Foto: Ángel Chacón
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Las calles del centro de Valencia han perdido su seguridad. Los carabobeños no caminan con calma y la premura en sus pasos es mayor cuando cargan objetos de valor.

Adriángela Carrasquero aun siente las manos en su cuello a pesar de que el hecho ocurrió el viernes pasado. Iba con una amiga de tiendas. Recorría la calle Rondón en busca de una cartera nueva. Vestía una  camisa blanca y unos zarcillos con el mapa tricolor de Venezuela. La parte trasera de estos accesorios era dorada y brillante, lo que la convirtió en un blanco tentador para el delincuente que los arrancó de cuajo.

El tiempo se detuvo para Carrasquero y su amiga, petrificadas ante el robo.

Entre lágrimas y temblando caminó hasta un taxi cercano al Hotel Don Pelayo. Su amiga decidió volver la vista y para su sorpresa el maleante corría tras ellas. Gritó tan fuerte que todos se quedaron mirando, mientras dos señoras que bebían tizana se reían de la desgracia ajena. Carrasquero no olvida el desagradable episodio.

Foto: Ángel Chacón

Corina Conde, nombre ficticio que utilizó la amiga, detalló que desde temprano tenía un mal presentimiento. “La gente se te queda viendo. Ellos saben quién es de la zona o quién concurre el centro. Si pareces persona de dinero ellos te buscan”.

Ese día no llevaban nada ostentoso, pero ese hombre decidió atracarlas y hacerles pasar un mal rato.

Otro caso

En la calle Rondón, dos días después ocurrió otro hecho. Era de madrugada cuando unos delincuentes ingresaron a la terraza de varios locales para robarse los tubos de cobre que salen de los aires acondicionados. Osvaldo Pérez, dueño de una de esas tiendas, recuerda que el sábado los aparatos funcionaban pero en la mañana del domingo cuando abrió el local y encendió los equipos hicieron un sonido extraño que le advirtió que algo ocurría. En efecto lo habían robado.

Foto: Ángel Chacón

La ultima vez que sufrió un hecho similar fue hace cinco meses,  cuando las tuberías volvieron a ser sustraídas. Los reemplazos tuvieron un costo superior al  millón de bolívares. Osvaldo supone que los maleantes lograron quebrantar el cerco eléctrico que mide alrededor de un metro y medio. En la azotea se observa con claridad cómo los alambres fueron violentados.

Foto: Ángel Chacón

En el último año Pérez ha presenciado con temor el aumento de la delincuencia en el centro. “Esta calle era una de las más sanas y concurridas, pero ahora la cosa ha cambiado, a cada rato escuchas un “¡agárralo, agárralo!” o ves a gente correr desesperada. Muchos se entregan o se retractan de su error porque aun hay gente valiente que interviene. A veces los mismos ciudadanos quieren tomar la justicia por las manos.

Roba zarcillos

En un puesto de manualidades está sentada Carmen Cruz, buhonera con 40 años en el centro de Valencia. Reconoce que la zona nunca ha sido la más segura del municipio, pero admite que con el tiempo todo ha empeorado. “Ahora a cada rato hay un robo. El hambre, la necesidad y la impunidad son cosas que hacen que la gente robe más”.

Cruz, quien labora en el Bulevar Constitución, ve semanalmente muchas caras sospechosas, personas que sabe por su comportamiento que están de cacería a la espera de alguien para ser atracado.

La mujer, quien cambió su nombre por temor a represalias, destacó que a la 1:30 p.m ocurrió un robo. Describe al ladrón como un muchacho joven, quizás adolescente, quien huyó en dirección a la Plaza Bolívar con unos zarcillos en las manos, mientras su víctima, una muchacha de 20 años, quedaba paralizada en medio del tumulto que sube y baja el paseo urbano.

Foto: Ángel Chacón
La carrera del maleante no llegó muy lejos, gracias a la valentía de un hombre que lo detuvo. Se iban a ir a los golpes, incluso los peatones iban a intervenir en el proceso, pero la policía lo detuvo. Es irónico para Carmen Cruz que la mayoría de los delitos ocurra a menos de tres cuadras del comando de Catedral, ubicado frente a la plaza mayor. “Cuando los detienen, los delincuentes entran hoy y ya los ves mañana tan tranquilos como si nunca hubiesen hecho nada”.
Las puertas de la estación policial están cerradas. Hay muy pocas unidades y a pesar de una larga espera los funcionarios se niegan a cooperar con la prensa y afirman que hay que ir a otra sede en donde aparentemente sí dan información. Es una respuesta recurrente cuando se buscan cifras y casos destacados en los que la delincuencia es la protagonista.
Pequeños rateros 
La juventud parece estar igual de contaminada. Son muchos los niños y preadolescentes que a su corta edad ya se dedican al robo. Cruz detalla que “Empiezan robando helados a la gente que compra en el bulevar y así van hasta que terminan por matar a alguien” A los más jóvenes se les ve mientras revisan la basura muy vigilantes. Otros van en pareja y entran a las tiendas y algunos se sientan en los banquitos del paseo a esperar que el indicado caiga o quede vulnerable. Es una práctica que se perfecciona con los años y que cada vez es más recurrente.
El centro ha dejado de ser el sitio que alguna vez fue. Sus calles saturadas de gente y casas de bahareque con grafitis y paredes esconchadas muestran el deterioro, pero el peor daño que se observa es la descomposición social que hace del caminar por las calles una actividad de alto riesgo debido a la permanente vigilancia de rateros y delincuentes.



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