Resistencia
Foto: Simone Monasterio
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Entre bombas lacrimógenas y perdigones está José. Con máscara, casco, escudo y su bandera de siete estrellas sale de su casa día a día a luchar por un futuro mejor para su país. En cada convocatoria de la Mesa de la Unidad Democrática él está allí, con su mejor ánimo. Camina desde El Trigal a Naguanagua y viceversa, donde crea que puede ayudar y colocar su grano de arena se queda.

José no sale solo,  va uno de sus hermanos. Eran cinco pero dos de ellos murieron a causa de la crisis médica. Su madre sufrió la primera pérdida a causa de la falta de insumos para curar la infección de su hijo y su segundo dolor llegó por la falta de un respirador artificial en la Ciudad Hospitalaria Enrique Tejera para su hija.

Los hermanos se apoyan entre sí, se protegen y al final de la noche solo esperan regresar juntos a casa. No desean provocar otro dolor tan fuerte a su madre, pero luchan día a día por ella, para conseguir sus medicinas, comida y una buena educación para él. El sabe que su futuro es incierto. “No se si regresaré a mi casa vivo o muerto, pero si para que Venezuela salga de esta crisis yo tengo que perder la vida, estoy dispuesto a perderla”.

Cursa quinto año de bachillerato y su mayor sueño es estudiar gastronomía para ser chef. Por esa meta va a cada concentración, plantón o trancazo a dar lo mejor de sí, porque entiende que es una carrera muy costosa y que si Venezuela no cambia, en su casa solo tendrá la opción de trabajar. “Cuando creo que ya no puedo más, que mis pies están muy cansados, veo la bandera que saco de mi bolso cada noche al acostarme y eso me da la motivación y la fuerza que necesito para salir con mis compañeros de la resistencia”.

El equipo es como su familia, porque todos están luchando por la misma causa: su futuro, solo eso. “Me duele cada vez que detienen a uno de mis hermanos, porque siento que se llevan a la próxima generación que solo quiere vivir aquí”.

“..veo la bandera que saco de mi bolso cada noche al acostarme. Eso me da la motivación y la fuerza que necesito para salir con mis compañeros de la resistencia”. (Foto Simone Monesterio)

Con ellos ha vivido días buenos y malos, entre ellos su cumpleaños. Sus compañeros de batalla le compraron una pequeña torta y lo hicieron sentir como en casa. “Al llegar a mi verdadero hogar mi mamá me estaba esperando con otra. Era el mejor regalo porque se el esfuerzo que tuvo que hacer para poder comprarme ese dulce, ya que no gana mucho limpiando casas de familias”.

José es uno de los muchachos que esta adelante, en el frente, con su guante devuelve cada bomba lacrimógena y con su escudo se cuida de cada perdigón. Él llama la atención por su chaleco, ese que está hecho de forma rudimentaria y que busca proteger su corazón, que late día a día por lograr un mejor país.

Diez placas le fueron regaladas un mes atrás, en uno de estos 101 días de resistencia. Cuando llegó a su casa su madre estaba muy preocupada y molesta porque otra vez había salido a luchar. “Al ver a mi madre en ese estado le dije que era mayor de edad, que iba a salir todos los días ayudar a mis compañeros de resistencia”.

Dejó las placas encima de la mesa del comedor y se fue a descansar, al día siguiente al despertar se encontró con una gran sorpresa, de esas leyendas que cuando niño te decían que los duendes cocían tus zapatos o que te arreglaban tu juguete preferido. Cuando fue al comedor observó que las placas no estaban. En otra habitación consiguió a su madre cosiendo el chaleco, con lágrimas en sus ojos.

Cuando observó a su madre llorar le preguntó por qué y me respondió: “Si no puedo obligarte a que te quedes prefiero que estés protegido, José no quiero una pérdida más”. Salió de la habitación y se fue a bañar para volver al duro asfalto. Volvió a ver a su mamá, esta vez firmando su chaleco y colocando una pequeña cruz. El escrito decía: “Te amo hijo, Dios y tus hermanos contigo, atentamente tu mamá”.

“Ese día salí con la bendición de Dios y el chaleco que me hizo mi madre, y con la esperanza de regresar y devolverle la sonrisa”. Foto Simone Monasterio

Dicen todos los hijos que no hay nada peor que ver una madre llorar y José lo certificó. “Ese día salí con la bendición de Dios y el chaleco que me hizo mi madre, y con la esperanza de regresar y devolverle la sonrisa”.

 




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