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Prácticamente todo el país tiene muy claro que ese fraudulento parapeto o sainete llamado constituyente montado a los trancazos no resolverá nada: ni la hambruna que hace tiempo campea por los cuatro puntos cardinales de nuestra geografía –con tal fuerza que Maduro la ubica en un 5to– como tampoco podrá solucionar la escasez de todos los rubros o los gravísimos problemas de salud de buena parte de nuestra sociedad, y mucho menos servirá para apaciguar el conflicto político, pues este caos, este marasmo, este colapso, o cualquier epíteto que  pueda calificar este desastre, ya estaba presente cuando  esa perversa sala situacional tuvo la diabólica ocurrencia de presentar esa descarada propuesta de una Asamblea Nacional Constituyente.

Apenas estábamos saliendo del aturdimiento del forajido auto-golpe de estado que terminó de lanzar por la borda lo poco que nos quedaba de orden institucional, cuando, de manera totalitaria y brutal, se desconoció la mayoritaria voluntad de los venezolanos que decidimos iniciar el rescate de nuestro país, con el ejemplar vigor, la valentía y el coraje de esos guerreros del asfalto, quienes realmente han logrado borrar aquella divisa del componente pseudo castrense que hace rato dejó de divisarse. Con la determinación de una MUD muy bien direccionada;  con la indignación de una sociedad que sabe muy bien que esta lucha contra el mal comporta asumir cada uno de nosotros la posibilidad de cambio, tal como lo adelantó la  Conferencia Episcopal Venezolana en su Exhortación Pastoral en la cual nos ilustraba con la siguiente reflexión: Frente al mal nadie puede permanecer como simple espectador. El llamado es a ser protagonistas del presente y del futuro de nuestro querido país.”

Y ese llamado lo ha escuchado un país que comprendió que abandonar esta sempiterna lucha por apatía, desaliento o escepticismo, resulta peligroso, ya que supondría la entrega definitiva de una herramienta indispensable para labrar y lograr hacer fértil, la realidad que hoy nos ocupa. Sabemos bien que el régimen emplea toda su malvada maquinaria en disgregar las fuerzas que puedan poner en peligro su autoridad y poder. Por eso echa mano de la represión para controlar y destruir a sus oponentes, en cuanto sujeto y organizaciones, y para atemorizar y neutralizar al resto de la disidencia; para inhibir la rebeldía potencial de los estudiantes y de todos aquellos que puedan sentirse identificados con algún aspecto de las víctimas de la represión y expresar solidaridad. De allí esos sentimientos de desaliento, de pesada opresión, de temor, de angustia y hasta de desesperanza que llegan a paralizarnos como sociedad, al recorrer ese sinuoso camino de situaciones violentas que nos conmina a la deserción ciudadana. Ante ese desolador panorama tan solo se  impone romper el miedo, continuar en la calle y seguir luchando.

Todos sabemos, en líneas generales, cual es la Venezuela en la cual anhelamos vivir, sin que ello represente un desafío cotidiano, un esquivar balas y eludir lacrimógenas,  o calarnos prohibiciones, persecución, amenazas, coacción o represión.

La gente continúa  está en la calle desplegando su  justa rebeldía, esa rebeldía que enfrenta con coraje a la castrante sumisión, esa rebeldía que ha sido  a lo largo de los siglos, el motor de la historia.

Somos los ciudadanos los primeros responsables de hacernos cargo del momento histórico que vivimos. De nuestra capacidad, tenacidad, preparación y madurez para visualizar nuevas estrategias para enfrentar al malandraje que se apoderó de nuestro país, dependerá el rescate de nuestro futuro. Requerimos sin demora una transición política, pero para ello es necesaria la actuación inteligente de los factores políticos y sociales, con la Fiscal y sus certeros trancazos a la línea de flotación de un barco que va sin quilla, pero sobre todo, con la participación comprometida de una ciudadanía consciente que presione con precisión donde sea menester.

La gente continúa en la calle pues sabe que llegó el momento de recuperar su país. En fin de cuentas: la voz y las calles son las armas con las que realmente cuenta el ciudadano, y así las cosas… ¡Que no se calle la calle!

 




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