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Es típico de toda persona poco eficiente y desordenada hablar mucho y concluir poco, evidentemente con el convencimiento de que con  un exceso de palabras se puede suplir a una carencia de resultados.  Desconfien  entonces de esa gente que promete con generosidad, que trata de conquistar al prójimo con ofrecimientos, pero siempre utilizando términos ostentosos y retumbantes. Por lo general se trata de personas que creen de una manera desmesurada en la importancia de la “palabra”, a lo mejor con buenos sentimientos pero vagos e imprecisos, personas que hablan de bondad pero no son buenas, que hablan de generosidad pero son mezquinas, que hablan de amor pero son egoístas. Se está produciendo una autentica  “inflación de la palabra”.

or supuesto esa forma de patología verbal es normal en el ambiente político donde es muy frecuente oír a hombres públicos hablar durante horas y horas en forma ininterrumpida, tratando de decirle a la gente lo que la gente quiere que se le diga, inventando imaginarios enemigos del pueblo, echándole la culpa al imperialismo yankee por todos los males del país, erigiéndose en defensores del pueblo y prometiendo, con la poca voz que les queda de tanto hablar pero con el puño izquierdo levantado, una auténtica política social en favor de los pobres y una distribución ecua de la riqueza, utilizando a veces palabras complicadas y difíciles y no tanto por el significado impactante que puedan tener, sino como expediente dialéctico   para conferirle “dignidad política” a lo que están diciendo. En otras palabras padecen de una auténtica disentería verbal, contribuyendo a aumentar  esa “inflación de la palabra”. Además, para darle más credibilidad a sus palabras cuentan con una “claque” (del francés claquer que significa aplaudir), o sea con un consistente grupo de alabarderos que aplauden y gritan cada vez que esos politicastros levantan el tono de la voz. Y esa pobre gente se deja facilmente contagiar! Sin embargo, ¿hasta cuando esas kilométricas intervenciones de esos políticos lograrán hacer brecha en la mente y en el corazón del pueblo?  ¿Hasta cuando esas promesas y esos ofrecimientos podrán ser confiables? ¿Hasta cuando  se podrá continuar echándole la culpa a los demás por los males del momento?  ¿Hasta cuando se pretende ganar el consenso de la gente con palabras y no con hechos concretos? Como respuesta a esa pregunta se me ocurre repetir lo que le dijo Sancho Panza  a Don Quijote: –desdichado de mi si acaso esta  aventura fuese de fantasmas, como lo va pareciendo, porque ¿adonde habrá costillas que la aguante?

 




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