Kent Acevedo
Foto: Tairy Gamboa

Lucía Fernanda Ramírez/Crónica Uno

Bendición, tío, dice una niña que pasa con su cuaderno y lápiz en mano. A su lado, otro niño repite lo mismo. Quien les responde no es un familiar, pero sí una persona importante para ellos. Se trata de Kent Acevedo, quien desde el año 2020, durante la pandemia por COVID-19, ejerce como maestro en «Mis Primeras Lecciones», una casita ubicada en El Winche, zona cercana a Filas de Mariche (Petare), estado Miranda.

Desde la 1:00 de la tarde, varios niños se reúnen frente a un espacio ubicado bajo un samán para recibir, durante dos horas, clases de lenguaje y matemáticas.

Pese a estar en vacaciones, los alumnos no faltan. Mi mamá sí me manda, pero igual a mí me gusta venir, asegura Claudia (*) una estudiante de primer año de bachillerato. Dice que en Mis primeras lecciones fue donde aprendió a leer.

En El Winche hay una escuela primaria. Sin embargo, la pandemia, la falla en los servicios públicos, el horario mosaico, los bajos salarios y un sinfín de problemas han perjudicado a los estudiantes de la comunidadA dos kilómetros hay otra y cerca, también hay una que tiene bachillerato, pero la situación es la misma, cuenta Kent.

Foto: Tairy Gamboa

“Cadena de favores”

Bajo el concepto de “espacio de lectura”, Kent Acevedo decidió reunir a varios niños y niñas de su comunidad, quienes producto de la pandemia no asistían a clases, ni se dedicaban a otra actividad.

«Cuando inicié, me di cuenta de que los niños no sabían leer. No identificaban las letras, ni las sílabas. Fue ahí cuando me dije: ‘Debo empezar desde cero’. Y lo tuvo que hacer.

A Kent siempre le gusto enseñar. Por esa razón, cuando se le presentó la oportunidad de hacer un componente docente de forma gratuita en la Universidad Católica Andrés Bello, lo hizo. Era el único hombre, recuerda.

El espacio de su escuelita, como muchos le dicen, no estaba en condiciones. Debido a las lluvias y falta de mantenimiento, una parte del piso había cedido y mantener a los estudiantes dentro del lugar podía ser un riesgo.

Ese espacio fue donado a la iglesia a la que asisto. No es mío, pero como sabían lo que quería hacer, me permitieron usarlo.

Gracias a amigos pertenecientes a Alimenta La Solidaridad, una ONG que reparte alimentos en comedores de distintas comunidades del país, pudo dar a conocer el proyecto de su escuela.

Leo Álvarez, un fotógrafo, dio a conocer mi historia y así comenzó a llegar más gente, cuenta Kent. Junto con él llegó Ivonne Velasco y Juan Calero, un fotógrafo e ingeniero civil que también ayudó. Así como ellos, activistas, periodistas y líderes sociales se unieron a la causa.

Todo fue como una especie de cadena de favores que ayudaron a que el maravilloso sueño de Kent de tener su escuelita se cumpliera, cuenta Ivonne.

La solidaridad no tardó en llegar. Pupitres, pintura, libros, pizarrón y más materiales llenaron la escuelita que pudo fortalecer sus cimientos y recibir a todos niños y niñas sedientos de ganas y conocimiento.

Mi meta es motivarlos e incentivarlos a través de una lección que, quizá, no será la misma que en la escuela, pero les reforzará esas carencias académicas que han venido mostrando y que llegará un momento que no tendrán. En un futuro sé que ellos me enseñarán a mí. Es más, he aprendido mucho de ellos, admite.

Foto: Tairy Gamboa

Asevera que aunque son bien recibidos, los halagos no son su motor para desempeñarse como maestro. Tampoco lo es el dinero, debido a que las clases de Kent son gratuitas.

Hoy en día tengo niños que llegaron sin leer, ya leen. Tengo niños que llegaron sin saber sumar y ya multiplican y dividen. Eso es lo más gratificante y que me da la voluntad y ganas de seguir adelante y aportando más a su crecimiento personal, sostiene.

En cuanto a los padres, critica que hay cierta apatía. No hay compromiso de acercarse y preguntar cómo va el niño o niña. Solo vienen, los traen o vienen solos y se van. No hay inquietud de saber si hay un progreso, agrega.

Entre sus recuerdos más gratos está la respuesta de un niño que llego y le dijo: Kent, saqué 20”.

Una comunidad llena de carencias

A juicio de Kent, la apatía no va solo de parte de los padres. “Los profesores van al colegio, cumplen las horas que deben y ya. No hay un interés de ver y ocuparse del progreso de los estudiantes”, dice.

«Los colegios, lamentablemente, promueven a los niños sin saber leer, ni hacer operaciones numéricas básicas. Acá hay niños que han pasado a sexto grado y no saben leer, agrega.

Otra realidad a la que no son ajenos los niños de El Winche es la delincuencia. Mientras el equipo de Crónica.Uno visitaba la comunidad y entrevistaba a Kent, unos disparos se escucharon a lo lejos. Minutos más tarde, una patrulla de la Dirección de Inteligencia y Estrategia (DIE) llegó a la comunidad y apuntó con armas al vehículo del equipo de periodistas que salía de la entrevista.

Kent asegura que durante ese operativo policial, los funcionarios se llevaron dos sillas de su salón de clases que había dejado en la casa de al lado, donde guarda material que usa para dictar las clases.

Algún día espero irme. Yo no reniego de mi comunidad, pero hay situaciones que se escapan de las manos.

Pero, aunque su meta es irse de El Winche y terminar sus estudios, su escuelita seguiría en pie y, de ser posible, abriría espacios como ese en otros lugares de Caracas. Claro, para eso tendría que tener más gente, pero podría ayudar a otros niños de otros lugares de la ciudad, aspira Kent.

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