Pretender “democratizar” a una hegemonía despótica, depredadora y corrupta, mientras ésta mantenga el control del poder, es como pretender la cuadratura del círculo. Las analogías que se intentan hacer con la transición chilena, la española y al menos un par de transiciones venezolanas, de regímenes dictatoriales hacia aperturas democráticas, son impropias, para decir lo menos.

En algunos casos porque el hegemón de la dictadura había fallecido, en otros porque el dictador fue derrocado antes de que se iniciara el cambio, y en otros, porque si bien eran regímenes autoritarios, se mantenía un esquema básico de Estado de derecho, que permitía espacios efectivos para la oposición política y las relaciones cívicas.

En Venezuela no hay Estado como tal. No hay un poder público institucionalizado, así sea de carácter autoritario o hasta totalitario. Lo que hay es un poder de hecho que se encuentra en manos de clanes y carteles, tanto de naturaleza política, como militar, financiera y para-militar.

Todos estrechamente imbricados a la criminalidad organizada, de alcance nacional, regional y más allá, que operan de manera absolutamente arbitraria, a contravía del derecho internacional, para no hablar del interno, que fue vuelto añicos hace ya un par de décadas. Una especie de “pranato” con diversas manifestaciones, cada una más peligrosa que la otra.

En otras palabras, el territorio de Venezuela es un santuario para el mundo de lo ilícito, y en ese contexto es imposible que exista un Estado, y mucho menos uno de derecho, como lo estructura la Constitución formalmente vigente. De nuevo, la cuadratura del círculo.

La hegemonía hace y deshace lo que le da la gana, y sólo desde algún tiempo tiene las limitaciones crecientes de las sanciones internacionales. Pero en cuanto al manejo interno del poder, hasta el presente, ha conseguido salirse con la suya, a pesar de la catástrofe humanitaria que padece la abrumadora mayoría de la población.

Todo ello ha contribuido a suscitar un pronunciamiento muy representativo de la comunidad democrática internacional, en favor de un proceso de transición que tenga por objeto el establecimiento de instituciones, así sean elementales, que permitan la expresión libre de la voluntad popular, y el impulso de cambio sustancial en la vida venezolana, en lo político, económico y social.

El referido proceso implica que la hegemonía despótica no continúe controlando el poder, con base a las mismas previsiones constitucionales. Y la presión nacional y foránea, de manera intensa, serían los medios esenciales para tal fin. Llama la atención que un hecho tan importante no haya tenido la debida resonancia en Venezuela.

¿Otra oportunidad perdida? Prefiero dejar abierta la pregunta, y que el devenir de los acontecimientos la vayan contestando en el sentido que sea. Pero una cosa debemos insistir. Mientras Maduro y los suyos, incluyendo a los patronos cubanos, sigan donde están, no hay ninguna posibilidad de cambio democrático. Una vez más, la cuadratura del círculo.




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