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Dayrí Blanco | @DayriBlanco07

La lista es mental. El orden se cumple con exactitud. Entre las detonaciones y los gritos, José llega corriendo cada vez más despacio, se desploma en el piso y dice que no puede más. Se quita la capucha. La mujer que lleva en su memoria el registro le da una palmada en la espalda a otro joven y le dice: “Es tu turno. 15 minutos y regresas. Carlos te va a relevar”. El muchacho en el piso se recupera de la asfixia por lacrimógenas. No tenía máscara antigas, no todos tienen. Se levanta, pide agua y otra mujer corre a asistir al joven de la resistencia.

Maritza no es la única al mando de la logística. Son al menos 20 mujeres  las que están pendiente de todo y de todos. A su lado está Teresa, y ve el reloj con frecuencia. Es la 1:20 p.m. “Miguel tiene ya más de media hora allá adelante”, voltea y le hace una seña a Juan, quien está ajustándose la franela azul que usa para cubrirse la cara. “Anda, busca a Miguel para que se venga y te quedas tú”.

Están todas en la esquina de la avenida 138 de El Trigal Sur. Desde ahí ven cómo la Policía Nacional Bolivariana (PNB) dispara perdigones apuntando al cuerpo de los jóvenes que se defienden con cohetones y piedras, mientras que las lacrimógenas son enviadas a lo más alto, caen a gran velocidad y los manifestantes deben esquivarlas.

“Un médico, un médico”, se escucha a gritos desesperados que vienen desde el centro de la batalla: El Distribuidor El Trigal. Las mujeres no se desesperan. Saben controlarse y mantener su rol. Solo una corre y se acerca a los tres muchachos que cargan a otro visiblemente adolorido. Se toca el pecho y se queja. La mujer hace una seña y llega un motorizado que lleva al lesionado a la vivienda donde uno de los grupos de rescate se instaló ese día.

El enfrentamiento continúa. Ya lleva más de una hora y media cuando Maritza ve cómo todos van en dirección a donde están ellas y grita “cada quien al punto acordado”. Los uniformados persiguen a los muchachos sin dejar de disparar. Se dispersan para no ser víctimas de la persecución. Desde las ventanas de unas de las casas ven cómo un grupo de cinco funcionarios descarga toda su furia contra los vidrios de una camioneta que estaba estacionada en la calle. La dejó su dueño ahí para llegar a su residencia caminando en medio del trancazo.

Los manifestantes esperan unos minutos y vuelven a salir. Los muchachos que se identifican como de la “resistencia” recuperan su espacio. Ellas también. Por el momento hay calma en el lugar. Pero todos están atentos de lo que pueda pasar. La PNB se instala con su piquete antimotín en el distribuidor y Teresa comienza a buscar con su mirada a los 10 jóvenes que tiene encargados en su lista mental. Sigue sin ver a Miguel. Le pregunta por él a los demás. Uno señala al borde la avenida y ahí estaba, pero con otra capucha. Se la cambió como parte de la dinámica. La mujer sonríe aliviada.

La paz duró poco. Funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana llegan en motos y arremeten apenas suben el elevado. Para ellos no hay treguas posibles. Maritza organiza a tres muchachos. Están descansados, no habían sido incluidos en la jornada del día. Con casco, máscaras antigases, escudos improvisados con pinturas tricolor y un bolso en sus espaldas cargados de cohetes. Sabían a qué se enfrentarían.

Maritza les echa la bendición a cada uno y respira profundo al verlos correr. Parecen sus hijos, pero no lo son. “Ellos son los que están luchando por todos nosotros. ¿Cómo no los voy a apoyar?”, expresó casi llorando, y no por efectos de los gases, sino por sentimiento.

Fueron más de 15 minutos de enfrentamiento. La lluvia detuvo lo que sucedía. Poco a poco todos se retiraron del lugar. Maritza y el resto llevaron a los muchachos lesionados a que les practicaran primeros auxilios y se fueron a descansar. Seguro ellos, y otros que se les unirán, se verán las caras entre capuchas y gases, en la próxima manifestación contra la dictadura a la que le hace frente la resistencia junto a las mujeres que dan todo por quienes dan su vida por el país.




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