esclavos, el muchacho se fue al Guárico. Pronto tuvo un grupo de hombres armados a su mando. Eso pasaba en medio de un país anarquizado, donde a falta de autoridad y líderes auténticos, aparecían jefecitos y bandas armadas que atacaban haciendas, robaban, violaban y asesinaban. Todo a nombre de la libertad. Tal fue el inicio de la Guerra Federal. El “agachado”, le decían, porque a sus hombres les ordenaba “agachaditos” al momento del ataque artero. Era rey de bandoleros en Tiznados cuando se unió a Zamora. Igual que el Zoilo Medrano”.

–Bueno -cortó Miguel- mucha historia para mi gusto. Volvamos a lo actual. ¿Vieron “La Religión”? Trae los detalles de la cosa en el Panteón. Aquí tengo el recorte que dice pomposamente: “Cumpliose el programa que publicamos; y han sido conducidos triunfalmente al Panteón los restos mortales de los generales Medrano, Rodríguez Silva y González”. ¿Qué les parece? Triunfalmente, como si fueran los máximos líderes de algo maravilloso. Bolívar, y los comandantes de la independencia que están ahí, deben sentirse algo incómodos con estos “compañeros”. Por ahí dicen que el presidente Crespo metió al “agachado” en el Panteón por exigencia de misia Jacinta. La doña manda más que un general y es de por esos lares llaneros. Algunos aseguran que conocía y era amiga del “agachado”. Otros, que solo quería que uno del Guárico estuviera en el Panteón. La verdad, considero al presidente Crespo, porque el asunto es que él es de poco cacumen, y su mujer es quien decide todo. Dicen las malas lenguas.

Roberto, luego de tomarse tres vasos de vino, agregó: “Deja de inventar tanto Miguel que aquí no se puede hablar mal del Presidente. Lo cierto es que Crespo cumplió con sus compañeros, y con la ley. Pidió al Congreso la autorización correspondiente y los señores se  lo aprobaron. Lo que pasa es que estamos en abril de 1897 y en septiembre tenemos elecciones. Quieren asegurar la presidencia para el candidato del gobierno. Por ahí van los tiros de este corre corre en el Panteón”.




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