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Con la loquetera de las últimas medidas monetarias, para llamarlas de alguna manera, la crisis socio-económica de Venezuela está sobrepasando los límites del aguante popular. La indignación es generalizada y el agobio también. El valor de la mayor parte de los salarios es una burla ante la hiper-inflación. El hambre se extiende en las zonas populares con sus secuelas de enfermedad y violencia. Algo semejante no se había vivido nunca en este país, al menos en la era petrolera.

La única manera de evitar que la bomba siga causando estragos, es superando la hegemonía roja

El predecesor gustaba repetir que antes de su llegada al poder, el pueblo comía perrarina… Pues ahora se comen perros en muchas ciudades del país. Lo más grave de la crisis humanitaria es que no se le ve salida. Y no la tiene mientras el sucesor –y lo que representa, continúe en el poder. No. Venezuela no parece una bomba. Es una bomba que está estallando en miseria, crimen, abandono y desesperación.

Y los más pobres, es decir la abrumadora mayoría de la población, es la que sufre más el estallido de esa bomba. La gran clase media venezolana es una especie en extinción, y la boliburguesía –o mejor, boliplutocracia—vive en una burbuja de privilegios y abundancia mal habida. Es una realidad que asola a millones de venezolanos que no saben qué les puede pasar el día de mañana.

No saben si podrán conseguir los alimentos indispensables para la familia, y ni hablar de las medicinas, o cualquier bien necesario para la  vida corriente, verdaderos artículos de lujo en esta Venezuela depauperada. Y acaso lo más irritante es que la crisis humanitaria se ha producido en medio de una bonanza petrolera. Algo que se cuenta fuera del país y es muy difícil de entender.

Pero dentro del territorio nacional no es difícil identificar la causa de la tragedia: la hegemonía despótica y depredadora que aún impera para continuada desgracia de nuestra población. No, la bomba venezolana no es una eventualidad que podría estallar en el futuro, incluso a corto plazo. Ya ha estallado con una fuerza destructiva que se traduce en violencia, hambre, angustia y masiva corrupción en las cúpulas del poder.

La única manera de evitar que la bomba siga causando estragos, es superando la hegemonía roja, a través de los mecanismos que contempla la Constitución, que por cierto son amplios y no demasiado elaborados. No hay otra salida, si queremos que Venezuela pueda sobrevivir a esta terrible explosión.

 




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